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Lauren
Ponerse a rellenar informes oficiales con la cabeza a punto de estallarme no es la mejor idea del mundo, pero al menos me sirve de excusa para huir al crew mess y dejar de lidiar con pasajeros enfermos y, lo que es peor, indignados.
El comedor de la tripulación está desierto a estas horas, y no me extraña.
Con todo el mundo doblando turnos, haciendo horas extras y atendiendo a los enfermos, nadie tiene tiempo de parar a comer.
La mayoría pasa por aquí como un fantasma, agarra lo primero que encuentra en la barra y se vuelve a su puesto.
Reviso las hojas que me ha dejado Rodrigo sobre el mostrador.
Tengo que repasar cada casilla del formulario de reclamación del seguro y el acta de cancelación del evento; lo último que nos falta es que, además de la demanda por la intoxicación, la naviera se coma otra por negligencia administrativa o un defecto de forma.
De camino a la barra, me cruzo con Marta, una de las pocas enfermeras que todavía siguen en pie junto al doctor Sherman. Va con el uniforme arrugado, las mangas subidas hasta los codos y unas ojeras profundas que le marcan el rostro bajo la luz fría del comedor.
Se detiene un segundo al verme, exhalando un suspiro que parece sacarle hasta el último gramo de energía.
—¿Sobreviviendo, Marta? —le pregunto en un susurro, frenando el paso.
—Vengo a por un termo entero de café para el doctor, a ver si conseguimos que mantenga los ojos abiertos, porque con Karas enfermo él es el único que aguanta en la enfermería —me contesta forzando una sonrisa cansada—.
Y a pillar algo rápido de comer, lo que sea.
Mucha suerte con la ventanilla, Lauren; imagino que estarás aguantando de todo ahí fuera.
—Así estamos todos —le respondo—. Que sea leve.
Veo cómo se dirige a pedir a la cocinera detrás del mostrador, y yo cojo un sándwich de pollo del bufé, una botella de agua, y me arrastro hasta una de las mesas del fondo, completamente apartada del mundo.
Adam está en la otra punta del comedor y me saluda con un gesto mínimo de cabeza.
Cerca de él, las chicas del spa charlan y se ríen entre ellas, ajenas a todo.
Al ser subcontratadas por una empresa externa, no tienen la obligación de cubrir los puestos de los compañeros caídos.
Para ellas, con el spa vacío porque nadie está para masajes, esto son casi unas vacaciones.
Da rabia verlas tan limpias, tan tranquilas, mientras los pocos que deambulamos por aquí parecemos extras de una película de zombis, comiendo en silencio y con la mirada perdida en las bandejas de plástico.
Le doy un mordisco al sándwich sin ganas y sigo repasando el expediente de los canadienses. Certificado de matrimonio marítimo no emitido. Reembolso del cien por cien de las tasas del capitán. Desglose de gastos del catering anulado.
Me da una pena tremenda. Los novios lo tenían todo planeado hasta el último detalle para una ceremonia romántica en alta mar, con el vestido colgado en el armario, los trajes listos y los invitados preparados para brindar.
Y ahora mismo están todos encerrados en sus camarotes con cólicos y náuseas, abrazados al váter en medio de un desastre absoluto.
Sigo pasando las hojas del expediente y me detengo en las facturas del proveedor: un pedido de arreglos florales exóticos que ya nadie va a recoger, hundiéndose en algún almacén frigorífico y marchitándose entre plásticos sin que nadie llegue a olerlos; las minutas impresas a todo color con el menú de gala que se quedarán en blanco; la tarta de pisos que se pudrirá en las cámaras sin un solo corte.
Todo un despliegue de ilusión y dinero convertido en basura burocrática y correos electrónicos de reclamación.
Miro fijamente la casilla donde debería haber ido la firma del capitán Price y el sello del Meridian, y siento que el aire de la sala de repente se vuelve irrespirable.
Me quedo un momento contemplando el espacio en blanco, pensando en cómo una simple línea de tinta puede resumir el colapso de toda una semana. El papel arrugado bajo mis dedos parece recordarme que el control es una ilusión en medio del océano.
Es imposible no acordarme de la primera boda a bordo en la que me tocó trabajar. Una que no tuvo nada que ver con esta mierda. Todo era distinto: la situación del barco, el clima, los pasajeros… y, sobre todo, yo.
Eso fue hace dos meses, en mi tercer crucero en el Meridian. Cuando todavía no nos hacíamos tanto daño.