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Rodrigo
El puente de mando nunca me ha parecido tan grande, ni tan jodidamente vacío. Con el capitán y el primer oficial fuera de juego en sus camarotes, el Meridian es técnicamente mío, aunque no de la manera que siempre he deseado. Ahora mismo es una patata caliente que no sé dónde meter.
Tengo tres pantallas parpadeando con correos de la naviera, el teléfono del escritorio sonando con llamadas de las autoridades de Texas y un dolor en la sien que me va a partir la cabeza en dos.
Llevo catorce horas tomando decisiones, coordinando al equipo médico y tratando de mantener la calma cuando el ochenta por ciento del pasaje y casi la mitad de la tripulación está inoperativa.
Esto es un K.O. absoluto.
Justo cuando voy a descolgar para pedirle otro informe a Sherman, el médico junior, la línea interna de Atención al Cliente salta en la centralita. Las posibilidades de que no sea Lauren son casi nulas. Excepto Tanisha y Miriam, creo que todas las demás están metidas en la cama vomitando.
Aprieto el botón.
—Puente. Oficial al mando —digo, forzando la voz para sonar profesional.
—Rodrigo, soy Lauren.
Estaba claro. Con mi puta suerte, tenía que ser ella. Y la verdad es que, con la que tengo encima, escucharla es lo último que necesito para mantener la cabeza fría. Además, me ha llamado por mi nombre. Y eso siempre me deja descolocado… Malditos recuerdos.
—Dime, Lauren. Estoy con la gente de Galveston —contesto metiéndole prisa, más por protegerme yo que por otra cosa.
—Lo sé, y lo siento, pero tienes que bajar a la oficina de la cubierta seis ahora mismo. O eso, o le meto un tranquilizante a la madre de la novia del 6215.
Suena cansada, o más bien derrotada, y no me extraña.
Con Florencia enferma, Dupont encerrado en su camarote y el resto de novatas desbordadas, ella ha cogido los mandos del mostrador cuando apenas lleva tres meses a bordo.
Me jode admitirlo, pero me fascina la forma que tiene de cargar con una responsabilidad que no le corresponde.
No debería sorprenderme; al fin y al cabo, es una de las cosas que me hizo enamorarme de…
Joder. No quiero pensar en eso. Y menos hoy. No puedo estar pendiente de unos sentimientos que no debería remover.
—¿Qué pasa? —pregunto, apartando el pensamiento de un plumazo.
—La madre no está enferma, pero sí histérica y muy enfadada —dice Lauren, y de fondo me llega el grito de una mujer exigiendo ver al responsable—. Los novios no salen del baño, la mitad de los invitados están igual y la señora no se mueve de aquí hasta hablar con el capitán.
Cierro los ojos con fuerza y me froto la frente. La maldita boda. Con todo este caos me había olvidado por completo. Hoy es el día en el que el capitán Price debía oficiar la ceremonia de los canadienses.
—¿Le has explicado la situación?
Escucho un suspiro frustrado al otro lado de la línea. Pregunta estúpida, Rodrigo. Seguramente lleva horas repitiendo el mismo discurso.
—Se lo he dicho mil veces —me aclara, casi al límite—. Pero le da igual. Exige hablar con Price y amenaza con una demanda millonaria si nadie le firma la cancelación ahora mismo y le asegura que cubrimos los gastos. Y yo… no sé qué más hacer, Rodrigo. No puedo más.
—Tranquila. Dile que bajo en cinco minutos.
Tengo mil fuegos que apagar aquí arriba, pero sé de sobra que si Lauren pide ayuda es porque la situación la ha sobrepasado. Y, en realidad, la entiendo. Esto también me queda grande a mí.
Cuando bajo a la cubierta seis, veo a la señora Tremblay pegada al mostrador y se le nota a leguas que está a punto de morder a alguien. En cuanto me ve aparecer con el uniforme de oficial, la mujer parece que frena un poco.
Nos basta una sola mirada para entendernos: mientras Lauren le tiende con pulso firme los formularios de reclamaciones, yo asumo sus reproches, le explico el protocolo con voz calmada y le aseguro que la naviera se hará cargo de todo.
Al final, solo necesitaba a alguien con galones en quien descargar sus nervios.
Después de media hora de aguantar exigencias y coordinar cada papel, la señora Tremblay se retira por fin a su camarote algo más calmada.
Tengo que reconocer que trabajamos bien juntos, las cosas como son; Lauren maneja el papeleo con una soltura increíble y yo pongo la firma y la cara de póker para darle todas las garantías posibles.
Cuando me giro hacia ella, agacha la cabeza de inmediato. Mira fijamente las hojas que tiene en la mano, pero no me hace falta ser muy listo para ver que tiene los ojos brillantes, cargados de lágrimas que se está aguantando por puro orgullo.
—¿Estás bien? —le pregunto, acercándome a una distancia prudencial.
—Sí… —Ella suelta el aire despacio, sin mirarme—. Cansada, agotada, hambrienta… Pero Sherman dice que lo peor ya ha pasado. Se supone que la cosa mejorará mañana.
—Sí. Deberías descansar —le digo, metiéndome las manos en los bolsillos para no hacer la estupidez de tocarla—. Ve a comer algo.
Lauren por fin levanta la cabeza y me mira a los ojos, y yo… Odio lo que veo.
Ya no queda nada de la chispa desafiante con la que siempre planta cara a todo el mundo; verla así, con los hombros vencidos, el cansancio acumulado y esa fragilidad que intenta esconder a toda costa, me revuelve algo por dentro de la peor manera posible.
Casi prefiero que me mire con desprecio, que me suelte alguna palabra borde o que vuelva a odiarme, antes que esto.
Me dan unas ganas estúpidas de dar un paso al frente, romper la distancia y rodearla con los brazos.
—Tú también, Rodrigo.
—Bueno, yo no puedo hacerlo. Tengo que volver al puente. Y tú deberías terminar de arreglar el papeleo. A la naviera le van a llover las demandas.
Ella da un paso atrás, y de pronto se rompe la poca cercanía que nos quedaba.
Vuelve a concentrarse en los formularios, levantando de nuevo esa barrera profesional que parecía haberse relajado un poco entre los dos.
Me doy la vuelta y enfilo el pasillo de la cubierta seis con el estómago cerrado.
Quién nos iba a decir a nosotros, hace solo dos meses, que terminaríamos gestionando el desastre de una boda de esta manera.
Tan jodidamente rotos.