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Lauren
El uniforme de a bordo tiene una propiedad maldita: es capaz de borrar de un plumazo a la persona que hay debajo. Y hoy, además, huele a desinfectante industrial.
El pasillo de la cubierta seis es lo más parecido a un hospital de campaña, pero con moqueta de lujo.
Es un hervidero de pasajeros que deambulan como zombis, con la piel translúcida y unas ojeras tan marcadas que parecen puñetazos.
No queda ni rastro del glamour , las lentejuelas y las risas de los primeros días de travesía.
Ahora mismo, el Meridian se divide entre los que están encerrados bajo llave en sus camarotes y los que agonizan apoyados en las barandillas de las cubiertas exteriores.
El personal de limpieza no da abasto y nosotras, las pocas que quedamos en Atención al Cliente, nos estamos llevando todas las hostias.
Porque esa es otra: por muy enfermos que estén y por mucho que se mueran por los rincones, los pasajeros VIP nunca pierden la energía para soltarte una amenaza velada de demanda con seis ceros.
Te miran con condescendencia, exigiéndote responsabilidades, como si fueras la jodida dueña de la naviera y no la infeliz que tiene que poner la cara porque ellos decidieron atiborrarse de ostras en la cena de gala.
Llevo diez horas de turno ininterrumpido.
Diez horas arrastrando los pies de babor a estribor, haciendo de todo menos mi trabajo: he sido camarera de pisos, repartidora de suero casero, limpiadora y enfermera improvisada.
Al pobre Sherman, el médico júnior, bastante le cuesta mantener a flote el hospital de la cubierta uno junto a las enfermeras con los casos más graves como para subir a tomar la temperatura.
Los niños son los únicos supervivientes de este naufragio estomacal.
Por suerte, ninguno quiso tocar el marisco, así que Callie y los chicos de entretenimiento han montado una guardería de emergencia en el salón de juegos para hacerse cargo del caos.
Una bendición para los padres, que intentan recomponer su dignidad en la intimidad de sus baños, entre cólico y cólico.
Con los músculos de las piernas protestando a cada paso, el tramo final de la sección de proa hasta los camarotes 6204 y 6206 se me hace eterno.
Doy un par de toques suaves sobre el panel metálico y, cuando la puerta se abre, me encuentro con la peor versión de Lydia.
Lleva la cara lavada, el pelo revuelto y una sombra grisácea bajo los ojos que asusta.
—Joder, Lydia —susurro, mandando el protocolo a la mierda—. ¿Cómo estáis?
—Fatal. —Se apoya contra el marco de la puerta, como si le costara mantenerse erguida—. El pobre Ethan se ha adueñado del baño y yo creo que ya no puedo vomitar más sin que se me salgan los ojos de las órbitas.
Le tiendo una de las botellas de agua con sales que me quedan en el carrito.
—El doctor Sherman dice que el pico duro son entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas. Luego empezará a remitir. ¿Necesitáis algo más? ¿Suero?
—No, de verdad, tranquila. Son cosas que pasan en los barcos, supongo.
—¿Y el resto del grupo? ¿Vuestros amigos?
—Bueno, dentro de lo que cabe, bien. Al menos Alice, la hermana de Ethan. Le daban asco las ostras y ni las rozó, así que ahora mismo le está tocando hacer de enfermera a tiempo completo con su amorcito. Por ellos no te preocupes. Con la que hay liada ahí fuera, debes de estar saturada, ¿no?
—Estamos desbordados, sí —admito, soltando el aire con la frustración acumulada de tantas horas—. Pero en dos días atracamos en Galveston. En cuanto pisemos Texas, que la compañía se pelee con los seguros y que indemnice a todo el mundo.
Dejar el pasillo de los pasajeros VIP es como cruzar una frontera. Cargo al hombro un par de pesadas bolsas de lona con sábanas que hay que bajar a la lavandería industrial y me encamino hacia los ascensores de servicio para descender al subsuelo del Meridian,
En cuanto las puertas correderas se abren en la cubierta cero, el contraste me da de lleno: pasillos estrechos, zumbido de motores al fondo y el tufo constante a lejía y metal. Entrar aquí abajo es otra dimensión.
El pasillo central de la tripulación, que en días normales ya es un desfiladero de prisa y uniformes, hoy parece el escenario de una película apocalíptica de bajo presupuesto.
Las luces fluorescentes parpadean sobre las tuberías vistas del techo, reflejándose en las caras demacradas de los compañeros que se cruzan conmigo.
Aquí abajo nadie está enfermo por las ostras, pero el virus del agotamiento es igual de devastador.
Arrastro la lona por el suelo de linóleo gris, esquivando un carrito de limpieza, cuando una silueta familiar se detiene a mi altura.
Es Adam.
El socorrista estrella del barco, el que normalmente se pasa el día luciendo bronceado y sonrisas junto a la piscina de la cubierta superior, ahora parece un extra de The Walking Dead .
Lleva el polo de tirantes reglamentario empapado en sudor y empuja un contenedor industrial lleno de toallas sucias.
—Joder, Lauren, dime que tú también estás reventada —me dice, parándose un segundo y dejándose caer sobre el borde del contenedor.
—Sí, Adam —admito, soltando la lona con un suspiro—. Creo que ya estoy hasta inmunizada al olor a vómito.
Él arruga la nariz con una mueca de puro asco.
—Yo no creo que pueda acostumbrarme a ese olor en la vida, tía… Esto es un caos absoluto y creo que es lo último que me faltaba para decidirme. Este va a ser mi último contrato.
Lo miro de arriba abajo, sorprendida a pesar del cansancio que llevo encima. Adam nació para estar al sol; es el alma de la cubierta de piscinas.
—¿En serio? —pregunto—. Creía que esto te encantaba.
—Y me encanta, en serio. Me flipa mi trabajo, me gusta vigilar el agua y hablar con la gente, pero no así —dice, señalando con la cabeza las tuberías del techo y el pasillo gris—.
Estoy harto de vivir en un zulo sin ventanas en la cubierta cero, de las alertas sanitarias y de sentir que, si el barco se hunde, nos hundimos todos en una lata de conservas.
Quiero hacer lo mismo, pero respirando aire de verdad.
—¿Y dónde vas a trabajar entonces? ¿Buscarás trabajo en una piscina municipal? —bromeo de medio lado.
Adam suelta una risa y, por un momento, vuelve a aparecer ese brillo de confianza irresistible que tiene cuando está en su silla de vigía.
—Qué poca fe tienes en mí, Lau. Quédate con mi cara, que el año que viene me vas a ver en un folleto de resorts de lujo.
Imagínatelo: playita paradisíaca, palmeras, un solárium de cinco estrellas, de esos que no se mueven con las olas, y yo con un bañador que me siente de locos.
Un sitio donde la gente vaya a disfrutar y no a echar la pota por las esquinas.
—Se cruza de brazos, ensanchando el pecho con una falsa modestia que consigue sacarme una sonrisa—.
En cuanto termine el mes que viene, me bajo de este maldito crucero y no me vuelve a pillar un barco en la vida.
—Oye, pues ni tan mal —le digo, dándole un toque en el hombro—. Te pega un montón, la verdad. Te veo totalmente de vigilante de la playa en el Caribe.
—Es el plan. —Se estira un poco, y por fin le cambia la cara, como si pensar en eso le diera la vida—. Venga, sobrevive a lo que queda de día, ¿vale? Nos vemos luego en el comedor.
—Igualmente, Adam. Dale duro.
Lo veo alejarse por el pasillo gris empujando el contenedor, pero esta vez parece que hasta camina con otra energía, como si pensar en la playa le hubiera quitado diez kilos de encima.
Ojalá fuera tan fácil resetear la cabeza.
Yo arrastro los pies hacia mi camarote con la única meta de meterme en la cama y borrar el día de hoy.
El problema es que sé de sobra que, en cuanto me quede a oscuras, el caos del barco pasará a un segundo plano y lo único que va a resonar en este zulo va a ser la voz de Rodrigo.