Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 32
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Crew piggy

Cubierta de proa de tripulación ( Crew piggy ): Espacio exterior restringido ubicado en la parte delantera del barco, justo debajo del puente de mando, destinado exclusivamente al descanso del personal.

Al estar completamente oculta a la vista de los pasajeros, es la única zona al aire libre donde los empleados pueden desconectar, tomar el sol o fumar durante sus descansos.

Para los oficiales de guardia en el puente, sin embargo, se convierte en un mirador inevitable desde el que observar la vida real de la tripulación en sus momentos de total libertad.

La noche está tranquila. El mar apenas se mueve y el piloto automático mantiene el rumbo fijo mientras cruzamos el Golfo de México.

A través de los ventanales del puente, sé que unas cubiertas más abajo la mayoría de los pasajeros están metidos en el casino o disfrutando de la fiesta tropical en la piscina principal; el eco lejano de la música caribeña sube amortiguado por el acero del casco.

Esta es mi cuarta guardia consecutiva doblando turno. Norton lleva tres días de baja por un supuesto proceso gripal, aunque estoy convencido de que le echa cuento para escaquearse del papeleo de la inspección que nos viene la semana que viene.

Estoy reventado, pero lo peor del cansancio no es el sueño: es que empiezo a echar de menos a Lauren a todas horas.

Nuestros turnos apenas coinciden y el simple hecho de vernos y pasar algún rato a solas, exige una logística que empieza a resultar agotadora.

Aunque intentamos mantener las distancias y un perfil bajo, la discreción a bordo es una utopía; en un espacio tan confinado, los secretos tienen una vida útil muy corta.

Llevamos apenas un par de semanas juntos y el escrutinio ya es evidente.

Ayer, al entrar en el wardroom para el café de media tarde, pillé a dos de las camareras disimulando unas risitas.

Se callaron en cuanto me vieron, pero la forma en que nos miraron a Lauren y a mí mientras coincidíamos allí fue demasiado descarada.

Se está volviendo obvio que cada vez más gente conoce lo nuestro.

No tengo nada que ocultar, por supuesto. En este mundo, quien más o quien menos tiene una historia con alguien, pero todos sabemos que lo que empieza a bordo suele tener fecha de caducidad.

Pensar en eso me deja un sabor amargo en la boca. Un escalofrío incómodo.

Por eso intentamos ir con cuidado. Yo ya pasé por eso con Ingrid y sé perfectamente lo rápido que te destrozan los rumores en este barco; lo que menos deseo es volver a estar en boca de todo el mundo.

Y Lauren… Ella no me lo ha dicho abiertamente, pero sé que bastante duro es ya adaptarse a la vida en un crucero como para que encima la miren con lupa. No quiere que la encasillen como «la chica del oficial» nada más empezar.

Me froto los ojos, tratando de espabilarme, y miro a través de los ventanales hacia la zona iluminada de la cubierta.

Y entonces la veo entrar.

Es increíble cómo funciona el cuerpo. Hace un segundo sentía el peso de las cuatro guardias encima, pero ver su silueta cruzar la cubierta hace que me olvide por completo del sueño.

El cansancio se esfuma de golpe. Lleva el uniforme algo descolocado por las horas de trabajo acumuladas, pero para mí es como si se hubiera encendido la luz en mitad de la penumbra.

Me quedo estático, observándola desde la altura.

De pronto, Lauren levanta la cabeza hacia el cristal oscuro del puente.

Sé que desde ahí abajo es imposible que me vea, pero se queda mirando fijamente en mi dirección con una sonrisa tímida.

Sabe de sobra que estoy aquí arriba de guardia, y elijo pensar que ella ha subido porque también me echa de menos.

Se me escapa una sonrisa que soy incapaz de frenar y giro la cabeza hacia el timonel.

—Voy a bajar a hacer una ronda de inspección por las cubiertas exteriores —le digo, forzando la voz más profesional que tengo—. Déjame el canal seis en el walkie . Cualquier variación, me avisas.

—Recibido, señor.

No espero más. Cruzo la puerta del puente con una energía que no tenía hace cinco minutos, dejando atrás el cansancio de la guardia al instante. Lauren se gira en cuanto me ve llegar y la sonrisa le ilumina la cara.

Joder, incluso cansada es preciosa.

—Parece que haga siglos que no te veo —me dice en cuanto llego a su altura, acortando el paso—. ¿Cómo va la guardia? ¿Algún iceberg a la vista, capitán?

Empiezo a arrepentirme de haberle contado mi obsesión por la película de Titanic , porque no hay día que no me suelte alguna broma al respecto. Ladeo la cabeza y finjo molestarme aunque, en realidad, me encanta cada una de sus referencias.

—Puedes dormir tranquila. Esta noche no vamos a chocar con nada. Al menos, no bajo mi guardia.

Miro a ambos lados de la cubierta y, asegurándome de que estamos ocultos detrás de una caja de estiba que nos protege de la vista directa del puente, la atraigo hacia mí para besarla.

La baja de Norton nos está privando de poder pasar tiempo juntos, y tenerla ahora así me demuestra lo mucho que la estoy echando de menos.

—¿Cuándo terminas? —me pregunta, sin separarse apenas de mis labios.

—El capitán vendrá a relevarme a las seis para atracar en Roatán. Espero que Norton se recupere pronto… Eso sí, pienso cobrarme todos estos turnos dobles que me está tocando cubrirle.

La noche es fresca y veo cómo se abraza a sí misma, encogiéndose un poco cuando una racha de viento del norte nos da de lleno.

Me coloco justo detrás de ella, pegando mi pecho a su espalda para resguardarla del frío, y la rodeo con los brazos.

Lauren se relaja al instante contra mí, soltando un suspiro de alivio al sentir mi calor.

Nos quedamos unos minutos así, observando el cielo del Caribe sobre nuestras cabezas.

—Es precioso —murmura mientras mira hacia arriba—. Hoy hay miles de estrellas. Es abrumador.

—Sí que lo es. Nunca me canso de mirarlo. Es nuestro mapa de invierno. En el puente no nos hace falta el GPS si el cielo está así —le susurro al oído, levantando un brazo para señalar el firmamento—. ¿Ves esas tres estrellas en línea recta?

Lauren asiente, siguiendo la línea de mi dedo.

—Es el Cinturón de Orión —le cuento, apoyando la mejilla contra su cabeza, muy cerca de su pelo—. Los marineros antiguos lo llamaban «Las Tres Marías».

—¿Por qué ese nombre? —pregunta ella con curiosidad.

—Pues no tengo ni idea, la verdad. Pero servía para calcular la latitud en mitad de la nada.

—¿Cómo es posible calcular la latitud mirando las estrellas? —vuelve a preguntar sorprendida.

—Midiendo la altura del astro sobre el horizonte con un sextante.

Las estrellas no fallan nunca —le explico con paciencia, rozando con los labios su cabello—.

Pero volviendo al tema... La leyenda real es griega, de las de verdad, y no tiene un final feliz.

Orión era un cazador enorme y bastante arrogante.

—¿Tan arrogante como tú? —me pica ella, en voz baja.

Intento contener la sonrisa, pero no puedo evitarlo y sé que ella la ha notado en su cuello, donde ahora reposan mis labios.

—Casi tanto —respondo, recuperando la historia—. El caso es que, según la mitología, se obsesionó y se enamoró al instante de las Pléyades, las siete hijas de Atlas y Pléyone.

—¿De las siete?

—Sí, parece ser que las siete eran muy bellas… ¿Vas a dejar que te cuente cómo termina, o prefieres seguir interrumpiéndome?

Ella suelta una risita y se gira un poco para mirarme, con una chispa de diversión en los ojos.

—Sí, claro. Perdona.

—De acuerdo. La cuestión es que Zeus intervino porque parece ser que Orión las acosaba un poquito…

y las convirtió en estrellas —continúo, señalando un punto concreto—.

Se colocaron junto al lomo del Toro, la constelación de Tauro, para que este las protegiera.

¿Las ves? Son ese grupo de estrellas pequeñitas que brillan más arriba.

Lauren mira en la dirección que le señalo, interesada.

—¿Y qué pasó después? ¿Él se rindió? —pregunta ella, en un susurro.

—Qué va. Murió por la picadura de un escorpión pero los dioses lo pusieron también ahí arriba. No me preguntes por qué. Es una persecución eterna. Orión sigue buscando a las siete hermanas noche tras noche.

—Típico de los tíos… perseguir a varias —bromea ella, arqueando una ceja.

—No te falta razón, y parece ser que el tal Orión era bastante cabrón —admito entre risas—.

Pero para frenarlo, los dioses colocaron en medio a Tauro.

¿Ves esa estrella roja tan brillante, justo en el ojo del Toro?

Es Aldebarán. Significa «El Seguidor» en árabe.

Siempre va detrás de las Pléyades, como si fuera su escudo para frenar a Orión.

Se interpone entre el peligro y lo que quiere proteger.

Siento cómo Lauren respira hondo. Le doy un pequeño apretón con los brazos, pegándola más a mí.

—Y justo detrás de Orión está Sirio —continúo, señalando el destello más potente—.

Esa que parpadea en azul y blanco. No es un faro de amor, Lauren.

Es el Can Mayor, el perro de Orión. Los antiguos le tenían miedo porque traía temporales, pero a mí me gusta porque representa la lealtad ciega.

Acompaña al navegante en su ruta, sin importar que la meta sea imposible.

Bajo el brazo y la giro despacio para que quede frente a mí. La luz de la cubierta se refleja en sus ojos.

—Es un cielo de cazadores, de perros y de escudos, un poco salvaje —le digo, acariciándole la cara con las manos—.

Pero a nosotros, los que gobernamos estos barcos, nos sirve para volver a casa.

Esas tres estrellas del cinturón jamás cambian de sitio.

Y siempre que las veo desde la soledad del puente, Lauren, sé exactamente qué rumbo tomar para encontrar mi destino.

—¿Y cuál es tu destino, marinero? —me pregunta, mirándome de frente.

—Cada día lo tengo más claro.

—¿En serio? Pues es una suerte porque yo…

No la dejo terminar. Le corto la frase atrapándole la nuca con suavidad, cortando el aire entre los dos en un beso largo, que borra el cansancio y las horas de guardia. Tiene los labios frescos y me saben a gloria.

Cuando me separo lo justo para mirarla a los ojos, susurro contra su boca:

—Ahora mismo… tú eres mis Pléyades, Lauren.