Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 31
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Rodrigo

Suelto el micro y me quito el auricular de un tirón, ignorando el pitido insistente de la consola. Lo peor es que tengo el corazón latiendo a mil por hora y el cuello rígido como una piedra. Todo por esta puta tensión acumulada.

Al girarme, me encuentro con Lauren y Callie en el umbral de la puerta. Vienen con la cara desencajada, y basta una mirada a su expresión para confirmar que el caos de abajo ya es ingobernable.

—¿Qué coño hacéis aquí? —exclamo, dando un paso hacia ellas con los nervios al límite—. ¡Deberíais estar cada una en su puesto! Esto no es un simulacro, joder, es una emergencia real.

—Lo sabemos, pero no hay nadie en el vestíbulo, Rodrigo —protesta Lauren, plantándose frente a mí.

Se le ha pasado llamarme por mi apellido delante de los timoneles, pero no la culpo; la situación no está para formalismos estúpidos.

Si en otro momento me habría apresurado a corregirla para ponerla en su sitio, ahora las cosas son ya lo bastante graves como para detenerme en los detalles del protocolo.

—Rodrigo, ¿qué demonios está pasando? —interviene Callie con la voz alterada—.

Ni Dupont ni Florencia dan señales de vida.

No contestan a los teléfonos internos. No hay nadie al mando.

Hemos dejado a Adam y Tanisha intentando contener el caos con las reclamaciones en el mostrador.

Esto es un puto desastre y nadie nos dice qué hacer.

—De acuerdo, escuchadme. Lo primero de todo es que debemos mantener la calma; los médicos aseguran que no es un virus —digo, bajando deliberadamente el tono para transmitirles una seguridad que yo mismo empiezo a perder—. Callie, ¿tú comiste las ostras en la cena de gala de anoche?

—No, cuando fui a sentarme ya se habían llevado las bandejas, ¿no te acuerdas? —Me clava una mirada de puro asombro antes de que las piezas le encajen en la cabeza—. Espera. No me jodas. ¿Han sido las ostras?

Callie se lleva una mano a la frente, procesando la que se nos viene encima, aunque en sus ojos se nota el alivio inmediato de haberse librado.

—Es lo que parece —confirmo, apoyando las manos en la consola—. Al menos es lo que me acaban de reportar desde la sección médica: todo apunta a una intoxicación masiva por una rotura en la cadena de frío del marisco.

Me giro directamente hacia Lauren, fijando mis ojos en los suyos durante un segundo que parece demasiado denso para la prisa que llevamos.

—Lauren y yo no las probamos, pero la mitad de los oficiales, los ingenieros de máquinas y casi todos los jefes de departamento sí.

Era el plato estrella de la cena de gala —digo, soltándome uno de los botones de la camisa—.

El barco está navegando en cuadro, con toda la línea de mando enferma e inoperativa.

—No me jodas que voy a tener que dar las gracias por haberme quedado sin cenar… —murmura Callie, sin creérselo todavía del todo.

—Vamos, moveos —insisto, metiéndoles prisa—.

Lauren, tienes que bajar a la oficina de Florencia y asumir el control absoluto de la recepción y la atención a los pasajeros.

Yo no puedo moverme de aquí; tengo que coordinar el regreso a puerto con las autoridades de tierra y vigilar el rumbo.

Ya he usado la línea interna para avisar a los segundos de a bordo de los demás departamentos para que tomen el mando de sus áreas.

Necesito que vosotras hagáis lo mismo abajo.

—De acuerdo —asiente Lauren, recomponiéndose de inmediato.

Por un instante, sus ojos se detienen un segundo de más en los míos.

Detrás de la urgencia del momento, parece que todo el resentimiento y el muro que hemos construido estas últimas semanas se desmorona de golpe.

Quizá sea verdad lo que dicen: que las crisis brutales o te separan para siempre o te obligan a unirte.

—Escuchadme bien —les advierto antes de que se marchen—.

No intentéis ocultar que la gente está enferma; los pasajeros no son idiotas y ya habrá media cubierta vomitando.

Si os preguntan, decid la verdad: ha sido una intoxicación alimentaria puntual por el marisco de la cena.

Repetidles mil veces que no es un virus, que no hay peligro de contagio y que regresamos a puerto únicamente por protocolo, para que los afectados reciban atención médica en tierra.

Es la única forma de evitar que cunda el pánico por un supuesto brote vírico. ¿Entendido?

Ambas asienten y dan media vuelta, saliendo a toda prisa por la puerta técnica hacia las escaleras de servicio.

Me quedo solo en mitad del zumbido del puente de mando.

Me acerco a los enormes ventanales frontales, apoyando las manos en la mesa de cartas náuticas mientras los timoneles estabilizan el rumbo y el barco completa el giro.

Al mirar hacia abajo, mis ojos caen inevitablemente sobre la cubierta de proa de la tripulación.

El crew piggy está completamente desierto, azotado por el viento gris y fresco del amanecer; un reflejo exacto del vacío y el silencio que reinan ahora mismo en el resto del buque.

Sin embargo, al ver ese espacio metálico y desolado, la mente me juega una mala pasada. El contraste con el caos actual es demasiado violento. Porque hace exactamente tres meses, esa misma cubierta no era un desierto, sino el escenario que se convirtió en el inicio de mi particular naufragio.