Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 30
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Lauren

Me visto a toda prisa con el uniforme que dejé anoche olvidado en la silla.

Callie no para de hablar y quejarse; apenas ha dormido un par de horas.

Pero a mí esto me parece una locura. Sobre todo cuando, de pronto, noto una inclinación extraña.

Una inercia pesada nos escora hacia un lado, obligándome a apoyar la mano en la pared del camarote para no perder el equilibrio.

Las máquinas rugen abajo con más fuerza de lo normal y el metal vibra de forma continua bajo las suelas de mis zapatos.

El barco está cambiando de rumbo de manera repentina.

—¿Qué coño está pasando, Callie?

—Ni idea, pero vamos echando leches a nuestro punto de reunión.

Salimos al pasillo a trompicones. Hay un par de compañeros corriendo en nuestra misma dirección y el suelo sigue un poco inclinado.

—¡Nos vemos luego! ¡Ten cuidado! —grita Callie antes de desviarse hacia las escaleras del teatro.

Yo tiro por las de servicio en dirección a la recepción principal.

Al salir a la cubierta de paseo, el olor rancio a bilis me golpea de lleno.

La situación en los camarotes es un desastre; con lo diminutos que son esos baños, el pasillo ya se está convirtiendo en la única opción para algunos.

Me cruzo con uno de los oficiales de máquinas apoyado contra la pared, pálido como la cera, doblado a la mitad mientras se aprieta el estómago.

Al mirar a través de los ventanales hacia la cubierta exterior, veo que la cosa no mejora: varios pasajeros, todavía con la ropa de gala de anoche, se amontonan contra la barandilla para vomitar directamente al mar.

Apresuro el paso y llego al mostrador de Atención al Cliente con la respiración entrecortada. Allí el ambiente no está más calmado.

—¡Lauren! ¡Menos mal! —Tanisha, una de las chicas de excursiones, se gira hacia mí en cuanto me ve. A su lado, dos compañeras de las tiendas atienden los teléfonos, que no paran de sonar—. Los pasajeros no dejan de llamar desde los camarotes. Hay bastante confusión… ¿Dónde está Florencia?

Miro a mi alrededor. Detrás del mostrador de Relaciones Públicas solo estamos nosotras.

—¿No ha llegado? —pregunto. Florencia nunca se retrasa. Jamás.

—Nadie ha venido —responde Tanisha, tratando de mantener la calma—. Ni ella, ni el director de hotel, ni ningún oficial superior. Estamos solas. La gente llama preguntando por qué el barco está dando la vuelta y no sabemos qué decirles.

No me da tiempo ni a pensar en la ausencia de Florencia cuando veo aparecer a Callie por el pasillo del atrio. Viene con Adam, el socorrista de la piscina, y con Marcus y Leo, el guitarrista y el batería de la banda.

—¿Qué hacéis aquí? —les pregunto, saliendo del mostrador—. Callie, tendríais que estar en el teatro.

—Allí abajo no hay nadie al mando —responde ella, conteniendo el aliento—. Hemos subido buscando a Dupont, pero su oficina está cerrada. Los teléfonos dan tono, pero nadie descuelga. Nadie contesta en ninguna extensión.

—Nadie sabe nada en ninguna parte —añade Adam—. Venimos de las cubiertas de pasajeros y abajo es una puta locura.

Miro a Callie. Es la más veterana de nuestro grupo.

—Tú llevas tres años en el Meridian, ¿no? —le pregunto—. ¿Ha pasado algo así alguna vez?

Callie niega con la cabeza, mirando de reojo hacia el ventanal, donde el horizonte se desplaza lentamente a medida que completamos el viraje.

—Nunca. Hemos tenido simulacros, averías, tormentas… Lo normal. Pero jamás he visto que el barco dé la vuelta de esta manera sin un aviso previo del puente por megafonía.

—Tiene que ser un virus de esos —interviene Leo, el batería—. Nos hemos cruzado con decenas de pasajeros en la cubierta exterior. Y en el pasillo de la cuatro hay gente fatal.

—Como sea un puto norovirus, estamos jodidos —sentencia Callie, volviéndose hacia las chicas del mostrador—. Si es un brote a esta escala, nos van a meter en cuarentena antes de pisar el próximo puerto.

Miro el mostrador vacío donde Florencia debería estar organizando los turnos y gestionando las quejas.

El barco sigue vibrando bajo nuestros pies mientras amanece, regresando a saber dónde.

Sin jefes y sin órdenes, esto va a terminar descontrolándose en cuanto los pasajeros empiecen a acumularse en el vestíbulo.

—No nos vamos a quedar aquí paradas esperando a ver qué pasa —digo, cruzando al otro lado del mostrador—.

Tanisha, quédate al frente del mostrador con las chicas.

Si llama algún supervisor o responde el despacho de Florencia, avisad de que el lobby ya está colapsado.

Yo subo al puente de mando a pedir instrucciones directas y a avisar de que el departamento de hotel está sin jefes.

Tanisha asiente, aferrando el hombro de una de sus compañeras mientras vuelve a sonar otra línea de teléfono.

—Yo me quedo aquí abajo con ellas por si la cosa se pone tensa con los pasajeros —interviene Adam, dando un paso hacia el mostrador.

—Te acompaño —dice Callie de inmediato, dándose la vuelta conmigo—. Marcus, Leo, id tirando hacia el teatro por si acaso aparece alguien de entretenimiento. Vámonos, Lauren.

Callie y yo subimos casi corriendo por las escaleras de servicio, esquivando a dos chicos de limpieza que van con cubos y fregonas. Ninguna de las dos habla hasta que llegamos al rellano de la cubierta superior.

—¿Sabes si Rodrigo estará arriba? —le pregunto, intentando recuperar el aire.

Callie se recoloca la coleta y me mira de reojo.

—Seguro. Con la que hay liada, tienen que haber llamado a todo el mundo.

Asiento y empujo la puerta que da acceso al puente de mando.

Al entrar, la atmósfera cambia por completo.

Rodrigo está solo frente a la consola central, con los auriculares puestos y el micro pegado a la boca, hablando por radio en inglés con un tono rápido y cortante.

Da datos de rumbo y coordenadas mientras el barco avanza a una velocidad que hace vibrar levemente los cristales.

No hay ni rastro de Norton ni de ningún otro oficial de guardia. Está lidiando con el puente él solo.

Al escuchar el ruido de la puerta, se gira a medias sin soltar el micro. Nos lanza una mirada rápida, frunce el ceño al vernos allí y vuelve a centrarse de inmediato en la radio, subiendo el tono para hacerse oír por encima del zumbido de los equipos.