Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 29
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Rodrigo

La llamada de Norton me pilla en mitad del sueño. Y ha sido un puto milagro que lograra dormirme, sobre todo con la imagen de Lauren grabada a fuego en mi cabeza, la última bronca salvaje que hemos tenido y ese desprecio constante con el que me mira cada vez que nos cruzamos por los pasillos.

Pero cuando el timonel de guardia ha venido a buscarme a mi cabina, golpeando la puerta con urgencia, he comprendido enseguida que algo grave estaba ocurriendo.

Mis sospechas se hacen realidad en cuanto pongo un pie en el puente de mando. Norton está pálido como un muerto, empapado en sudor frío y con la mirada completamente perdida, sin saber muy bien qué coño hacer.

—Norton, ¿qué pasa? —le pregunto, abrochándome la camisa del uniforme a toda prisa—. Todavía me quedaban dos horas para incorporarme a la guardia.

Es entonces cuando asimilo el caos. Al fondo del puente, dos timoneles arrastran como pueden al capitán Price, que va doblado en dos, sujetándose el estómago con ambas manos mientras lucha por contener una arcada.

—Rodrigo, algo va mal… Muy mal —consigue balbucear Norton, con los ojos desorbitados—. Puede ser un norovirus, la gente está…

No llega a terminar la frase. Se interrumpe tapándose la boca con una mano, sufre un espasmo y corre desesperado hacia la puerta del alerón de babor. La abre de un golpe y sale al aire libre para soltar toda la cena por la borda.

—¿Habéis avisado al doctor Karas? —le digo, con la mente fría mientras me acerco a la consola central.

Lo peor que nos podría pasar a bordo es un puto virus que deje a todo el pasaje enfermo y a la tripulación KO.

—Karas está enfermo también, Rodrigo… Y yo…

—Norton regresa del alerón, limpiándose la comisura de los labios y aguantando las ganas de volver a vomitar—.

Florencia me acaba de llamar desde el atrio.

Dice que los pasillos de las cubiertas de pasajeros están colapsados. Hay gente vomitando por todas partes.

—Mierda —pienso, sintiendo un vuelco en el estómago. Lo único que nos faltaba es que la tripulación médica entera cayera enferma. Eso nos dejaría vendidos en mitad del Golfo de México—. ¿Dónde coño está el júnior?

—El doctor Sharman se ve desbordado. Él y las enfermeras están intentando atender a los primeros que han conseguido bajar al medical center, pero no dan abasto. Las llamadas de los camarotes no paran de entrar, la centralita está colapsada… ¿Qué hacemos, Rodrigo? ¿Qué coño hacemos?

—¿Cómo que qué hacemos? —le replico—. ¿Has activado el protocolo? ¿Has dado la alarma?

—No… Todavía no, yo…

—De acuerdo, Norton, déjame a mí. Anda, siéntate ahí, estás blanco.

Lo aparto con suavidad al ver que el pobre hombre apenas puede sostenerse en pie y se dobla sobre sí mismo.

Doy un paso al frente, plantándome ante la consola de seguridad, y agarro el micrófono del PA, el sistema de megafonía general.

Activo el canal de máxima prioridad interna para la tripulación, pego el micro a mis labios y pulso el botón.

—Operation Bright Star, Operation Bright Star.

All available crew members, report to your emergency stations immediately.

Repeat, all available crew, report to stations now.

—Suelto el gatillo un segundo para tomar aire y repito el código en español, con la voz firme, limpia y atronadora, ocultando el más mínimo rastro de pánico—: Operación Bright Star, Operación Bright Star.

Todos los miembros de la tripulación disponibles, preséntense en sus puestos de emergencia de inmediato.

Repito, toda la tripulación disponible, a sus puestos ahora.

Suelto el micro y el pitido de la frecuencia prioritario deja paso a un silencio sepulcral en el puente.

Todos aquí arriba empezamos a entrar en modo emergencia a nuestra manera.

Los timoneles me miran a mí, como si tuviera las respuestas a las muchas preguntas que seguro que se hacen.

Pero es mi primera emergencia real, y con el capitán fuera de juego y el primer oficial a punto de colapsar, sé que la responsabilidad recae en mí.

El pobre Norton sigue apoyado en el marco de la puerta del alerón, con la frente apoyada en el cristal, respirando como si acabara de correr una maratón.

El silencio lo rompe el pitido electrónico de la puerta de acceso.

Al girarme, veo entrar a Florencia. Lleva la tableta de emergencias en la mano, pero la rigidez de su uniforme ha desaparecido por completo; camina despacio, sujetándose el estómago con un brazo y con el rostro pálido, cubierto por una fina capa de sudor.

—Alana… —consigue decir, arrastrando las palabras—. Vengo del hospital. El director médico también ha caído. El júnior está desbordado.

—¿Qué coño pasa, Florencia? ¿Es un norovirus? —pregunto, dándome la vuelta hacia ella.

—No. Todo apunta a una intoxicación por algún alimento en mal estado —dice, haciendo una pausa para tomar aire—. El nexo común de todos los que están cayendo son las ostras de la cena de gala.

Si es una intoxicación por alimento en mal estado, eso nos da una tregua. Si fuera un virus, el barco entero sería una bomba de relojería en cuestión de horas. La intoxicación, al menos, nos deja margen para reaccionar.

—Yo no probé las ostras —le digo, analizando la situación a toda velocidad—. ¿Están seguros de que ese es el origen?

—Sí. Al menos sabemos que no hay riesgo de contagio —responde Florencia, tomando aire—. Pero la mitad del pasaje las comió. Y el capitán, Julián Dupont, los oficiales de rango… Todos los que se sentaban a esa mesa están cayendo. Alana… Me temo que te has quedado solo al frente de esto.

Florencia se calla de golpe y se dobla un poco hacia delante, apretando los dientes para contener una mueca de dolor.

—De acuerdo, será mejor que bajes a tu cabina —le indico, dándome cuenta de que no va a aguantar mucho más en pie—. No tienes buen aspecto y…

No hace falta que termine la frase. Se da la vuelta por donde ha venido, arrastrando los pies y tapándose la boca justo antes de cruzar la puerta estanca.

Me quedo quieto en mitad del puente, mirando las pantallas de navegación mientras el silencio vuelve a devorarlo todo.

El capitán Price está totalmente incapacitado en su cabina.

Norton apenas puede sostenerse en pie en el rincón.

A Julian Dupont, el director de hotel, ni se le espera; de sobra sé el gusto que tiene por las ostras.

Y ahora Florencia, la única capaz de contener el caos con los pasajeros, acaba de retirarse a su camarote.

Todos los oficiales y jefes por encima de mí están fuera de juego.

El Meridian Star, un gigante de acero con casi tres mil almas a bordo, acaba de quedarse con una única y solitaria línea de mando: el único oficial sano que queda de mayor rango en este puente soy yo.

De pronto, un pitido estridente y continuo rompe el silencio. Es el teléfono satelital de la consola de seguridad. El identificador parpadea en luces rojas: DPA - GALVESTON CENTRAL. La base en tierra ya ha recibido la alerta automática de la Operation Bright Star.

Me acerco al panel, descuelgo el aparato y respiro hondo para borrar de mi voz cualquier rastro de temblor o duda.

—Puente del Meridian Star. Aquí el segundo oficial Alana.

—¿Oficial Alana? Habla el Centro de Control de Galveston. Hemos recibido la activación del código médico. ¿Cuál es la situación del capitán Price?

—El capitán y el primer oficial están incapacitados por una intoxicación alimentaria masiva, señor —informo, mirando de reojo las luces de posición del barco—. Toda la alta oficialidad ha caído, el hospital está desbordado y el médico senior también está incapacitado.

Al otro lado de la línea se hace un silencio tenso que dura varios segundos. Escucho el tecleo rápido de los operadores en Texas.

—Entendido. Las lecturas de los sensores confirman que es usted el oficial de puente de mayor rango operativo. A partir de este momento, asume el mando del buque como acting captain. Queda bajo su total responsabilidad.

Sé exactamente lo que implica ese cargo, pero no hay margen para la duda; aprieto los dientes y asumo el mando.

—Recibido. ¿Cuáles son las órdenes, Galveston?

—Cancele la escala programada en Roatán inmediatamente. Proceda a virar el crucero en su posición actual y ponga rumbo de emergencia directo a Galveston. Den la vuelta ya y metan máxima potencia a las máquinas. Tenemos que sacar a esa gente de alta mar.

—Cerrar escala en Roatán y rumbo de regreso a Texas a toda máquina. Entendido. Corto y cierro.

Cuelgo el teléfono de golpe. El corazón me va a mil por hora, pero la adrenalina ha congelado cualquier atisbo de miedo. Me giro hacia el timonel de guardia, un cadete joven que me mira con los ojos abiertos como platos, esperando a ver qué hago.

—Ya has oído a tierra —le digo, plantándome a su lado y poniendo la mano sobre la consola del piloto automático—. Mete todo el timón a babor. Cancela la ruta actual. Nos volvemos a casa.

El chaval asiente y ejecuta la orden. A los pocos segundos, el suelo del puente tiembla bajo mis pies cuando las hélices cambian de rumbo en el agua y los motores rugen a máxima potencia.

El horizonte, teñido con las primeras luces del amanecer, empieza a moverse lentamente a través del cristal del puente mientras el Meridian Star inicia el viraje en mitad de la nada, transformándose, de golpe, en un hospital flotante bajo mi mando.