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Crew drill
Simulacro de Emergencia de la Tripulación ( Crew drill ): Ejercicio interno obligatorio que se realiza semanalmente a mitad de trayecto, libre de pasajeros.
Exige precisión militar, tiempos cronometrados y uniformidad estricta.
Para la tripulación, es una hora intensa de carreras por pasillos estrechos y procedimientos mecánicos donde el cansancio acumulado de la semana se pone a prueba.
Primer crucero (Hace tres meses)
—El simulacro debe de estar a punto de empezar, Rodrigo.
Mientras prácticamente todo el pasaje está recorriendo Roatán, a nosotros nos toca el simulacro de la tripulación.
Aunque sabemos qué día es y tenemos un margen de un par de horas en el que nos va a caer la alarma general, el minuto exacto es un misterio.
Podría ser dentro de dos horas o en cinco minutos.
—Qué va —dice él, buscándome la oreja con los labios—. Tenemos tiempo, seguro.
—No creo que lo mejor sea que el simulacro nos pille desnudos y a medias. Al menos a mí no me haría ninguna gracia.
A Rodrigo, sin embargo, no parece preocuparle lo más mínimo. Sigue besándome, bajando por mi cuello y marcando el terreno con la lengua.
—¿Quieres que pare?
Por supuesto que no quiero. Lo único que deseo es seguir y averiguar si, además de ser un experto probando ostras y darme una auténtica lección magistral de cómo se saborean, es capaz de trasladar esa misma técnica a otro tipo de situaciones.
Pero no he hecho todavía un simulacro general.
Llegar tarde en mi primer crucero no es la mejor carta de presentación ante mi jefa.
Florencia es una enferma del orden, la puntualidad y, curiosamente, de que llevemos el uniforme como recién salido de la tintorería.
Como si fuera fácil mantener las líneas rectas aquí abajo.
—No, no quiero que pares, pero me apetece todavía menos tener problemas con Florencia —respondo, ladeando la cabeza para dejarle más espacio—. Esa mujer me odia.
Rodrigo no se mueve; sus manos siguen recorriéndome con una lentitud que me quema, manteniéndome pegada a la pared de su camarote mientras su boca sigue fija en mi piel. La cama, su cama, nos espera al fondo, deshecha, como una invitación directa a perder las formas entre las sábanas.
—De acuerdo. Dime qué es lo que más deseas ahora mismo.
—No sé si tenemos tanta confianza, oficial Alana —consigo decir, conteniendo una carcajada.
A Rodrigo se le escapa un pequeño gemido contra mi cuello. Se separa apenas unos centímetros, directo a mis ojos, con una seriedad que me corta la respiración.
—Me pone que me llames oficial Alana. Me pone muchísimo.
Su cara expresa justo lo contrario que la mía. No se ríe, ni siquiera sonríe. Me clava los ojos como si este fuera el último maldito minuto del mundo…
—Es bueno saberlo, pero…
—Te lo vuelvo a preguntar —insiste, tomándose su tiempo—. Dime qué quieres. No te pregunto a qué le tienes miedo, ni qué necesitas, ni qué es lo correcto o lo más profesional. Solo quiero que me digas qué es lo que más deseas ahora tú.
Trago saliva porque, en realidad, apenas conozco a este hombre.
Nos hemos besado en la popa bajo la luna con el océano de fondo, nos hemos escondido en un rincón perdido en Mahahual y hemos tenido una noche increíble en este mismo camarote después de la cena del capitán.
Y ahora, se supone que debería estar vistiéndome para el simulacro en lugar de buscarme problemas con mi jefa a las primeras de cambio.
Al fin y al cabo, él juega con ventaja, es oficial; nadie le va a toser y se sabe el protocolo de memoria.
Pero yo no puedo arriesgarme a cagarla en mi primer crucero.
Hago un amago de zafarme, pero sus manos suben por mi nuca, frenándome sin esfuerzo. Su boca se queda a milímetros de la mía, rozándome al hablar, mientras asoma esa sonrisa de suficiencia que tanto me desquicia y me fascina a partes iguales.
—A Florencia no le va a dar tiempo a odiarte hoy —me susurra—. La alarma de este barco va a sonar exactamente cuando yo suba al puente y le dé al botón. Y te aseguro que todavía no pienso moverme de aquí. Así que sí, Lauren, tenemos tiempo.
Eso cambia completamente las perspectivas de las próximas horas.
En realidad, he terminado mis obligaciones de la mañana; solo debía preocuparme por el simulacro y evitar que me pillara por sorpresa.
Quizás debería estar descansando, sí… porque luego, en el turno de tarde, los pasajeros vendrán agotados de la excursión de Roatán y mucho más exigentes.
Pero toda mi responsabilidad desaparece cuando siento la lengua de Rodrigo en mi clavícula, bajando en una línea húmeda hacia mi escote mientras sus dedos, con una habilidad desesperante, empiezan a soltar los primeros botones de mi camisa.
La cordura también me abandona cuando abre la tela, me toma un pezón entre los labios y empieza a trazar círculos con la lengua.
Si ya estaba cachonda hace unos minutos, basta verlo desde aquí arriba para imaginarme lo que esa misma destreza podría hacer en otra parte de mi anatomía.
Y luego sus palabras insistentes, rebotando en mi cabeza: «Dime qué es lo que más deseas ahora mismo» .
Lo deseo a él. Deseo saber si todo lo que insinúa es verdad.
Sus manos terminan de abrir los botones restantes y me deslizan la camisa hombros abajo, obligándome a despegar la espalda de la pared solo lo justo para librarme del tejido, que termina cayendo al suelo del camarote.
Vuelve a mí de inmediato, atrapando mi otro pecho con la boca, saboreándolo con una calma desesperante, como si tuviera todo el día.
Cierro los ojos y me muerdo el labio inferior para no gemir demasiado fuerte.
Es imposible no pensar en el comedor, en cómo sostenía la maldita ostra entre los dedos, estudiándola con una paciencia casi erótica antes de usar la punta de la lengua para deslizarla con descaro.
Nos estábamos desafiando con la mirada, y ahora entiendo perfectamente de qué iba ese examen.
El pulso se me desboca cuando sus manos bajan a la cintura de mi falda. Encuentra la cremallera, tira de ella hacia abajo y empuja la tela entallada, cadera abajo, con una suavidad que me está matando.
Pero yo no soy mujer de aceptar órdenes. Al menos, no en la cama.
—De acuerdo, oficial Alana. Me has pedido que te diga lo que deseo ahora mismo, ¿no? Pues te lo voy a decir.
Le hundo los dedos en el pelo, tirando con fuerza hacia atrás para obligarlo a mirarme. Rodrigo se sorprende; se le escapa una mueca de suficiencia, como si pensara que esto es solo parte de un juego en el que el control sigue siendo suyo. No tiene ni idea de que le acabo de destrozar los planes.
—Vas a arrodillarte —le ordeno, sin soltarlo—, y me lo vas a comer hasta que me corra en tu boca. A ver si eres tan bueno como presumes.
Ejerzo presión hacia abajo, tirando de su pelo con una fuerza que ni yo misma controlo porque no me queda un maldito gramo de paciencia.
Estoy demasiado cachonda para juegos. Rodrigo cede al dolor y a la sorpresa, y su gesto de suficiencia desaparece de golpe cuando sus rodillas impactan contra el suelo.
Sin darle tiempo a asimilarlo, subo una de mis piernas sobre su hombro, hundiéndole el tacón en la espalda para dejarlo clavado ahí abajo, y tiro de su cabeza hacia atrás para que me mire.
—Ahora, hazlo.
Le guío la cara hacia mí, acomodando su boca directo contra mis bragas, que ya no pueden esconder lo empapada que estoy.
Lo mantengo ahí un segundo, quieto, obligándole a mirar lo desquiciada que me tiene justo antes de dejar que me toque.
En cuanto su lengua me roza a través de la tela, Rodrigo busca el control y me clava las manos en los muslos, pero le tiro del pelo hacia atrás para frenarlo.
Cierro los ojos, saboreando el momento y le marco el ritmo sin soltarlo.
Allá arriba, en el puente de mando, él podrá tener el control de todo; pero aquí abajo, ahora mismo, el oficial está a mi merced.