Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 27
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Lauren

Estoy frente al espejo, deshaciendo el moño de trabajo, cuando escucho tres golpes firmes y rotundos. Al abrir, Rodrigo se planta en mitad de mi camarote con la mandíbula apretada y el uniforme de gala todavía puesto. Se le nota que sigue jodidamente cabreado.

—¿Sabes qué te digo, Lauren? Que estoy cansado de disculparme sin saber por qué tengo que hacerlo. —Da un paso al frente, invadiendo mi espacio y obligándome a retroceder contra el mueble—. Pero hay otra cosa que me cansa todavía más, y es desearte como lo hago cada vez que pasas por mi lado.

Casi no me deja hablar. Me coge de la nuca y me atrapa en un beso con el que parece soltar toda la frustración que lleva acumulada.

Noto su aliento robándome el mío, sus labios reclamando el espacio de mi boca y a mí me pilla con la guardia baja, sin capacidad de reacción.

Lo lógico, lo sensato, sería empujarlo y cruzarle la cara por besarme así, sin ningún permiso. Pero hago todo lo contrario. Lo atraigo hacia mí, intensifico el beso, y la cordura abandona el barco y mi cuerpo.

Nos quitamos la ropa deprisa. Sin preámbulos, sin separar nuestras bocas.

Él me baja el vestido, me agarra de los muslos y me empuja contra la pared del camarote.

Ni siquiera se termina de quitar la camisa; solo se baja los pantalones lo justo para sacar su polla y follarme así: rápido, duro, fuerte.

Y, joder, me gusta demasiado.

Es sexo mezclado con rencor. Hay algo insano en querer que me bese y, al mismo tiempo, tener ganas de pegarle.

Lo único que se me ocurre es clavarle las uñas en los hombros mientras intento sujetarme a él, con el único consuelo de saber que mañana, cuando se despierte y se arrepienta de esto, se mirará al espejo y verá mis marcas en su piel.

—¿Te gusta? —me pregunta, embistiendo dentro de mí con rabia—. Es esto lo que querías, ¿verdad? Ponerme al límite para que te folle así.

—Cállate y sigue —le respondo—. Ni se te ocurra parar ahora.

Y él obedece. Sigue empujando dentro de mí, sosteniendo mi peso contra la pared del camarote, jadeando, sudando y gimiendo contra mi cuello. Yo no consigo agarrarme a más sitio que a sus brazos, tensos y duros por el esfuerzo, mientras sigo hundiéndole las uñas en la carne.

Todo es demasiado. Para mí, al menos. Y, aunque no quiero ponérselo tan fácil ni correrme tan deprisa, siento que no voy a aguantar mucho más.

Me fastidia que tenga ese maldito dominio sobre mí, que maneje la situación a su antojo.

Intento recordarme lo soberbio y arrogante que es, pero no me da tiempo a terminar el pensamiento y me corro. Sin poder evitarlo, sin querer hacerlo y odiándome por ello.

—¿Qué decías? —me pregunta.

He perdido la capacidad de expresarme con palabras. Murmuro algo incomprensible con la boca apoyada en su hombro, mientras él sigue sosteniéndome de los muslos, todavía metido muy dentro de mí.

Lo peor es que me habla con esa arrogancia de «puedo hacer que te corras cuando quiera y no puedes resistirte», que antes me volvía loca y ahora me saca de quicio. Porque sí, aunque me haya dado otro de esos orgasmos que recordaré semanas, esto es una derrota para mí.

Maldita sea la política sexual y este estúpido juego de quién necesita más a quién.

Soy consciente de que es una estupidez pensar que soy yo la que he perdido cuando acabo de correrme, pero sé perfectamente lo que me digo: en lo que respecta a Rodrigo y a nuestra historia, él acaba de apuntarse un tanto.

—Déjalo, ¿vale?

—¿En serio es lo que quieres? —me susurra al oído, rozándome con los labios—. Porque yo no he terminado… y tampoco he terminado contigo.

La siguiente maniobra no la veo venir. Sigo deshecha entre sus brazos, con los ojos cerrados y la boca pegada a su piel.

Siento cómo se mueve, me tumba en el colchón y se acomoda entre mis piernas.

Cuando abro los ojos, su erección es todavía más evidente desde esta posición.

Su polla rebota contra mi abdomen mientras termina de quitarse la camisa, la arroja al suelo del camarote y me arranca las bragas como si fueran de papel.

Estoy hipersensible, intentando recuperar el ritmo de mi respiración en la penumbra, consciente del silencio absoluto que nos rodea, cuando vuelvo a notarlo entrar en mí. Más fuerte, más duro, mucho más rápido.

—Estaré por detrás de ese puto oficial del Royal —susurra contra mi oído, haciéndome arquear la espalda—, pero ahora mismo estoy encima de ti. Y vas a volver a correrte, Lauren.

Operation Bright Star. Operation Bright Star. All crew…

Abro los ojos de golpe, desorientada y con el corazón en la garganta. No hay tacto, no hay calor, no está Rodrigo. Ha sido un puto sueño. El problema es que ha sido demasiado real y que la rabia me quema por dentro. ¿Por qué coño tengo que soñar precisamente con ese idiota?

Con las sábanas pegadas al cuerpo por el sudor, me quedo mirando el techo del camarote mientras la luz del amanecer empieza a filtrarse débilmente por la rendija de la puerta.

Arriba, la estructura de la litera cruje cuando Callie se remueve bruscamente y asoma la cabeza con los ojos medio cerrados, desorientada.

—¿Qué coño pasa? ¿Había simulacro previsto para hoy? ¿Tan temprano? Si apenas son las siete, acabo de acostarme —se queja, frotándose la cara.

El altavoz de la pared vuelve a encenderse con un pitido estridente que corta las protestas de Callie. Reconozco la voz de Rodrigo de inmediato; suena mucho más tensa de lo habitual, y no tiene nada que ver con el tono y la calma de un simple aviso rutinario.

Operation Bright Star, Operation Bright Star.

All available crew members, report to your emergency stations immediately.

Repeat, all available crew, report to stations now.

—Una pausa milimétrica y el mensaje se repite en español—: Operación Bright Star, Operación Bright Star.

Todos los miembros de la tripulación disponibles, preséntense en sus puestos de emergencia de inmediato.

Repito, toda la tripulación disponible, a sus puestos ahora.

Ninguno de los simulacros que hemos hecho antes sonaba así de real. No hay advertencias, no hay avisos de ejercicio, solo prisa.

—Joder, Callie —digo, incorporándome de golpe—. Esto no es un puto simulacro. ¡Muévete!