Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 26
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Rodrigo

Verla venir con ese vestido y ese caminar de mujer intocable e inaccesible, como si la discusión de antes no le hubiera afectado lo más mínimo, me jode la estabilidad emocional.

Mucho más después de la bronca en cubierta.

Debería hablar, pero últimamente todo lo que sale de mi boca son los mismos reproches de los que me acusa: puro veneno.

El simple contacto físico me altera más de lo que quiero admitir.  No quiero pensar en ello, pero tenerla así de cerca me recuerda que la sigo deseando más que el primer día, por mucho que todo lo que pasó nos siga escociendo.

—Lauren…

Se detiene de repente y no sé si por el agarre o porque he usado su nombre después de semanas tratándonos como dos perfectos desconocidos, pero algo se me remueve dentro.

—Dime, Rodrigo.

Escuchar el mío de vuelta me altera de igual manera. En este pasillo, tras semanas de guerra estúpida, es lo más parecido a una tregua que vamos a tener.

—No debí decir eso.

Lauren se cruza de brazos, apoyando ligeramente la espalda contra el mamparo para dejar espacio, pero sin apartar los ojos de los míos.

—¿A qué te refieres? ¿A que soy una cualquiera?

—Sabes perfectamente que no iba por ahí.

La disculpa me sale torpe, a la defensiva. Ella me sostiene la mirada, esperando. Tiene razón en ponerse así; soy yo el que la ha parado, el que tiene que hablar y, visto lo mal que he empezado, el que necesita esforzarse más.

—¿Entonces a qué te referías? —insiste—. Porque primero en Mahahual, delante de los oficiales del Royal Caribbean, eso es lo que insinuaste. Y ahora esto en la cena, delante de mi jefa, de los oficiales y de los pasajeros…

—Lo sé —la interrumpo, impaciente—. Por eso me estoy disculpando, ¿vale?

—¿Ah, sí? ¿Esto es una disculpa? —Inclina la cabeza hacia un lado, acortando la poca distancia que nos separa—. Porque no he oído un «lo siento» o un «discúlpame» por ningún lado. Solo…

—¡Vamos, Lauren! No te hagas la víctima. Llevas semanas machacándome sin que entienda por qué. Precisamente tú eres la que menos derecho tiene a… ¡Ufff!

Resoplo y desvío la mirada hacia el techo, conteniéndome. Es inútil. Volvemos a estancarnos en el mismo sitio de siempre y esta discusión no va a llevarnos a ninguna parte.

—Será mejor que me vaya —dice Lauren, y la dureza de antes desaparece, dejando paso al cansancio—. Mañana va a ser un día duro en Roatán. Pero gracias por… —Señala el espacio entre los dos—, por el intento. Yo también lo siento.

Se da la vuelta y se aleja. Me quedo quieto, viendo cómo se pierde pasillo abajo. No hemos enterrado el hacha de guerra, pero es la primera conversación civilizada que tenemos en seis semanas. Justo el tiempo que hace que todo se fue a la mierda y tiramos por la borda lo que habíamos empezado.

Entro en mi camarote dando un portazo y me tiro en la cama, frustrado, con la mirada clavada en el techo.

Joder. ¿Qué coño me pasa?

Podría estar ahora mismo en el crew bar , ligando con cualquiera de las chicas nuevas del spa y terminando la noche con alguna de ellas.

Ni siquiera necesitaría esforzarme en mantener una conversación profunda.

Es lo que llevaba haciendo meses; exactamente desde que Ingrid se marchó y decidí que no iba a volver a complicarme la vida por nadie.

Estaba tranquilo. Mi vida funcionaba. ¿Por qué he tenido que cruzarme con ella?

¿Por qué, de toda la tripulación, no puedo quitarme de la cabeza a la única tía que hace que se me olvide el orgullo con solo verla caminar por un pasillo?

Me jode que terminemos a gritos cada vez que abrimos la boca por lo que pasó, pero me jode todavía más seguir deseando mandarlo todo a la mierda solo por volver a tenerla cerca y recordar a qué huele su piel.