Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 25
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Lauren

He elegido solomillo de buey y creo que es porque es exactamente como me siento: compacta, cruda y con ganas de embestir al próximo que me dirija la palabra esta noche. Así que nada de cordero.

Nada de parecer indefensa.

Florencia me observa por encima de la montura de sus gafas, bajando ligeramente la barbilla para calibrar el tamaño de mi culpa antes de desviar la mirada hacia Rodrigo.

Sabe lo nuestro, claro… o al menos lo que queda de ello.

Creo que esa es una de las razones por las que no me puede ni ver.

Descubrió el asunto casi desde que empezó, en mi primera semana en el barco, y el peso de los galones de Rodrigo fue lo único que me salvó de que me hiciera la vida imposible desde el primer día.

Aunque ella sea la jefa de Relaciones Públicas y Atención al Cliente, los oficiales están en la cima de la cadena de mando y no podía tocarme.

Pero ahora, tras la ruptura, ese escudo ha desaparecido y no pierde la oportunidad de ensañarse conmigo a la mínima ocasión, por mucho que yo intente no darle motivos.

Lo que tuvimos Rodrigo y yo generó un rechazo entre la tripulación más veterana que todavía no alcanzo a comprender.

Joder, en este barco todo el mundo se acuesta con todo el mundo; los líos de pasillo son el deporte oficial a bordo.

Además, él es un cabrón que lleva coleccionando novatas desde…

a saber cuándo. Y, sin embargo, la que carga con el sambenito de mala de la película soy yo.

Es como si el fantasma de Ingrid siguiera pesando demasiado para la vieja guardia, y me miran como si yo tuviera la culpa de algo.

Al menos los mandos intermedios como Florencia, porque por suerte la gente de abajo pasa de bandos y no me gira la cara.

Menos mal que cuento con ellos porque, si no, convivir en estos pasillos flotantes sería un infierno.

Callie se incorpora a la mesa a mi lado, pero la sonrisa se le congela en la cara en cuanto mira alrededor.

—¿Otra vez se han llevado las ostras? ¿En serio me he quedado sin probarlas?

Se gira hacia mí con los ojos entrecerrados y cara de decepción absoluta, de esas que te hacen sentir que la has traicionado de la peor manera posible.

—Lo siento, Call, de verdad —le digo en un susurro, inclinándome hacia ella para que mi voz no viaje más allá de nuestros platos—. He tenido… un encontronazo con Rodrigo en cubierta y, para cuando hemos vuelto, ya habían retirado las bandejas.

Callie clava el tenedor con demasiada fuerza en uno de los aperitivos que quedan y se acerca más a mí para que nadie la oiga.

—¿Y no podíais haber elegido otro momento para vuestros dramas de adolescentes? —me recrimina a media voz, controlando el volumen pero no el cabreo—. Me habéis dejado las sobras, cabrones.

—Ya, perdona, pero… —Dejo la frase en el aire y miro disimuladamente a través de la mesa. Él sigue ahí, observándome como si pudiera escupir fuego por los ojos—. Bueno, luego hablamos, ¿vale? Intentemos disfrutar de la cena.

Decirlo es fácil; conseguirlo, casi imposible después de toda la mierda que nos hemos echado a la cara en cubierta.

Por suerte, Callie se encarga de monopolizar la conversación.

Ser la cantante del barco la convierte en el imán absoluto de la mesa, un centro de atención andante para los pasajeros.

Esta noche, además, está espectacular. Se ha puesto ese vestido rojo que quita el hipo y que se nota que es una inversión; no hay un solo hombre en el comedor que no la mire de reojo, especialmente un par de pasajeros con aspecto de tener la cuenta corriente muy holgada que no le quitan el ojo de encima.

A ella le encanta, claro, y maneja esa atención con una soltura envidiable.

La cena se alarga entre risas ajenas y copas de vino hasta que Norton, al frente de la mesa desde que el capitán se retiró a mitad de la noche, hace el gesto de rigor: apoya las manos en la mesa, ofrece un breve brindis de agradecimiento y se pone en pie, dando por concluido el protocolo.

Es la señal que todos esperábamos para poder salir huyendo de allí.

—¿Te apetece pasarte por el bar de tripulación? —propone Callie mientras nos levantamos—. La nueva tanda de camareros coreanos ha estado doblando turno hasta ahora, seguro que están desesperados por una buena fiesta.

—Hoy no, cariño —le digo, dándole un medio abrazo de lado—, mañana toca Roatán y prefiero descansar bien esta noche. A mitad de trayecto siempre empiezan las quejas de verdad de los pasajeros y me dan el doble de trabajo.

—Ok, pues igual nos vemos mañana —dice, moviendo las cejas de manera divertida—. Deséame suerte…

—No la necesitas, pero de acuerdo. Suerte con… ¿Cómo se llama?

—¿Quién?

—Tu coreano… Callie.

—¡Ahhh! Pues algo así como… ¿Min-shun? ¿Min-jan? Joder, no sé, empieza por M. Da igual, tiene unos brazos increíbles, con eso me vale.

Me despido de Callie con una sonrisa y veo cómo se aleja hacia los ascensores, lista para comerse la noche. Yo, en cambio, solo quiero llegar a mi camarote y desconectar.

Al bajar a las cubiertas inferiores, me interno directamente en la I-95.

Aprieto el paso por el pasillo principal de la tripulación, deseando deslizar la tarjeta por la ranura y encerrarme a solas de una vez.

Pero es cruzar el primer mamparo estanco, doblar la esquina, y cortárseme la respiración de golpe.

Allí está él.

Rodrigo viene de frente, caminando en dirección contraria con las manos metidas en los bolsillos del pantalón del uniforme.

Ha tenido que bajar volando por las escaleras de servicio para ganarme la delantera y plantarse aquí abajo, y lo peor es que este pasillo es tan estrecho que es imposible esquivarnos.

No hay escapatoria. No hay pasajeros mirándonos, no hay capitanes, ni primeros oficiales, ni una Callie que acapare la atención. Solo estamos nosotros dos en mitad de la I-95 y toda la mierda que nos quedó por decirnos en cubierta.