Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 24
41%

24

Cena del Capitán

Cena del Capitán (o Cena de Gala): Es el evento principal de cualquier itinerario.

El pasaje se viste de etiqueta, el menú se vuelve gourmet y la tripulación está obligada a desplegar su mejor sonrisa.

Para los oficiales, sin embargo, no es una fiesta: es una jornada laboral de alta tensión social donde deben compartir mesa con los pasajeros VIP, mantener la compostura política y fingir que les apasiona responder, por centésima vez,, a la pregunta de qué tamaño tiene el ancla del barco.

Primer crucero (Hace tres meses)

Apenas han pasado tres o cuatro horas desde que dejamos atrás Mahahual, y todavía noto el calor en la piel. O, mejor dicho, el calor de Lauren.

Aún tengo el cuerpo encendido, vibrando con el recuerdo de lo que ha pasado en mi camarote.

Hemos ido a contrarreloj, con el tiempo justo antes de tener que vestirnos de gala, y ha sido jodidamente fantástico.

Una de esas veces que te descolocan todos los estándares, donde he sentido algo que creía enterrado y que hacía demasiado tiempo que no experimentaba.

Y, ahora, ahí está ella.

He movido cielo y tierra con el maître para asegurarme de que nos sentaran juntos en la mesa presidencial, y tenerla a mi derecha me está volviendo loco.

Está espectacular.

Lleva un vestido oscuro que se ciñe a su cuerpo como una segunda piel, pero lo que me tiene completamente desquiciado es el escote. Cada vez que respira, la tela cede lo justo, recordándome la textura de su piel desnuda hace solo unas horas bajo mis manos.

Hablamos con los pasajeros, sonreímos por protocolo y respondemos a las preguntas de rigor mientras los camareros desfilan con los primeros platos. Mantengo la postura profesional, pero por debajo de la mesa, la cercanía de su pierna me está matando.

Entonces los camareros empiezan a servir el plato estrella de la noche, colocando frente a nosotros las fuentes de plata cubiertas de hielo picado con las ostras abiertas.

Lauren observa el plato con una mezcla de curiosidad y ligera desconfianza.

Yo no puedo apartar los ojos de su perfil, disfrutando de cómo la luz de las lámparas del salón resbala por su cuello y el borde del escote.

Me inclino un poco hacia ella, lo justo para que mi voz no pase de su oreja, aislándonos del ruido de las conversaciones.

—¿Sabes? —le susurro—. Hay gente que piensa que esto es solo un lujo culinario, pero tienen un secreto. Son el afrodisíaco más antiguo del mundo.

Lauren se vuelve a medias hacia mí, entornando los ojos con una sonrisa de medio lado que estoy empezando a adorar.

—¿Afrodisíaco, eh? ¿Como las fresas con chocolate?

Desvío la mirada hacia sus labios un segundo, sintiendo la tentación demasiado cerca, y asiento despacio. Y sí, me apunto eso de las fresas para otra ocasión.

—Mucho mejor que eso. No es un mito moderno —continúo, bajando aún más la voz, hasta que mi aliento le roza la oreja—.

Ya en la antigua Roma las consideraban el motor del deseo en los banquetes más salvajes.

Y el truco no es magia, es pura biología.

Están cargadas de zinc y minerales que disparan la testosterona.

No es que te exciten al instante, pero despiertan el cuerpo de una forma indomable.

Dicen que Casanova desayunaba cincuenta cada mañana solo para mantener el tipo en sus noches de conquista. Era su ritual de preparación.

—¡¿Cincuenta ostras?! —exclama sorprendida, demasiado alto.

Se muerde el labio al instante, echando un vistazo rápido a los pasajeros y al resto de oficiales de la mesa.

Al ver que nadie nos presta atención, vuelve a mí con una sonrisa divertida—.

Oficial Alana… ¿Está usted intentando seducirme a lo Casanova?

—Casanova se quedaría corto a mi lado —le aseguro, inclinándome un milímetro más—.

Además, la química es solo el principio; el verdadero milagro ocurre en la cabeza, Lauren.

En la sugestión. Comer algo que todo el mundo asocia con el placer ya te enciende por dentro.

Activa la imaginación. Pero lo que de verdad las vuelve peligrosas es cómo se comen.

Ella se humedece los labios, bajando la mirada hacia mi boca un segundo antes de volver a enderezarse en la silla.

—Es una experiencia puramente táctil, húmeda —continúo—. No es algo que se mastique. Hay que saborearlas con calma, dejando que se deslicen, sintiendo la textura suave y el sabor a mar.

Miro su plato, señalando con un gesto sutil la ostra abierta, ajenos a todo lo que nos rodea, atrayendo sus ojos hacia el molusco.

—Míralas. Tienen toda una simbología detrás.

Una concha cerrada que protege algo increíblemente blando, íntimo y húmedo en su interior.

Algo que solo se abre si sabes cómo hacerlo.

No se trata de forzarla a lo bruto, sino de encontrar el punto exacto, con paciencia, con una exploración lenta, milímetro a milímetro, hasta que cede.

Y cuando se abre… Bueno, requiere toda tu atención oral.

Hay que acercar los labios, respirar su aroma y saborearla… sin prisa.

Lauren suelta la copa y deja la servilleta sobre el mantel. Se inclina un poco hacia mí, hablando lo suficientemente bajo como para que nadie más en la mesa la escuche:

—Vámonos, por favor.

Ella sale primero y, a los pocos minutos, me disculpo en la mesa.

Todo el pasaje, a excepción de algunos fumadores que echan humo en cubierta, están terminando de disfrutar del postre.

Yo solo pienso en tenerla de nuevo entre mis brazos, desnudarla y volver a sentirla.

Mientras caminamos, cogidos de la mano por los pasillos, cedo un poco el paso. Ella parece tener más prisa, pero yo disfruto del espectáculo de verla en ese vestido que enseña parte de su muslo y los zapatos de tacón que realzan todavía más su figura.

—Lauren, espera. —Tiro de ella para detenerla y se vuelve hacia mí—. Solo un momento.

El cielo en un crucero es uno de esos espectáculos que ni el mejor fotógrafo del mundo puede plasmar. La noche sobre el océano, con el cielo cubierto de estrellas, hace que miles de puntos blancos se reflejen sobre el agua. Y no pienso desaprovechar la ocasión de volver a besarla así.

La cubierta está desierta y no puedo resistirme más. La apoyo contra la barandilla, la atraigo por la cintura y la beso bajo el manto de estrellas. Es un beso lento, profundo, que promete demasiadas cosas. Y tengo la intención de cumplir cada una de esas promesas.

Ella suelta un pequeño suspiro al separarnos. Todavía tiene los ojos cerrados y yo solo la observo.

—¿Esto de besarme contra la barandilla al aire libre no tendrá nada que ver con Titanic y la dichosa escena de Jack y Rose, verdad? ¿O es que tienes un fetiche marinero del que deba preocuparme?

—Si te refieres a la escena en la que Jack hace subir a Rose a la barandilla con los ojos cerrados… —le digo besando la comisura de su boca—, eso sucede en la popa del barco. Nosotros estamos en el centro, y no te voy a preguntar si confías en mí. Pero te prometo que voy a hacerte volar .