23
Rodrigo
—¿Qué quieres?
Me planto delante de ella con los brazos cruzados, manteniendo esa distancia de seguridad que últimamente necesito cada vez que la tengo cerca si no quiero perder los papeles.
El viento en esta zona de la cubierta sopla con fuerza, trayendo el zumbido constante de los motores y el olor húmedo del Atlántico.
—¿Puedes dejar de lanzar esos comentarios? —me espeta, clavando los tacones contra el suelo de teca.
—Ah… vaya, ahora te molestan. Solo he expresado una preocupación. Dupont tiene razón, los pasajeros de…
—No me jodas, Alana —me interrumpe, apartándose de la cara un mechón de pelo que el viento le ha estampado contra la boca—. Te importan una mierda los pasajeros VIP y las putas excursiones.
Y tiene razón, maldita sea.
Ni siquiera cuando la cosa se pone tensa en el puente, cuando los ricos nos gritan a las diez de la mañana con prisas por desembarcar, me importa más allá de lo mínimo profesional.
Lo que sí me descoloca es ese maldito gesto, la forma en que se aparta el pelo echando la cabeza ligeramente hacia atrás y dejándome a la vista el nacimiento del cuello.
Los recuerdos regresan claros, como si hubiera sido esta misma noche, aunque haga semanas que ni siquiera nos tocamos.
Intento parpadear para borrar la imagen, pero es inútil. No quiero pensar ni un solo segundo más en su pelo cayendo sobre mis hombros cuando la tenía encima de mí en mi camarote.
—¿Para qué me has hecho levantarme de la mesa?
—suelto, dando un paso hacia ella y obligándola a retroceder contra la sombra de uno de los pescantes de acero—.
Si tienes tan claro todo, podrías haberme dejado al menos probar las ostras, ¿no?
Pero qué va, la señorita Hall debe hacer su voluntad.
Si tienes que joderme la cena, lo haces, porque en tu pequeño mundo, Lauren, solo miras por ti y por tu…
—¿Por mi qué? —me desafía.
Le da una palmada a la estructura del bote que tenemos al lado, y el metal resuena entre nosotros.
Me callo y doy media vuelta, sabiendo de sobra que si abro la boca no voy a saber parar.
Apoyo las manos en la barandilla de la cubierta, con los ojos fijos en la inmensidad oscura del océano, y respiro hondo intentando calmar el pulso.
Al ver que sigo guardando silencio, ella insiste:
—Vamos, suelta todo el veneno que llevas semanas guardándote
—No creo que sea ni el momento ni el lugar. Y no quiero tener un problema con el capitán, no sea que por culpa de esto se me retrase el ansiado ascenso y siga condenado a ir siempre por detrás de los intachables oficiales del Royal.
Doy media vuelta, dándole la espalda con toda la ironía de la que soy capaz para zanjar el tema.
—Venga ya. No sirve de nada hacerte el ofendido.
Me quedo mirando el mar, ignorándola. Pasan un par de segundos donde solo se escucha el rugido del motor.
Lauren se calla de golpe, pero noto que se mueve.
Me giro y la veo quedarse estática, mirándome de arriba abajo con los ojos entrecerrados.
Su expresión cambia en un segundo; la molestia se le borra de la cara y abre un poco la boca, como si las piezas le acabaran de encajar en la cabeza.
—Oh… Espera un momento —suelta, y una sonrisa de incredulidad empieza a asomar en sus labios—. ¿En serio? ¿Estás celoso?
Me vuelvo hacia ella tan rápido que la obligo a dar un paso atrás para no tropezar.
—¿Celoso? ¿Del imbécil de Livingston? No me hagas reír.
Me paso una mano por la nuca, negando con la cabeza mientras intento mantener la compostura.
—Ese ha llegado a primer oficial porque el resto son todavía más inútiles que él y la compañía tiene más barcos que gente preparada para llevarlos. En realidad, es mucho más complicado llegar a capitán en nuestra línea que en la suya, porque…
De pronto me detengo y me trago todo lo que iba a decir al verle la cara. La luz ámbar de los apliques de la cubierta le da de lleno y refleja perfectamente que se lo está pasando en grande, disfrutando de cada una de mis estúpidas excusas.
—Sigue, sigue… —insiste, cruzándose de brazos y dándome un toque con el zapato en el suelo—. Me decías que no estabas celoso.
—Y no lo estoy, Lauren. No te equivoques.
—Por supuesto que no me equivoco. Estás celoso, pero no por lo de ser capitán. Te molesta que se acerquen a mí.
Da un paso más, invadiendo mi espacio hasta que casi puedo respirar su perfume entre el olor a salitre y combustible. Me mira de esa forma tan suya, con una suficiencia que me saca de quicio porque sabe que me ha acorralado.
—Se te nota demasiado —añade, casi en un susurro—. Por mucho que intentes disimularlo.
—¡Ja! No tienes ni idea.
—Lo que tú digas.
Desde dentro nos llega el eco de los aplausos. La actuación de Callie debe de haber terminado.
No me da tiempo a responder porque la puerta de la cubierta se abre de golpe. Nos separamos un paso por reflejo antes de que Norton cruce el umbral.
—Al fin os encuentro —dice, entornando los ojos para distinguirnos en la oscuridad—. Os estaba buscando. Van a servir el plato principal y el jefe de cocina quiere saber si vais a querer el solomillo de buey o el cordero. Tenemos que elegir ya para que vayan sacando lo nuestro.
Lauren le sonríe de inmediato, cambiando la cara en un segundo, y entramos detrás de él mientras el murmullo del salón y la calidez del ambiente nos envuelven con suavidad.
Cruzamos entre las mesas hacia nuestro sitio, y mi humor empeora por momentos al ver que los camareros ya se han llevado las fuentes de las ostras.
Lo que me faltaba.
Otra cena más que Lauren me fastidia. Y sé perfectamente que lo ha hecho a propósito; conoce a la perfección esa parte de la noche y sabe de sobra que es mi favorita. Claro que lo sabe, y lo peor es que lo hace porque fui yo mismo quien se lo contó con todo detalle.
Maldita sea Lauren Hall, y maldigo mil veces el día en el que se me ocurrió confesarle hasta mis secretos más íntimos.