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Lauren
Llevo más de treinta minutos fingiendo sonrisas y adulando a todos estos tipos, que fácilmente deben rondar los cincuenta y doblarme la edad.
Estoy segura de que creen que, por haber pagado un camarote de primera clase y tener una de esas pulseras que les da acceso a las bebidas ilimitadas de marca prémium, tienen derecho también sobre el personal a bordo.
Es decir, sobre mí.
—Ha sido un auténtico placer, caballeros —les digo, manteniendo la sonrisa corporativa perfectamente ensayada mientras doy medio paso atrás—. Disfruten de la cena de gala.
—El placer sería nuestro si nos acompañara a tomar una copa en el puente VIP cuando termine el servicio, señorita —insiste uno de ellos, con una mirada fija que me recorre sin ningún pudor.
—Lamentablemente, la política de la compañía es muy estricta respecto a la confraternización con el pasaje fuera del horario laboral —miento con total naturalidad, inclinando ligeramente la cabeza—. Que pasen una excelente velada.
Me doy la vuelta antes de que pueda replicar y aprovecho el camino hacia la zona central para relajar los músculos de la cara. Estoy agotada de fingir. Pero entonces, entre el gentío del salón, distingo un grupo que destaca sobre el resto. Se me ilumina la cara al instante. Son ellos.
—¡Lydia! Hola —los saludo, soltando por fin un suspiro de alivio. No me viene nada mal dejar de sonreír por obligación un momento. Al menos con ellos no tengo por qué hacerlo.
—¡Lauren! Déjame decirte que este barco es una maravilla —me recibe Lydia con una sonrisa enorme—. ¡Y mírate! Estás preciosa y muy elegante. ¿Verdad, cariño? —Se gira hacia su marido. Ethan sonríe con amabilidad y asiente hacia mí de forma educada:
—Sí, el crucero es espectacular, Lauren. Has hecho que la experiencia empiece de la mejor manera posible.
—Josh y yo también te lo agradecemos de verdad —interviene Alice, que está al lado de su pareja—. Porque en realidad, a nosotros no nos conoces de nada y nos estamos aprovechando de estos pasajes casi gratis.
Me río ligeramente ante su franqueza, agradeciendo que rompa el hielo.
—Oh, no es necesario, de verdad. Ya le dije a Lydia que esos pasajes de cortesía se iban a perder en la oficina de todas formas. Solo tuve que cambiar los nombres en el sistema.
—Aun así, a cambio queremos ofrecerte vuelos gratis en nuestra aerolínea —propone Josh, interviniendo con una sonrisa—. A los pilotos siempre nos dan pases de tripulación y billetes sujetos a espacio que apenas usamos, así que podemos facilitarte algún pasaje cuando quieras.
—De verdad, no hace falta… —protesto de manera educada.
—No aceptamos un no por respuesta. En cuanto lleguemos a Los Ángeles, te haremos llegar esos pases —zanja Alice con un tono amable y resuelto.
Les dedico una última sonrisa, de las de verdad, antes de darme la vuelta y enfilar el pasillo central del comedor.
Cruzar el gran salón en una noche de gala es como un bombardeo de estímulos, pero tres meses a bordo bastan para que los ojos dejen de deslumbrarse con el brillo general y empiecen a fijarse en los pequeños detalles.
A estas alturas, ya no me hace falta escuchar hablar a los pasajeros para saber de dónde vienen.
Me basta un vistazo para notar la rigidez de un matrimonio alemán, lo expresivos que son los de la mesa de italianos del fondo con solo mover las manos, o el corte perfecto del esmoquin de los americanos que ocupan las mejores zonas.
El barco se ha convertido en mi propio laboratorio de idiomas, el lugar donde quemo a diario mi francés y pulo el español a base de solucionar quejas; pero también es un escaparate de contrastes.
El estatus aquí no se mide por las pulseras de acceso, sino por la sutileza.
Se nota en el destello frío de unos pendientes de diamantes auténticos en el área VIP frente a la bisutería llamativa de los pasajeros de clase turista, que han sacado del armario sus mejores galas para cumplir con la etiqueta de la noche.
En este comedor conviven el dinero de siempre y los nuevos ricos, la elegancia de verdad y la prepotencia de los que creen que el todo incluido les da derecho a exigir de más.
Termino el recorrido y llego a la mesa asignada para el personal de a bordo.
Es un círculo enorme, estratégicamente colocado para que el pasaje nos vea allí sentados, como una parte más del decorado perfecto del crucero.
Ya están en sus puestos Florencia, el jefe de hotel, varios de mis compañeros de Relaciones Públicas y, por supuesto, los oficiales de puente.
Por suerte, la distribución de los asientos me ahorra el trago de tener que sentarme al lado de Rodrigo, aunque la mesa no es tan grande como para camuflar la tensión que flota entre nosotros.
Me acomodo en mi sitio, extiendo la servilleta sobre el regazo e, inevitablemente, termino levantando la vista.
Ahí está él, impecable con el uniforme blanco de oficial. Nuestros ojos se cruzan en el aire durante un segundo que se me hace eterno.
La cena transcurre bajo una insoportable fachada de perfección.
Al fondo del salón, la voz cálida de Callie envuelve las mesas con un tema de jazz suave, amortiguando el tintineo de las copas y el murmullo del pasaje.
En nuestro extremo de la mesa, Julian Dupont apura su copa de vino mientras comenta a media voz un problema con las excursiones del pasaje VIP, buscando el apoyo de Florencia.
—Si el staff de Relaciones Públicas no espabila con las excursiones en tierra, la escala de mañana va a ser un caos, Flor —comenta, arqueando una ceja—. Los americanos se quejan de que tardamos una eternidad en gestionar los pases preferentes.
—Hacemos lo que podemos con el equipo que tenemos, Julian —se defiende Florencia, con un tono algo crispado—. La presión estos días está siendo tremenda para todos.
—¿El Meridian ha cambiado los estándares de selección de personal? —interviene Rodrigo, mirándome de frente mientras sostiene la copa con una calma que me saca de quicio—. Porque da la impresión de que la gente que entra a trabajar está cada vez menos preparada.
Flor se da por aludida de inmediato. Nos lanza una mirada rápida a mis compañeras y a mí antes de volverse hacia él, seria.
—Seguimos contratando al personal bajo las mismas reglas estrictas de siempre, oficial Alana —responde, con una cortesía demasiado exagerada—. ¿Has tenido algún problema con alguien del staff ?
—No. Solo era curiosidad —zanja él, devolviendo la atención a su copa.
Mentira. Me la está devolviendo y, en el fondo, sé que me lo merezco. Siento su mirada pesada, desafiante, fija en mí. Por debajo de la mesa, mi compañera en la recepción me da un toque sutil con el pie, que expresa a la perfección que la alusión no es gratuita.
Es un «¿va por nosotras?», y yo no puedo apartar los ojos de él. El ambiente se ha vuelto tan tenso que ni la voz cálida de Callie de fondo consigue rebajar la tensión.
Por suerte, la entrada en fila de los camareros interrumpe el pulso que ambos estamos manteniendo sin decir una sola palabra.
Empiezan a servir las bandejas de marisco y la mesa entera se distrae al momento, comentando los platos. Es la oportunidad que necesito. No puedo estirar más esta cuerda si no quiero que termine rompiéndose delante de todos.
Dejo la servilleta intacta sobre la mesa y me pongo en pie antes de que lleguen a mi sitio. Al pasar por detrás de la silla de Rodrigo, me inclino lo justo para que solo él me oiga:
—A la cubierta de botes. Ahora.
Me doy la vuelta y avanzo por el pasillo central con paso firme, ignorando al resto de la sala. Al alcanzar el exterior, la brisa de la noche me recibe de inmediato mientras la puerta se cierra a mis espaldas, apagando el murmullo de la orquesta.
Me apoyo en la barandilla, contando los segundos.
Uno, dos, tres…
El portazo de Rodrigo al salir a cubierta me confirma que la noche acaba de ponerse mucho más interesante.