21
Rodrigo
El cuello de la chaqueta blanca del uniforme de gala me aprieta. Termino de abrochar los botones frente al espejo del camarote y me coloco las palas de segundo oficial en los hombros. No puedo quitarme de la cabeza la dichosa frase. «Él todavía es segundo oficial. Va bastante por detrás de ti».
Lo que más me molesta no es que tenga razón. Es que haya usado precisamente eso contra mí. Sabía que me iba a hacer daño y, ahora mismo, muchas horas después, sigo teniendo esas palabras clavadas como una espina que no me puedo arrancar.
Salgo al pasillo antes de que la cabeza me estalle de la rabia.
El capitán Merrick y Norton están esperando en el distribuidor. Los dos van impecables, pero el capitán ya lleva puesta su típica sonrisa ensayada que usa siempre en las noches de gala.
—Puntual, Rodrigo —dice Merrick mientras se ajusta los puños de la guerrera—.
Vamos abajo, caballeros. Toca sonreír, dejarse cegar por los flashes y fingir que nos interesan sus vidas.
Al menos intentad que no se note el aburrimiento.
Norton, y esto va especialmente por ti: mantén las distancias con las pasajeras.
Ya nos conocemos las noches de gala y no quiero quejas sobre el comportamiento de mis oficiales en recepción.
—No se preocupe, capitán —interviene Norton, dedicándome una mirada de reojo cargada de ironía—. Yo no suelo gustarles, el sex symbol es Rodrigo. Él es el que tiene que esquivarlas, no yo.
Sé que el capitán no lo dice por mí, porque yo, a diferencia de Norton, conozco muy bien mis límites y no me interesa arriesgar mi ascenso por una estupidez.
Norton lleva en su expediente más de un toque de atención por cruzar líneas que un oficial jamás debería traspasar; para él, los cruceros son un catálogo de conquistas y parece importarle muy poco que su puesto dependa de la discreción.
Siempre va buscando liarse con alguna pasajera que le hace ojitos en cubierta, incapaz de entender que hay fronteras invisibles que no se deben cruzar. A él le da igual jugársela por un rato de diversión. Yo, en cambio, tengo muy claro hacia dónde voy y qué me ha costado llegar hasta aquí.
Caminamos hacia los ascensores de servicio en silencio.
Mientras bajamos, Merrick aprovecha los pocos segundos del trayecto para repasar las mesas asignadas.
Es el mismo protocolo de siempre: sentarse con los VIP y aguantar tres horas de conversación forzada sobre los nudos de velocidad y el tonelaje del barco. Un trámite corporativo más.
Las puertas se abren y el ruido del gran salón nos recibe de lleno. El tintineo de las copas de cristal se mezcla con el murmullo de la sala y el perfume caro que impregna el aire. En cuanto cruzamos el umbral, nuestros uniformes blancos atraen las primeras miradas.
Una mujer rubia, sentada en una de las mesas del pasillo, me mira con una sonrisa descarada mientras juega con su copa de champán.
Lleva un vestido de diseño ajustado que deja al descubierto unos hombros perfectamente bronceados, y va recargada de joyas que parpadean bajo las luces del techo; los pendientes de diamantes y el collar de oro blanco que le brilla en el cuello valen, con total seguridad, más que mi sueldo de todo un año.
Es el tipo de pasajera que parece convencida de que puede comprar el barco entero y a todos los que trabajamos en él.
Y, visto lo visto, probablemente podría.
Aparto la vista enseguida. Meterse con el pasaje es buscarse problemas con la compañía, y ya tengo suficiente con el cabreo que arrastro como para complicarme un poco más la vida.
Merrick y Norton se adelantan para saludar a un grupo de inversores. Yo me quedo un paso atrás y recorro la sala con la mirada, buscando una mesa concreta.
Tardo un par de segundos en localizarla en la zona lateral. Ahí está, metida de lleno en su papel de relaciones públicas, sonriendo y atendiendo a los pasajeros de primera clase.
Pero no soy el único que se ha fijado en ella.
Noto perfectamente cómo la miran un par de tipos de la mesa, y se me revuelve el estómago porque, aunque me joda admitirlo, no puedo culparlos.
Sé lo que están pensando; es exactamente lo mismo que se me pasó a mí por la cabeza la primera vez que la tuve delante.
Si por ellos fuera, se saltarían la cena para llevársela a sus camarotes VIP y cobrarse un extra que no entra en el todo incluido.
Lleva un vestido negro, largo, con una abertura que sube implacable por el muslo. No va recargada de joyas ni necesita nada para destacar; su belleza es natural, de la que no pide adornos para llamar la atención.
No quiero mirar en su dirección, sé que no debo, pero no puedo evitarlo. Los ojos se me van solos.
—Anda, disimula un poco y no te quedes mirando como un idiota, que se te nota demasiado.
La voz de Callie me espabila de golpe. Me pasa por el lado esquivando camareros en dirección al escenario, rozándome apenas el hombro con una sonrisa de reojo antes de desaparecer entre la multitud.
Me jode comprobar el efecto inmediato que tiene sobre mí, la forma en que me descoloca con solo verla.
Respiro hondo para recomponerme y aparto la vista a la fuerza, preparándome para el suplicio que me espera.
Sé lo que toca ahora: ocupar mi sitio en la mesa, poner la sonrisa de fachada y aguantar la ronda de cumplidos vacíos y las típicas bromas estúpidas de los pasajeros sobre naufragios y botes salvavidas.
Una farsa más que cumplir con el uniforme impecable.
Pero la verdad, la que intento enterrar bajo la rabia y el protocolo, es que apenas acabo de cruzar el umbral y Lauren ya me ha vuelto a ganar la partida.