Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 20
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Mahahual

Primer crucero (Hace tres meses)

—Bueno, Lauren. Esta es tu primera parada en tierra —me dice Rodrigo, apoyando un hombro contra la pared del pasillo de oficiales.

Me mira con esa sonrisa suya, medio divertida, que logra ponerme un poco a la defensiva—.

Me dijiste que no bajaste en Cozumel, pero a Mahahual tienes que venir sí o sí.

—La verdad es que no sé si tendré tiempo —respondo, sujetando los papeles contra el pecho—. Florencia me tiene vigilada.

Rodrigo se acerca. Mucho. El beso de anoche, en la popa del barco, con la luna sobre nuestras cabezas, todavía me parece algo irreal.

Sé que no debería. Solo llevo tres días a bordo de este barco, y el olor del perfume que se ha puesto Rodrigo ya lo tengo metido en mi cabeza.

—¿A qué hora termina tu turno? —pregunta, bajando la vista hasta mis labios.

—A las doce, pero…

—Pero nada —me interrumpe con la misma seguridad con la que anoche me besó bajo las estrellas—. No puedes pasarte todo el tiempo encerrada en el camarote. Esta primera semana es para que descubras que, a pesar de todo lo que nos quejamos a bordo, aquí también hay cosas que valen la pena.

—Imagino que sí, claro —admito.

—Por supuesto. Y una de ellas es este puerto.

El bar de El Güero es nuestro oasis; los pasajeros ni se acercan por allí.

Tiene las cervezas más frías de todo México y el wifi más rápido del…

Bueno, es una mierda, pero al menos es gratis —bromea, y se le marca ese hoyuelo irresistible en la mejilla—.

¿Qué me dices? ¿Me dejas que te haga de guía?

—Le había dicho a Callie que la acompañaría pero…

—Yo hablo con ella, tranquila —responde. Se endereza, me roza el hombro al pasar y añade—: Además, la veremos allí.

El bar de El Güero atrapa el calor igual que el resto de Mahahual. Los ventiladores giran sin prisa sobre las mesas desgastadas y, en la esquina, la televisión reproduce imágenes sin sonido. El puerto no queda muy lejos, pero sí a la distancia suficiente para que el barco parezca otra vida.

Rodrigo empuja la puerta con el hombro.

—Aquí es donde venimos cuando necesitamos recordar que somos personas —dice, todavía sin mirarme.

Se acerca a la barra, deja unas monedas y pide algo que no logro distinguir. Luego se gira y se apoya en la madera con los codos.

—¿Siempre venís todos aquí? —digo, mientras observo cómo el resto de la tripulación ocupa las mesas contiguas.

—Los que tenemos la suerte de tener algo de tiempo libre sí. El pueblo está lleno de turistas, sobre todo cuando coincidimos varios cruceros, pero es un lugar precioso

Salimos del bar y Rodrigo me guía por el pueblo; evita el malecón principal y gira hacia una de las calles laterales.

Aquí no hay tiendas de excursiones, ni puestos de camisetas, ni carteles.

Solo veo casas bajas, la arena dura bajo las suelas y la escasa sombra que nos obliga a caminar pegados a las paredes.

—¿Tú siempre bajas? —pregunto.

—Siempre que puedo. Me encanta este sitio, aunque la verdadera joya de Costa Maya es Bacalar.

—¿Es otro pueblo?

—Bacalar es un sitio mágico. Es famoso por su laguna de los siete colores.

Caminamos hasta llegar a un tramo de playa donde la arena se extiende vacía, lejos de los grupos que se amontonan frente a los complejos turísticos.

Aquí, el agua no está salpicada por bañistas, sino que se mantiene en calma, con el único movimiento de las olas rompiendo contra la orilla.

Nos descalzamos y hundimos los pies en la arena húmeda mientras bordeamos la costa.

—Dime, ¿qué tiene de especial ese lugar? ¿Balacar has dicho que se llama?

Él sonríe y me corrige, pero, a diferencia de cuando nos conocimos, el tono no suena engreído. Solo suena paciente.

—Bacalar… Fui el año pasado, pero de vacaciones. Está a una hora del puerto. Siempre que hemos atracado, todo el mundo ha insistido: tienes que ir allí, tienes que ver Bacalar. Así que fui.

—¿Solo? —pregunto.

—No te das cuenta al principio de lo que tienes delante —dice, pasando por alto mi pregunta—. Llegas y parece agua, sin más. Pero luego el sol empieza a moverse y la laguna cambia contigo. No es un solo color. Son capas.

Me mira un segundo, comprobando que sigo ahí y sí, tiene toda mi atención.

—Azul muy claro donde el fondo casi toca la superficie, turquesa que parece inventado, verde suave en los bordes donde la vegetación entra discretamente… y más lejos, un azul oscuro que no se deja mirar del todo. Es como si el agua no fuera agua, sino algo vivo que decide cómo mostrarse.

—Vaya, lo describes muy bien —respondo—. Y… ¿qué se hace allí?

—En realidad, no es un sitio para hacer cosas. Es un sitio para no hacerlas.

Lo miro y mis ojos deben preguntarle todo lo que no dice mi boca. Él solo sonríe y sigue explicándome.

—Allí no hay prisa, Lauren, no hay recorrido que cumplir. Solo.. estás. Y al principio eso incomoda un poco, porque vives acostumbrado a que siempre haya algo que hacer. Pero luego se te pasa. Y, cuando se te pasa, ya no quieres moverte. Ahí te das cuenta de que el silencio también tiene color.

Seguimos caminando por la playa, hasta que el puerto queda demasiado lejos; entonces volvemos.

Yo pensando en cada una de sus palabras.

Sobre todo me pregunto con quién compartió ese silencio que tiene color.

Pero esa pregunta se queda en mis labios por miedo a romper el que ahora compartimos nosotros.

Nos desviamos de la playa principal, atravesando una zona de casas bajas, sombras de palmeras y calles de arena compacta.

Un par de horas más tarde, me encuentro con la espalda apoyada contra la madera carcomida por el salitre de una vieja cabaña de pescadores y los labios de Rodrigo sobre los míos.

Este beso no tiene nada que ver con el de anoche.

Me besa de manera lenta, casi pidiendo permiso, mientras sus manos me sujetan la cara con una delicadeza que borra cualquier duda que pudiera tener.

El zumbido constante de un generador eléctrico cercano y el eco de las olas rompiendo contra las lanchas ahogan el sonido de nuestras respiraciones.

La sombra de las palmeras apenas nos oculta del sol, y aunque sabemos que en el puerto es casi imposible tener privacidad, en este rincón parece que el resto del mundo se ha quedado en pausa.

—Lauren —susurra contra mis labios, sin romper el contacto—. Desde anoche no puedo pensar en otra cosa que no sea besarte.

No me deja ni responder. Y yo, en realidad, tampoco tengo nada que decir. Solo intento devolverle la misma intensidad, aferrándome a sus brazos para no perder el equilibrio. Es demasiado. Me abruma lo mucho que me atrae este hombre y lo rápido que ha conseguido romper todas mis defensas.

—Volvamos al barco —le digo, apartándome apenas unos centímetros para mirarlo fijamente.

El camarote de Rodrigo no tiene nada que ver con la habitación de dos literas que compartimos Callie y yo.

Aquí hay espacio para moverse, una cama de verdad y una intimidad que en mi cubierta parece un lujo imposible.

Pero no tengo tiempo de fijarme en los detalles.

En cuanto la puerta automática se cierra a nuestras espaldas y nos aísla del exterior, la poca cordura que me quedaba se desvanece.

Rodrigo me acorrala contra la madera de la pared antes de que me dé tiempo a encender la luz.

Sus manos ya no son delicadas; me busca con una urgencia que me corta la respiración, bajando los tirantes de mi vestido mientras me devuelve el beso.

El olor a limpio de las sábanas del barco y el frío del aire acondicionado se mezclan con el calor de su piel, creando una burbuja en la que solo existimos nosotros dos y la necesidad de quemarlo todo.

Mucha gente me advirtió de que la vida a bordo es rápida. Que se trabaja muchas horas sin apenas tiempo libre y que todo es demasiado intenso: los turnos, las noches de guardia y las relaciones.

Nadie me avisó de que el sexo también lo es. Intenso, rápido y desordenado.

Casi no se ha quitado la camiseta cuando ya le estoy desabrochando los pantalones.

Le agarro la polla, dura y caliente, impaciente por sentirlo dentro, porque aquí no hay espacio para la paciencia.

No hay caricias gratuitas ni besos lánguidos; solo una necesidad salvaje de saciarnos antes de que el reloj nos devuelva a la realidad.

No hay preguntas, solo dos cuerpos que quieren exactamente lo mismo y lo quieren ya.

La cama de Rodrigo es casi el doble que mi litera.

No hay peligro de golpearse contra el techo.

Él me sujeta por los muslos, arrastrándome hacia el colchón para subirse encima.

Nos besamos con desesperación a medio vestir: su camiseta enganchada en un brazo, sus pantalones por las rodillas y mi vestido arrugado a la altura de la cintura.

Es fuerte, es fuego, es pura necesidad. Follar así me arrastra de golpe a mis años de universidad, a esas fiestas en las que temías que te pillaran en una habitación ajena y tenías que aprovechar los minutos antes de que volviera la compañera de cuarto.

A ese descontrol antes de pararte a pensar si acostarte con tu compañero de clase era una buena idea.

Ahora la sensación es la misma, con la diferencia de que ese chico universitario ha sido sustituido por todo un hombre, un oficial de marina perfecto y atractivo que me mira como si fuera la octava maravilla del mundo.

No hay preliminares porque no los necesitamos.

Rodrigo se deshace de lo poco que le queda de ropa con un tirón impaciente y me separa las piernas con brusquedad, encajándose entre mis muslos.

Cuando me mira, sus ojos están oscuros, cargados de un deseo que me hace contener el aliento justo antes de sentirlo.

Entra en mí de un solo golpe, duro y profundo, llenándome por completo.

Suelto un jadeo que él ahoga de inmediato estampando sus labios contra los míos. El golpe me arquea la espalda contra el colchón.

Dios, está jodidamente duro y el ritmo que impone desde el principio es salvaje y descontrolado. No hay sutileza; sus caderas chocan contra las mías con fuerza, buscando el punto donde los dos empezamos a perder el sentido.

Me agarro a sus hombros, clavándole las uñas mientras subo las piernas alrededor de su cintura para obligarlo a meterse todavía más adentro.

El sonido de los cuerpos, el roce de la tela de mi vestido arrugado contra nuestros cuerpos y el ruido de nuestras respiraciones se mezclan en el silencio del camarote.

Es un sexo rápido, donde el sudor vuelve nuestra piel resbaladiza y brillante. La excitación me hace olvidarme de quién es él, de dónde estamos y de las consecuencias que ya no me importan nada.

Solo me importa la forma en que me embiste, cada vez más fuerte, sin dejarse nada, completamente entregado.

Lo recibo con la misma desesperación. Siento el orgasmo ahí mismo, a flor de piel, en cada poro, empujándome al límite.

Y cuando me corro, tan rápido que me deja sin aire, solo puedo pensar en que esto me confirma lo que sospechaba desde el principio: que aquí, a bordo de este barco, todo va y viene demasiado fuerte, demasiado rápido y demasiado intenso.

Que acabo de cruzar una línea que ni siquiera estaba en mis planes, y que la he cruzado demasiado pronto.