19
Lauren
¿Acaba de llamarme cualquiera?
Callie me aprieta el muslo con fuerza porque sabe que estoy a punto de saltar. A nuestro lado, el oficial de Royal abre los ojos y le mete un trago rápido a su cerveza. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de la hostilidad que hay entre nosotros.
Si Rodrigo quiere lanzar pullas delante de desconocidos, yo también puedo jugar a eso.
—Me decías que solo tienes veintinueve años y ya eres primer oficial —me giro hacia él e ignoro por completo a Rodrigo—. Eso es todo un logro.
El chico sonríe, halagado, aunque mira a Rodrigo buscando la complicidad de otro marino.
—Bueno, sí. Acabo de ascender y todavía me quedan muchas millas para llegar a capitán, pero ese es el objetivo, ¿no, Alana? ¿Tú cómo lo llevas?
Antes de que él pueda contestar, me adelanto con mi mejor sonrisa:
—Él todavía es segundo oficial. Va bastante por detrás de ti.
No necesito mirarlo para saber que mis palabras le han dolido. Mucho más de lo que va a admitir.
Sé que ha sido un golpe bajo. He usado las mismas confidencias que nos hacíamos a solas en este puerto, lejos del barullo de los pasajeros y del resto de la tripulación, solo para devolverle el golpe. Lo que antes eran confesiones, ahora nos lo arrojamos a la cara como puñales.
Me arrepiento en el mismo instante en que veo que hasta Callie se ha quedado rígida en su taburete. Acabo de convertir las pocas horas que tenemos libres en algo sucio, un poco mezquino y, de pronto, siento la necesidad de desaparecer de allí.
—Disculpadme, tengo que enviar unos mensajes a casa —consigo decir, forzando la voz.
Me levanto del taburete dejando atrás la barra, la incomodidad de los oficiales de Royal y la mirada de Callie y Rodrigo.
Salgo de El Güero a toda prisa, esquivando las mesas de la terraza, y mis pies empiezan a moverse por cuenta propia.
No necesito pensar el camino; mis piernas conocen cada centímetro de este trazado, como si tuvieran su propio piloto automático activado.
Es la memoria muscular, esa traición del cuerpo que me arrastra hacia el mismo punto de siempre, incluso cuando lo que más deseo es alejarme.
Llego al callejón que queda detrás de las últimas cabañas de pescadores, un rincón oculto entre palmeras y lanchas volcadas donde el ruido del paseo desaparece, tragado por la oscuridad del mar.
Ahí es donde me derrumbo. Me apoyo contra la madera gastada de una vieja cabaña de suministros y me echo a llorar, con el pecho apretado por la culpa.
Es el peor sitio que podría haber elegido para esconderme porque precisamente aquí fue donde empezó todo.
Mucho más que aquel primer beso en la popa del barco; este rincón fue el preludio de lo que vino después.
Pero ahora, todos los recuerdos que guardaba de este lugar se han vuelto demasiado amargos.
El dolor no viene solo de la culpa, sino también de mi propia estupidez.
Sí, me siento estúpida por haberme colgado de un tipo para el que tan solo fui una más entre todas las mujeres que suben al Meridian en cada contrato.
Alguien con quien pasar las noches en esta vida flotante entre puertos.
Fui una ingenua al enamorarme de alguien para quien está claro que nunca fui especial.
Porque para Rodrigo, yo solo he sido otra cualquiera.