Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 18
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Rodrigo

La puerta del ascensor se cierra y me permito, por fin, soltar el aire.

Me coloco bien las gafas de sol, aunque a estas horas de la mañana la luz de Costa Maya ya no es lo que me molesta.

Es el mal cuerpo que se me queda cada vez que tengo que cruzar dos palabras con ella.

Verla darse la vuelta con esa sonrisa irónica y esos andares de «me importa una mierda lo que digas» me jode la mañana por completo.

—Oficial Alana, ¿tenemos ya luz verde? —me pregunta por radio el jefe de seguridad desde la oficina de a bordo.

—Negativo. Inmigración sigue cruzando datos. Mantén la línea de seguridad cerrada —respondo, intentando que mi voz suene tan calmada y profesional como exige el uniforme.

A mi alrededor, el muelle empieza a convertirse en un infierno flotante.

Los pasajeros atrapados en la pasarela ya no se limitan a resoplar; oigo las quejas, los abanicos improvisados con los folletos del crucero y el llanto de un niño al fondo.

El calor de febrero en este puerto es pegajoso, húmedo, de los que se te meten bajo la piel en cuanto pisas el exterior.

Miro de reojo hacia la cristalera de las cubiertas superiores, imaginándome a Lauren lidiando en este momento con el tapón de los ascensores.

Sé que mis formas con ella a veces rozan lo borde, pero ponerme la máscara de oficial implacable es la única manera que tengo de protegerme.

La única forma de obligarme a mirar el muelle, a concentrarme en los pasajeros y a evitar que todo lo que vivimos en este maldito lugar me vuelva a quemar por dentro.

Un grito de un pasajero norteamericano me saca de mis pensamientos.

—¡Oiga! ¡Llevamos aquí veinte minutos parados al sol! ¿A qué coño esperamos?

Respiro hondo, me ajusto la gorra del uniforme y doy un paso al frente para poner orden. Con una sonrisa de manual —de esas que ensayamos para transmitir una calma que no sentimos—, me acerco al grupo.

—Buenos días. Lamentamos la espera. Las autoridades locales están terminando la inspección de seguridad; en unos minutos abriremos los accesos. Agradecemos su paciencia.

El pitido de la radio irrumpe en el momento justo, silenciando las quejas de los pasajeros.

—Atención a toda la tripulación, clearance concedido. Procedan a la apertura.

La marea de turistas empieza a fluir por fin hacia el muelle y yo me coloco a un lado, supervisando el desembarco de manera automática.

Mantengo la vista fija en la fila, deseando que el movimiento no se detenga, que la hilera de rostros y maletas se prolongue lo suficiente para no tener que pensar en nada más.

Sin embargo, el flujo de pasajeros se agota y, un par de horas después, mi turno en la pasarela también.

Me cambio de ropa a toda prisa y salgo de la terminal esquivando las tiendas de souvenirs para subirme al primer transporte colectivo que sale hacia el pueblo.

Mientras el vehículo avanza por la carretera costera hacia Mahahual, miro por la ventanilla el azul del Caribe, pero no puedo concentrarme. Sé perfectamente a dónde voy, quiénes van a estar allí y lo difícil que va a ser mantener las distancias.

Al bajar en la entrada del pueblo, la mole inconfundible de un gigante de Royal Caribbean destaca junto a nuestro casco. Mala suerte. El paseo marítimo y los pocos locales con wifi van a estar a reventar de tripulación de la competencia.

Camino por la arena hasta la fachada descolorida de El Güero. El sonido del reggae y el murmullo de las conversaciones inundan la terraza. Me quito las gafas de sol al cruzar el umbral, parpadeando para acostumbrarme a la penumbra, y recorro la barra.

Allí está.

Lauren ocupa uno de los taburetes altos junto a Callie.

No están solas. Tienen a su lado a dos oficiales de la otra naviera, tipos con el uniforme blanco impecable y las palas doradas brillando en los hombros.

Lauren se ríe por algo que dice uno de ellos, echando la cabeza hacia atrás mientras el tipo le acerca la cerveza con un gesto demasiado familiar.

Hago amago de dar la vuelta hacia la terraza, pero uno de los oficiales de Royal levanta la vista y me reconoce.

—¡Alana! —me llama, señalando el hueco a su lado—. Ven aquí.

Me acerco a regañadientes, lamentando cada paso que reduce la distancia entre nosotros. Lauren deja la conversación a medias en cuanto me ve y se me queda mirando fijamente, marcando un silencio que pesa más que cualquier carcajada anterior.

—No sabía que tocabais hoy este puerto —dice el tipo, volviéndose hacia ella con una sonrisa cómplice—. Veo que habéis hecho muy buenos fichajes en el departamento de Relaciones Públicas del Meridian. Con compañeras así, me estoy replanteando dejar Royal para hacerte la competencia, Alana.

No esquivo la mirada de Lauren. Todo lo contrario: la sostengo y respondo al oficial del Royal:

—No creas tanto. Últimamente en el Meridian ya dejan entrar a cualquiera.