Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 17
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Lauren

El zumbido de los motores al maniobrar para atracar en Costa Maya retumba bajo mis pies y me sube por las piernas hasta el resto del cuerpo.

Son las seis de la mañana.

Cuando me embarqué en esta vida de locos, asumí que sacrificaría mi estabilidad, pero nadie me advirtió de que mis horarios se parecerían a los de un panadero con insomnio.

Me visto con el polo del uniforme y me miro al espejo.

El reflejo me devuelve unas ojeras marcadas y el mal humor de quien apenas ha dormido.

Lo peor no es el madrugón; el problema es que en media hora estaré coordinando el desembarco mientras Rodrigo vigila la seguridad a tres metros de mí.

Otra jornada tragándome sus miradas de suficiencia y ese tono cortante de oficial que me da dolor de estómago.

Abro la puerta para salir al pasillo de la cubierta inferior y casi me estampo contra Callie. Viene en dirección contraria, con los tacones colgando de un dedo, el rímel corrido y cara de haber exprimido la fiesta del neón hasta la última gota.

—¿Con quién has pasado la noche esta vez? —le pregunto, sujetando el marco de la puerta de nuestro camarote para cortarle el paso.

Callie se apoya en el mamparo de metal, me señala con un dedo acusador y despliega una indignación que no se cree ni ella.

—¡Ehhh! Un respeto, que una tiene clase. He estado con siete coreanos, tres brasileñas y dos suecas. Ah, y un pakistaní, dos ingleses y Adam.

—Vaya. Veo que has mantenido el pabellón de la diplomacia internacional bien alto.

—Joder, Lauren, he bailado como nunca. Nada más.

Y tú… tú te largaste demasiado pronto y no tienes ni idea de lo que te perdiste —suelta, bloqueando mi salida mientras se prepara para soltar el cotilleo—.

Adam, que está para comérselo crudo, se subió a la barra del bar, sacó dos abanicos gigantes y se marcó un drag show digno de ver.

—Apasionante.

—Las suecas del spa casi lo dejan en pelotas allí mismo. Esas nórdicas están más salidas que yo, y eso ya es nivel experto.

—Me alegro de que alguien haya disfrutado de la noche —respondo, ajustándome la tarjeta de identificación—. Pero a mí me reclama el mundo real.

—Lo sé —dice, exagerando una cara de pena—. ¿Bajarás luego a Mahahual? Te invito a unas cervezas en El Güero. Pago yo.

—Supongo —digo, agradeciendo el gesto con una sonrisa—. Necesito aire limpio, comprar cuatro cosas y conectarme a un wifi que no me cueste un riñón.

—Pues hecho —confirma con una sonrisa que todavía huele un poco a roncola—. Me voy directa a la cama. ¿Nos vemos en el comedor a las doce?

—A las doce. No te mueras antes.

El crew mess a las siete de la mañana es un desfile de zombis con uniforme. El comedor huele a lo de siempre: huevos revueltos, café quemado y ese aire acondicionado helado del barco. Cojo una bandeja con un té negro y una tostada, y busco una mesa libre al fondo.

Y ahí está, tan imposible de ignorar como un faro en medio del puerto.

Rodrigo se sienta a unas pocas mesas de distancia, solo, impecable con el uniforme blanco, repasando unos papeles en una tableta.

Levanta la vista justo cuando me siento y nuestras miradas se cruzan durante dos segundos exactos.

Él es el primero en apartar los ojos y volver a su pantalla con una indiferencia que me revienta.

Yo me limito a untar la mantequilla en la tostada sin mirarlo más.

Ni un saludo. Ni un amago de cortesía. Nada.

Veinte minutos después, bajo a la cubierta inferior para el desembarco. Al abrirse la compuerta de la pasarela, la humedad de Costa Maya llena el espacio. El muelle empieza a llenarse de turistas con sombreros de paja, cámaras y prisas.

Mi función es coordinar el flujo de pasajeros hacia las excursiones, pero Rodrigo ya está allí, junto al mostrador de seguridad, con dos marineros filipinos. Controla el acceso con los brazos cruzados a la espalda y las gafas de sol oscuras puestas.

La fila de pasajeros empieza a pararse porque las autoridades mexicanas se están retrasando con los visados. La gente se impacienta, hace mucho calor y los ánimos se caldean rápido. Me acerco al límite de la pasarela para intentar calmar a un grupo de tejanos que ya están quejándose en voz alta.

—Lauren —la voz de Rodrigo me corta en seco antes de que pueda hablar. No se quita las gafas de sol ni me mira de frente; mantiene la vista fija en la fila—. Detén el flujo en la cubierta superior. Ahora mismo.

—Si tapono la salida de los ascensores se va a armar un embotellamiento peor ahí arriba —le respondo en un susurro, dándole la espalda a los turistas—. Déjame organizar la fila por el lateral del pasillo.

Él da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio lo justo para marcar territorio, pero manteniendo la distancia profesional. Su tono es gélido.

—No es una sugerencia, Lauren. Las autoridades mexicanas todavía no han dado el clearance y no quiero a trescientos pasajeros colapsando la zona de desembarco al sol. Sube, utiliza el canal dos de la radio y ordena al equipo que retenga a los grupos en el lounge principal. Muévete.

Me muerdo el labio para contener la rabia que siento ahora mismo. Lo que me molesta no es que tenga razón con el protocolo, sino que use el uniforme y su rango para darme órdenes delante de todo el mundo.

—Recibido, oficial —respondo con toda la ironía que puedo, y me doy la vuelta antes de que note lo mucho que me fastidia que me mande.

Me dirijo a los ascensores lo más rápido posible y saco la radio del cinturón para dar el aviso antes de que los turistas pierdan la paciencia. Avanzo por el pasillo interior con la convicción de que Rodrigo sigue ahí, mirándome tras sus cristales oscuros. No necesito girarme para saberlo.

Sé que no me vigila por el protocolo. Se esconde tras sus galones y esa indiferencia de manual, pero el ambiente entre nosotros se vuelve insoportable en cuanto estamos cerca. Y lo peor es que ambos somos conscientes de ello.

Mantengo el dedo sobre el botón del ascensor como si eso fuera a acelerar el mecanismo, desesperada por salir de su radar de una vez.

Al final, lo peor de trabajar en un barco es que no hay ningún sitio donde esconderse. Que el hombre al que no quieres volver a ver sea el que te da las órdenes hace que esta jodida isla de metal sea todavía más pequeña.

Hay días en los que, de verdad, maldigo el momento exacto en el que decidí firmar este contrato.