Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 16
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Crew party

Crew party : El evento especial diseñado por la compañía para que la tripulación no enloquezca.

La válvula de escape oficial del barco donde se diluyen los rangos, se olvida el cansancio y el alcohol corre sin impuestos.

Da igual si toca una noche latina a base de reguetón, un elegante desfase de blanco bajo la luna o un descontrol ultravioleta en el sótano del navío; la regla de oro siempre es la misma: lo que pasa en la crew party, se queda en el fondo del mar.

Primer crucero (Hace tres meses)

Después de más de dos años a bordo, he sobrevivido a suficientes fiestas de la tripulación como para saberme el guion de memoria.

Las he visto de todo tipo: temáticas de los ochenta con pelucas absurdas, noches latinas que terminan en puro desmadre y estéticas imposibles.

En este sector del barco, los rangos se evaporan.

Por eso los grandes mandos nunca aparecen; no soportan la idea de no tener poder sobre nadie, de saber que un oficial con franjas doradas en los hombros vale exactamente lo mismo que el camarero de bar o la chica de la limpieza que acaban de embarcar.

El capitán rara vez se deja caer por aquí, y de los ingenieros jefes mejor ni hablemos. Creo que, al director de hotel, Julian Dupont, solo lo vi una vez, y duró lo que tarda en vaciarse una copa.

No nos engañemos: estas fiestas se vuelven salvajes en cuanto el alcohol empieza a hacer estragos. Desaparecen las razas, los idiomas y los estados civiles. Lo que pasa aquí dentro termina flotando por la borda antes del amanecer.

Llevaba meses dejándome llevar, viniendo a beber sin buscar a nadie en particular. Hasta hoy.

Porque en esta ocasión tengo un objetivo claro de pelo rubio y ojos azules.

Una boca de lengua afilada e irónica que necesito comprobar si sabe igual que suena.

Ella es diferente a cualquier otra persona a bordo y siento curiosidad por saber si es solo una fachada o si es tal y como la he imaginado en estas últimas horas.

Como la temática de esta noche es la white party , la cubierta es un hervidero de cuerpos bronceados que relucen bajo las luces en contraste con la ropa.

Yo me he decidido por unos pantalones de lino y una camisa fluida, haciéndole caso a la chica de la tienda que me juró que era ideal para el Caribe.

A mi lado, Norton no deja de parlotear sobre la nueva encargada de lavandería y el plantel de brasileñas que han entrado en el equipo de animación, pero yo soy incapaz de centrar la atención.

Mis ojos no dejan de escanear la entrada.

Y entonces aparece.

Está perdida, con esa mirada desubicada que tienen todos los nuevos, a pesar de que Callie camina a su lado escoltándola y dándole instrucciones a toda prisa. No es que me considere un acosador, pero hacía demasiado tiempo que alguien no me despertaba tantas ganas. Así que espero.

Pacientemente.

Dejo que asimile el entorno, que responda con timidez a los saludos de cortesía y que intente hacerse un hueco entre la multitud.

Disfruto estirando la cuerda, esperando mi momento. Y cuando me canso de mirar, actúo.

—Lauren, ¿qué te parece tu primera crew party ?

No es mi mejor frase de apertura, lo sé. Pero gano en las distancias cortas, y tengo toda la noche por delante.

Ella se gira y me recorre con la mirada, de arriba abajo.

—Vaya, Rodrigo… Vienes de blanco pero sin uniforme.

Solo hemos coincidido un par de veces —en el crew bar y en el wardroom —, pero ya tengo claro que no habla como las demás.

Esos dos únicos intercambios me bastaron para saber que con ella no valen los guiones de siempre; me obliga a estar alerta, calculando la siguiente réplica para estar a su altura y no quedar como un idiota.

—Aquí abajo no podemos usar nuestra ropa de trabajo, aunque en esta ocasión, para una fiesta blanca podría haber reciclado al menos los pantalones —contesto, mirándome a mí mismo. —Pero ya sabes, aquí no hay oficiales ni puestos, Lauren. Aquí solo somos…

—¿Qué somos? me pregunta, sosteniéndome la mirada al ver que me callo.

Callie levanta su botella de cerveza y corta el momento con una sonrisa.

—Eso, Rodrigo. Explícale a la nueva lo que somos en este lugar. Venga, os dejo, que me voy a la pista.

Callie desaparece entre la multitud blanca y, aunque sobre el papel las jerarquías se hayan abolido, noto el mismo efecto que el otro día en el crew bar: la gente se aparta sutilmente a nuestro alrededor.

Para mí, el resto del barco deja de existir.

—Déjame invitarte a algo —propongo.

—Las copas aquí son ridículamente baratas —responde, esquivándome con una sonrisa de suficiencia—. Puedo pagarme las mías.

Se gira hacia la barra para llamar a Milo, que se mueve tras el mostrador con una urgencia frenética, despachando pedidos sin apenas mirar.

Me hago a un lado, cruzándome de brazos, divertido.

Lauren es pequeña y la barra está colapsada por un muro de cuerpos que exigen alcohol a gritos.

Ella levanta la mano, intenta hacerse oír, pero Milo no la ve.

Se desplaza por puro instinto de supervivencia y, aunque en teoría aquí no hay rangos, el barman tiene muy claras sus prioridades.

La observo pelear en primera línea durante un par de minutos, disfrutando del espectáculo, hasta que decido intervenir. Alzo un brazo, capto la mirada de Milo al instante y, tres segundos después, le tiendo una cerveza helada con una sonrisa que, reconozco, es deliberadamente engreída.

—¿No me habías dicho que en estas fiestas no hay puestos ni mandos? —pregunta, arqueando una ceja mientras acepta la botella. Su dedo roza el mío al cogerla.

—Bueno, está claro que para ciertas cosas la antigüedad es un grado.

Ella le da un trago largo a la cerveza sin quitarme ojo, dejando que el silencio se alargue más de la cuenta.

—De nada, por cierto —añado—. Te pediría un baile para celebrarlo, pero soy una causa perdida en la pista. En lugar de eso, prefiero enseñarte algo. ¿Vienes?

Se queda mirándome un segundo, sopesando la invitación con la botella en la mano, como si decidiera si le apetece seguirme el juego o no.

Al final, dibuja una media sonrisa y asiente.

Me doy la vuelta y caminamos hacia la salida trasera, cruzando la puerta metálica que aísla el ruido del bar para salir a la cubierta de popa.

Una vez fuera, el aire nocturno nos envuelve, cargado de humedad y con un aroma a salitre que se te mete en los pulmones. El cielo del Caribe está completamente despejado, iluminado por una luna llena que tiñe el océano de plata.

Al fondo de la terraza, apoyada contra la barandilla de estribor, hay una pareja buscando algo de intimidad; se están besando ajenos a todo, pero en cuanto nos oyen salir, se separan disimuladamente y regresan al interior del bar en busca de un sitio más privado, dejándonos el espacio completamente para nosotros.

Nos quedamos solos frente al mar, con el rumor de los motores vibrando bajo nuestros pies.

Nos apoyamos en la barandilla, uno al lado del otro, contemplando el rastro de espuma plateada que el barco va dejando atrás.

El silencio entre los dos resulta extrañamente cómodo pero, por primera vez en mucho tiempo, no tengo prisa por pasar a la acción. Quiero escucharla.

—Y bien, Lauren… ¿De dónde eres? —le pregunto, dándole un trago a mi bebida.

—De Texas City —responde, imitando mi gesto mientras observa el horizonte, oscuro.

Arqueo las cejas, sorprendido de verdad.

—¿En serio? El barco sale de Galveston, que está ahí al lado, y en dos años a bordo no me he cruzado con un solo tripulante de la zona. Siempre he pensado que la gente de allí odia los cruceros o que se niegan en redondo a trabajar en ellos.

Ella suelta una risa limpia; joder, un sonido que no tiene nada que envidiarle al murmullo del océano que tanto amo.

—Bueno, digamos que prefieren quedarse en tierra firme. Yo necesitaba cambiar de aires. ¿Y tú? ¿Qué hace alguien de Nuevo México convirtiéndose en oficial de barco? Estás muy lejos del mar.

Me sorprende que recuerde de dónde soy, que se quedara con ese detalle de mi conversación con Callie, y saberlo me hace sonreír, aunque intento disimularlo mirando mi botella.

—Sí, es verdad. Pero siempre he sentido una conexión extraña con el océano. No sé si es una llamada, pero necesito tenerlo cerca, olerlo… Si paso demasiado tiempo lejos de la costa, siento que me falta el aire. Además… es precioso, ¿verdad?

Nos quedamos mirando cómo la luna se refleja en el agua. El mar siempre tiene ese efecto en mí; me calma, me da seguridad y fortaleza, pero esta noche la corriente va por dentro.

—Sí, lo es —concede ella en un murmullo—. Quizás en Texas City no sea tan idílico, pero yo también lo necesito.

—Y dime una cosa, Lauren. ¿Qué te ha hecho meterte en este mundo de locos? Vivir en un barco puede ser… muy intenso —le digo, acortando un palmo la distancia—. ¿Vas huyendo de algo… o de alguien?

Ella me mira de reojo, divertida, sin perder la compostura.

—¿Es una manera de preguntarme si tengo pareja, oficial Alana?

—Rodrigo, por favor —la rectifico, sosteniéndole la mirada—. Y la verdad es que no, pero ya que estamos, podrías contarme un poco tu historia.

Ella parece dudar. Bebe de nuevo de su botella y se gira hacia mí, apoyando los codos sobre la barandilla.

Tenerla así, con el océano nocturno de fondo y la luna recortando su silueta, es casi irreal.

La luz blanca del Caribe le tiñe el pelo de un rubio platino, casi mágico, y le enciende los ojos azules, haciéndolos brillar con destellos plateados.

Está tan jodidamente guapa de blanco, tan ajena al caos que me está provocando, que me obliga a tragar saliva y recomponerme para no perder el hilo de mis propios pensamientos.

—Pues me quedé sin trabajo justo cuando me fui de vacaciones con mis amigas a recorrer la Texas profunda, la de los rodeos.

Ahí decidí que tenía que darle un vuelco total a mi vida —me cuenta, encogiéndose de hombros—.

Terminé Relaciones Públicas, domino el francés y me presenté a la entrevista en cuanto vi la oferta.

Este trabajo me daba justo lo que buscaba: independencia económica y un sitio donde vivir.

A estas alturas, no me veía con las maletas de vuelta en casa de mis padres. Tengo veinticinco años.

—Así que veinticinco… —repito con una sonrisa, ladeando la cabeza—. Me has ahorrado la siguiente pregunta.

—¿Acaso querías saber mi edad por algo en particular? ¿Te parece mucho o poco?

—Yo tengo veintiocho, así que veinticinco me parece… perfecto.

—¿Perfecto para qué? —me lanza el anzuelo, rápida, sin dar un paso atrás.

—Para nada en realidad. Solo es perfecto —le insisto.

El rumor de la música se escucha cuando se abre la puerta. Una pareja parece haber tenido la misma idea que nosotros, salir al exterior a respirar el aire del Caribe pero, en cuanto nos ven, vuelven adentro.

—Entonces… ¿Cómo te enamoraste del mar y decidiste terminar de capitán en un crucero? —me pregunta, sin apartar la mirada—. Porque me has dicho que necesitas estar cerca del agua, pero hay mil maneras de hacerlo. Elegiste vivir sobre un barco y, además, en uno de estos monstruos.

—Bueno… te vas a reír —claudico al fin.

—¿Reír? ¿Por qué? No irás a confesarme que tu pasión viene de ver la película del Titanic, ¿no?

Me quedo en silencio mientras veo cómo sus ojos se abren y la sonrisa la delata. Yo solo atino a cerrar los míos con fuerza, resignado y un poco avergonzado.

—¡No! —exclama, señalándome con el dedo—. ¿Titanic? ¿En serio?

—De acuerdo… —replico, acercándome un paso más, listo para soltar un discurso defensivo—. Para empezar, dejemos a un lado la parte romántica y… Espera, ¿tú la has visto?

—Claro. ¿Quién no?

—Bueno, técnicamente no habías ni nacido cuando se estrenó.

—Tú tienes veintiocho años. Así que, o eras un bebé o…

—Es la favorita de mi madre —la interrumpo—. Y creo que ahora se arrepiente de habérmela puesto tantas veces cuando yo era un crío.

—Porque ahora casi no te ve —concluye ella.

—Exacto. ¿Recuerdas el principio? Ese lujo en los detalles, la vajilla de porcelana, el diseño de los botes salvavidas, la escala de los salones…

—Hago una pausa, gesticulando—. Luego está la estampa del capitán en el puente, con su uniforme impecable, manteniendo la compostura hasta el final.

Y los músicos, Lauren, tocando mientras todo se hunde… Buah, es una película épica.

Me detengo al notar mi propio entusiasmo, pero ver la sonrisa de Lauren hace que todo merezca la pena. Es preciosa.

—Vale, coincido en que es entretenida —admite ella— y no pienso caer en la típica discusión de si había sitio para Jack en esa maldita tabla…

Pero también te diré que es un poco masoquista que seas capitán y tu película favorita trate precisamente del naufragio de un trasatlántico en el que murieron cientos de personas.

—Tienes razón —asiento, sin poder dejar de mirarla.

Apuro el último trago de mi cerveza.

Con calma, le retiro la botella que aún sostiene entre las manos y dejo ambas sobre la repisa de la barandilla. Cuando vuelvo a mirarla, la distancia entre nosotros casi ha desaparecido.

—¿Sabes una cosa? —bajo el tono, buscando sus ojos—.

Amo el mar. Adoro mirar el horizonte, ver cómo el sol se hunde en el agua o cómo la luna tiñe el océano de plata.

Siempre he creído que era lo más increíble que existía.

Pero verte a ti, aquí fuera, acaba de borrar cualquier concepto de belleza que yo tuviera.

Reduzco el poco espacio que nos separa, lo justo para notar la calidez de su respiración y obligarla a inclinar ligeramente la cabeza. Ya no hay juegos, ni ironías, ni dobles sentidos. Solo nos separa un soplo de aire.

—Eres lo más bonito que he visto en mi vida, Lauren —susurro—. Y ahora mismo necesito besarte.