15
Rodrigo
El crew bar ha dejado de ser el antro oscuro de madera y metal de todas las noches para convertirse en una puta dimensión desconocida.
En cuanto cruzo la puerta estanca de popa, la luz ultravioleta me apunta directamente a los ojos.
Los cañones de luz negra de alta potencia barren el local, apagando los colores normales y encendiendo un universo fluorescente que te marea a los tres segundos.
El blanco de las camisetas de algodón de la gente resplandece con una intensidad nuclear, y cualquier detalle fosforito estalla en mitad de la penumbra.
Es un impacto visual salvaje. Las siluetas de la tripulación parecen fantasmas de neón moviéndose al ritmo de un house machacón, uno de esos remixes acelerados de clásicos de los ochenta que el DJ de a bordo revienta a base de graves hasta que te retumba directo en el esternón.
En qué mala hora he bajado aquí.
—¡Alana! ¡Venga, joder, que pareces un espectro!
La voz llega acompañada de una bofetada de energía.
Es Adam, uno de los socorristas de la cubierta de piscinas.
El tío es la auténtica alma de la fiesta.
Va en chanclas, sin camiseta y con el torso cubierto por completo de líneas y salpicaduras de pintura naranja que brillan bajo la luz negra como si estuviera envuelto en fuegos artificiales.
Antes de que pueda reaccionar para apartarlo, Adam me planta dos pulseras químicas de color verde fosforito en la muñeca izquierda y, con un pincel empapado en pintura corporal reactiva, me cruza dos rayas amarillas en el pómulo.
—Ya estás listo para el abordaje, oficial Alana—se ríe, pegando un salto para volver a perderse en el centro de la pista.
Me limpio la cara con el dorso de la mano por puro instinto, pero solo consigo emborronar el trazo, que ahora brilla como sangre de alienígena entre mis dedos.
Jodido desastre.
Solo he bajado a este nido de locos por culpa de las amenazas de Callie.
Sé perfectamente que, si me quedaba encerrado en mi camarote, mi queridísima amiga habría sido capaz de tirar la puerta abajo, entrar a por mí y arrastrarme por los pasillos de oficiales agarrado de los pelos.
No mide más de metro sesenta, pero tiene el genio de un sargento de infantería y sé de sobra que, cuando se le mete algo entre ceja y ceja, lo cumple.
A un lado del acceso a la terraza exterior, el staff de animación ha montado una mesa que parece un puesto de tatuajes clandestino.
Hay cola para pintarse. Las camareras del bufé llevan espirales rosas que les suben por el cuello, y los oficiales de seguridad, que hace unas horas patrullaban rígidos y serios, bailan ahora con gafas de neón naranjas y barras químicas colgando del cuello.
Todo el mundo va perdiendo el norte a medida que los chupitos de tequila corren por la barra a precio de coste.
El ambiente es salvaje, claustrofóbico.
Una marea interminable de cuerpos se mueve al unísono en una pista improvisada, donde los fogonazos ultravioleta parpadean y hacen que el movimiento parezca congelado, en cámara lenta.
Entre las ráfagas fluorescentes y las pinturas brillando en la penumbra, es casi imposible distinguir quién es quién.
Y ese es, precisamente, mi puto problema. Que no la encuentro.
Milo, el barman, me alcanza una cerveza recién abierta y, tras cogerla, me pego al mamparo de babor.
Entorno los ojos para escanear el mar de neón, pero la luz parpadeante y las siluetas pintadas convierten la búsqueda en una tortura.
Sigo escudriñando el local, pendiente de cualquier reflejo o forma de moverse que me indique dónde se esconde Lauren.
Y no es a ella a la primera que diviso, sino a Callie. Tan llamativa como siempre, lleva un vestido que los coreanos vitorean en cuanto la ven pasar y que ella muestra con orgullo. Es cantante y sabe manejarse como si este bar también formara parte del espectáculo.
Al fondo de la pista, se marca con Adam un baile de esos que parecen improvisados pero que llevan perfeccionando meses. Los nuevos disfrutan con el show , pero yo estoy ya un poco aburrido de verlo fiesta tras fiesta.
Las chicas nuevas del spa todavía parecen perdidas. Solo llevan dos días en el barco y tengo que esquivar más de un encontronazo con alguna. Son atractivas, mucho, y noto perfectamente cómo me miran.
—¿Eres el capitán? ¡Pareces muy joven! —me dice una, alzando la voz por encima de la música.
—No, no soy el capitán —le respondo, recortando distancias—.
Soy el segundo oficial. Me faltan bastantes años de mar, muchas guardias en el puente y el examen de la marina mercante para conseguir las cuatro tiras.
De momento me conformo con las dos que llevo; todavía me falta mucho camino por recorrer.
Le hablo con educación, y aunque el alcohol ya le parece estar afectando, intento separarme de ella. No estoy de humor para el coqueteo con las nuevas.
Entonces, la localizo.
Nuestras miradas se cruzan al instante. Pese a la penumbra y a los parpadeos ultravioletas que desfiguran la estancia, noto de inmediato su rigidez: esa mandíbula apretada que me resulta tan familiar.
Apenas mis ojos dan con los suyos, ella se tensa y me da la espalda, buscando refugio en el caos de la pista.
Está celosa, y no puedo evitar sonreír.
—¡Rodrigo, has venido!
La voz de Callie me trae de vuelta a la realidad. Acaba de dejar al socorrista en un rincón, mientras a la chica del spa se la traga una marea humana que la arrastra directamente al centro de la pista.
Mi amiga hace amago de hacerme bailar, tirando de mi brazo libre pero, ¿a quién queremos engañar? Yo no bailo. Nunca lo hago. Me limito a sujetar la botella de cerveza con una mano y a observar cómo el personal se vuelve loco bajo los neones.
—Eres un soso, Alana —me suelta, dándome un empujón amistoso en el hombro—. ¿Cuándo te vas a sacar ese palo que tienes metido en el culo?
—Algunos no nacimos para bailar, Call. Eso es así y yo soy una de esas personas.
—Tampoco nacimos para cruzar el océano a bordo de un monstruo de trescientos metros de eslora, y míranos… ¿Cuánto llevamos ya metidos en esto? ¿Dos años?
—Yo llevo dos años —le corrijo, entornando los ojos—. Tú llevas tres, si no recuerdo mal. Llegaste un contrato antes.
—Exactamente. Tres años de mi vida flotando en este cascarón. Y algún día bailarás conmigo, Rodrigo. Te lo juro por mi madre.
Se marcha soltando una carcajada, dando voces y abrazándose con el primer grupo de camareros que pasa por su lado. Es un torbellino imposible de frenar.
Vuelvo a escanear la pista, buscando el punto exacto de antes. En ese instante pillo a Lauren mirándome de nuevo. Pero esta vez es diferente.
Esta vez no hace ningún amago por apartar sus ojos de mí. Me sostiene la mirada fijamente, desafiándome desde el otro lado de la pista, envuelta en destellos de luz negra.
Y, de golpe, la cabeza me da un vuelco.
Verla así, inmóvil en mitad del caos, me arrastra tres meses atrás. A su primera crew party .
Aquella noche no había neones agobiantes ni este ambiente salvaje; era una fiesta blanca, elegante, de las que se organizan en la cubierta exterior bajo las estrellas. Todo el mundo iba impecable, de un blanco inmaculado que resplandecía bajo la luna, y el aire olía a sal y a primeras veces.
Allí, rodeados de copas de champán y música suave, nuestras miradas se cruzaron igual que hoy, pero de una manera radicalmente diferente.
No nos estábamos desafiando; nos estábamos buscando.
Hace tres meses no había rabia en sus ojos, sino una curiosidad que me prendió fuego por dentro. Fue el jodido principio de todo.
El instante exacto en el que mi vida a bordo cambió para siempre.