Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 14
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Lauren

—¡Es un timo a mano armada, señorita Hall! Un insulto a un ciudadano norteamericano. Ese maldito tipo del muelle de Puerta Maya me ha cobrado cien dólares por una figura de obsidiana falsa. ¡Exijo que el barco me devuelva el dinero!

Mantengo la sonrisa profesional grabada en la cara a base de puro esfuerzo mental.

Lo único que me falta hoy es tener que aguantar las quejas de un rico al que han timado en un puesto de venta ambulante en tierra, como si yo fuera la responsable de lo que pasa en Cozumel cuando ni siquiera he bajado del barco.

A veces me pregunto si los pasajeros creen que la tripulación controla hasta el clima o la honestidad de cada vendedor ambulante del Caribe.

—Le aseguro que entiendo su frustración, señor —respondo, modulando la voz para que suene impecable—. Pero como le he explicado, los comercios locales del muelle no tienen vinculación con la compañía. De todas formas, voy a registrar su queja para nuestro informe de excursiones.

El hombre se marcha insultando y rojo de furia hacia los ascensores del atrio; yo, aprovecho para exhalar un suspiro largo y frotarme las sienes.

El mostrador de guest services es una zona de guerra a esta hora.

La marea de pasajeros ya está de vuelta a bordo, congestionando el vestíbulo principal con sus camisas caribeñas arrugadas, las toallas húmedas al hombro y los nervios destrozados por el sol.

El aire acondicionado parece no dar abasto contra el calor que ellos mismos traen del exterior, y el zumbido de mil conversaciones mezcladas con el hilo musical me taladra los oídos.

Detrás de la pantalla del ordenador, busco un segundo de calma, pero la cola en el mostrador no hace más que crecer.

Es el caos de siempre, el mismo que me ha obligado a olvidar mis propios problemas durante las últimas ocho horas, aunque la sombra de lo que pasó en el wardroom este mediodía sigue acechando en el fondo de mi mente.

Echo un vistazo rápido a los sofás aterciopelados del rincón del atrio, justo al lado de la barra circular del lobby bar , y veo a Lydia, junto a su marido y la otra pareja, que me saludan con la mano y me levantan los pulgares en señal de que todo les está yendo perfecto.

Al menos alguien se está divirtiendo. Para mí, lo único divertido hoy es la esperanza de ahogar en un poco de alcohol esta tarde estresante.

Mis compañeras y yo nos miramos el reloj cada vez con más insistencia. Hoy es lunes, y en el   Meridian Star eso significa solo una cosa: la crew party .

Es la primera noche del itinerario tras la escala inicial.

Tenemos más que comprobado que, después del sol abrasador de las playas de Cozumel y del posterior despliegue de alcohol que los pasajeros se van a dar esta noche por todo el barco, el martes siempre es un día flojo.

La gran mayoría pasa la jornada de navegación durmiendo la resaca en los camarotes o tumbados en las hamacas de la piscina, bañándose por fuera y por dentro mientras agotan las existencias de margaritas y los cócteles más extraños.

Eso nos da un respiro.

Mañana el mostrador estará tranquilo, lo que significa que esta noche la tripulación puede quemar el bar sin remordimientos.

El relevo de las ocho de la tarde llega como una bendición del cielo.

En cuanto mi compañera me sustituye en el terminal de la mesa, la sonrisa postiza de Relaciones Públicas se me cae de la cara como una máscara de yeso.

Tengo la espalda rígida de aguantar quejas absurdas sobre el cambio de divisa y las excursiones canceladas.

Arrastro los pies por la entrada de servicio y bajo en el ascensor hacia las profundidades de la cubierta 2, dejando atrás el brillo del atrio y el perfume caro de los pasajeros VIP.

Al cruzar el umbral de mi camarote, el zumbido constante de los motores auxiliares me devuelve a la cruda realidad del búnker.

En el camarote, Callie se está cambiando para su función de esta noche, mientras yo me tiro en la litera, me quito la americana y me masajeo los pies, soltando un suspiro de alivio.

—No soporto a esos ricos que se creen con derecho a aplastarte solo porque tienen una pulsera de todo incluido —resoplo, apretándome los talones doloridos—. Creo que se piensan que nosotras también somos parte del paquete de bebidas.

Callie se gira de golpe y deja de maquillarse. Me observa con mirada fija a través del espejo.

—¿Has tenido problemas con algún baboso?

—No, eso no. Tranquila —le aseguro, agitando una mano para restarle importancia—. Un cliente al que han timado los manteros. Y… Da igual, lo de siempre.

—Esa es la parte más jodida de este trabajo —coincide Callie, volviéndose hacia su arsenal de cosméticos—, pero en contraprestación… ya sabes lo que toca esta noche.

—No sé si estoy para fiestas —comento, hundiéndome un poco más en el colchón.

—Vamos, Lauren. Hoy la fiesta es de neón. Nos pintaremos la cara y brillaremos más que una bola de discoteca. Será divertido.

—Ya —digo sin demasiada convicción, quedándome con la vista perdida en la litera de arriba.

—Además… estarán los coreanos —añade ella, arqueando una ceja con una mueca pícara.

Me incorporo sobre los codos y la miro, extrañada.

—¿Vas a repetir?

Ella se encoge de hombros con total naturalidad mientras retoma su ritual frente al espejo.

—Pues no lo sé. Me gustó mucho, pero no quiero… ya sabes. No me va mucho lo de repetir con el mismo, y menos dos noches seguidas.

—No sé cómo puedes. Y que conste que no soy una puritana.

—Tu problema, Lauren —suelta ella, dándose la vuelta en la silla para mirarme de frente—, es que no has tenido la verdadera experiencia de los tripulantes de crucero. Te colgaste de Rodrigo desde el principio y, eso, viviendo en un barco, rodeada de mar, es muy mala idea.

—Sí. Ahora me doy cuenta.

—Pues no será porque no te lo advertí desde nuestro primer crucero juntas.

Me quedo en silencio unos segundos, asimilando sus palabras mientras el runrún de la culpa flota en el ambiente técnico de la cabina.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Mi tono de voz debe ser toda una declaración de intenciones, porque Callie se queda con el pintalabios a medio camino, analizando la seriedad de mi rostro a través del cristal.

—Claro, dispara.

—¿Por qué siempre has evitado hablarme de Ingrid?

Nada más terminar la pregunta, el silencio se apodera del camarote.  Callie baja la mano despacio, parpadeando con fuerza, y rompe el contacto visual para mirar el reloj digital de su muñeca.

—Empiezo a cantar en veinte minutos, nena —suelta, con una prisa repentina que suena demasiado forzada—. Ya tendría que estar con la banda preparándome para salir. No es el mejor momento para esto.

—Nunca lo es, Callie. Siempre encuentras una excusa para cambiar de tema.

Mi amiga suspira, recoge su neceser de la mesa y camina hacia la salida. Antes de abrir la pesada puerta estanca, se detiene y me mira de reojo, con una seriedad que rara vez le veo en la cara.

—Es que no me corresponde a mí, Lauren. Eso es cosa de Rodrigo.