Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 13
23%

13

Rodrigo

El calor húmedo de Cozumel golpea como un puñetazo en cuanto se abren las puertas estancas de la cubierta inferior.

Quedan menos de dos horas para el all aboard y el regreso de los pasajeros es un goteo constante de caras rojas por el sol, bolsas de plástico con recuerdos y el olor a protector solar barato.

El ruido es ensordecedor: el chirrido metálico de las grúas operando en el muelle, los gritos de los estibadores coordinando la entrada de palés y el zumbido constante de los motores del barco que no descansan nunca.

Llevo la camisa de uniforme pegada a la espalda por el sudor y la sal, y el ambiente cargado del muelle, mezclado con el diésel, hoy me tiene con los nervios de punta.

Me toca cubrir la guardia de puerto en la pasarela, supervisando el control de aduanas y la entrada de las últimas provisiones.

A mi lado, Norton verifica el albarán digital del estibador local, aunque su atención parece estar en cualquier sitio menos en la pantalla.

Me saca de quicio la ligereza con la que se toma su cargo; se queja cada vez de que el capitán le llame la atención, pero él sigue mucho más pendiente de regalar sonrisas a las turistas que suben en bikini que de vigilar la cadena de carga.

El palé de marisco fresco que A necesito aire, o quizás simplemente dejar de darle vueltas al cruce de desprecios de este mediodía en el wardroom .

Esa forma que tiene Lauren de mirarme, con ese desdén frío, me está reventando el orgullo.

Dejo que Norton termine el papeleo y subo por la escalera de servicio hacia el atrio de la cubierta 3; quiero comprobar los escáneres antes de que se forme el atasco. Al doblar el pasillo de la discoteca secundaria, que a esta hora permanece a oscuras, me topo de frente con Callie.

Viene de la playa. Lleva una bolsa colgada del hombro, la piel brillante por el sol y esa actitud desenfadada de siempre.

Callie es de las pocas personas a bordo con las que no tengo que medir mis palabras; nos conocemos desde hace mucho y su amistad es lo único que se mantiene intacto en este maldito barco.

Mientras se detiene, una pareja de pasajeros pasa por el pasillo principal soltando una carcajada y nos obliga a hacernos a un lado.

Callie espera en silencio, con la mirada fija en mí, hasta que el eco de sus pasos se pierde a lo lejos.

Solo entonces, aprovecha ese instante para someterme a su escáner habitual.

Su mirada sirve, de una tacada, como pregunta, reproche y un «cuéntamelo todo».

—¿Por qué llevas esa cara, Alana?

—Buenas tardes también para ti, Call —respondo, intentando sonar normal—. ¿Ha ido bien la playa?

—No me jodas, Rodrigo. Tienes una pinta que tira para atrás —dice ella, cruzándose de brazos y apoyándose en el mamparo del pasillo—. Si no te conociera, pensaría, que en vez de en el Meridian, estás a bordo del Titanic y sabes que no hay suficientes barcos salvavidas.

No me equivocaba, su cara es la de «cuéntamelo todo».

—No me pasa nada, Call. Es lo de… Bueno, lo de últimamente —admito, encogiéndome de hombros—.

Pero el problema aquí es que ahora no puedo ir a desahogarme con mi amiga, o sea, tú —digo señalándola con el dedo—, porque ella, de nuevo tú…

se ha hecho íntima de mi ex. Así que, me jodo y me callo. Nada más.

—Oh, vamos… no te hagas el mártir. Tampoco es que tú te vayas a llevar el premio al mejor amigo del año.

—Callie se ríe y agita la mano restándole importancia, aunque no me quita la vista de encima—.

Además… ¿Desde cuándo me contabas a mí cosas de otras tías?

No me hablabas de tus líos desde… ya sabes.

Me quedo helado en mitad del pasillo.

—Sí. Desde Ingrid. No hace falta que me la recuerdes, ¿vale? La tengo superada hace siglos.

—Pues menos mal, porque de eso hace ya un año —suelta ella, sin darme opción a replicar.

—Da igual, me voy a descansar.

—Ni hablar. Esta noche tenemos la crew party —dice Callie, frotándose las manos y cambiando de tercio de golpe.

—No tengo muchas ganas de fiesta. Además…

—¿Además qué? ¿Que irá Lauren? Pues claro que irá —me corta, soltando el nombre de ella como si no fuera nada—. Y tú también deberías. No puedes quedarte en tu camarote solo porque hayas roto con una chica… Además, ¿quién te manda engancharte así de una novata? ¿No tuviste bastante con Ingrid?

—Callie, por favor. No empieces.

—Mira. Lauren es mi amiga. Compartimos camarote y me cae muy bien —dice, dándome un toque suave en el brazo para que la mire—, pero tú y yo somos amigos desde hace mucho más tiempo, Rodrigo. Somos casi… familia. Estáis mejor separados y tú… deberías volver a ser el que eras. Nada más.

Me doy la vuelta, dispuesto a enfilar el pasillo, pero su voz me frena antes de dar tres pasos.

—Alana, como no te vea en la fiesta esta noche, iré a por ti y te llevaré a rastras.

—Ya veremos, Call —le suelto por encima del hombro, sin mirarla.

Sigo caminando rápido por el pasillo de servicio en dirección a la zona de oficiales.

Sus palabras se me quedan grabadas y me escuecen más de lo que voy a admitir jamás.

Maldita sea mi suerte. Callie tiene toda la razón.

¿En qué jodida hora se me ocurrió volver a pillarme por alguien a bordo de este barco?

Rompí mi regla de oro. Ya me pasó con Ingrid y ahora he vuelto a tropezar con Lauren.

Y, para colmo, las dos del mismo maldito departamento de Atención al Cliente. Parece que soy idiota y no aprendo.

Entro en mi camarote, pego un portazo y me encierro a oscuras.

Callie quiere que baje, pero no tiene ni idea de lo que me cuesta respirar el mismo aire que Lauren sin perder los papeles.

El problema es que el bar es demasiado pequeño, la noche va a ser muy larga y sé perfectamente que, por mucho que intente esconderme, voy a acabar frente a ella bajo los malditos neones de la fiesta.