Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 12
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The Wardroom

The Wardroom : El comedor exclusivo de los oficiales.

Un santuario silencioso vetado para el pasaje donde imperan la disciplina y la jerarquía del barco.

El territorio perfecto para estudiar los movimientos de tus superiores o para arriesgar los galones con un juego de miradas prohibidas a la hora del almuerzo.

Primer crucero (Hace tres meses)

Reconozco que, a pesar de los esfuerzos de Callie Spencer por ponerme al día en el camarote, el caos de horarios y los entresijos de este barco me tienen desconcertada.

Por un lado, están las jerarquías que separan al pasaje de la tripulación: los lugares donde no debemos mezclarnos, cuándo podemos acercarnos a los clientes y cuándo guardar una escrupulosa distancia.

Esa parte está clara. Mi zona de acción se limita a la oficina de relaciones públicas, a organizar los embarques VIP y a sonreír a los pasajeros Platino en el atrio; esas normas son irrompibles.

Pero luego existen zonas grises. Límites difusos en los que esa línea, a veces, se puede cruzar.

En las entrañas del barco, las fronteras impuestas por los galones están mucho menos definidas.

Por mi cargo técnico en RRPP, tengo derecho a comer en el ruidoso comedor del staff , pero también se me permite la entrada aquí, en el Wardroom .

Callie tenía que ensayar con la banda y me soltó a mitad de pasillo, así que he terminado viniendo a almorzar con Florencia, mi jefa, que se ha tomado muy en serio lo de enseñarme las dinámicas de los oficiales de hotel.

Entrar en esta parte del barco me hace dudar de si sentirme afortunada o una intrusa en el santuario de la oficialidad, de los ingenieros jefe y de la zona pija del personal de a bordo.

El otro día comí en el crew mess, rodeada del bullicio caótico de los marineros, y el ambiente no tenía nada que ver.

Aquí hay… mucho más silencio, para empezar.

Florencia me tiende un fajo de folletos técnicos sobre el protocolo de bienvenida nada más cruzar el umbral del Wardroom .

Me suelta un par de instrucciones rápidas y se marcha hacia la mesa del fondo, dejándome sola a mitad del comedor.

No conozco a nadie, y no es que sea tímida, pero este no es el mismo ambiente para nada.

Mi primera impresión es que es más… hostil.

Avanzo a ciegas en dirección a la barra de servicio, absorta en la lectura de los folletos, para no tener que cruzarme con nadie. Estoy tan concentrada en las notas que no me entero de nada hasta que me doy de bruces contra un pecho rígido como una roca.

Los folletos se desparraman por el suelo.

Doy un paso atrás, asustada, pero antes de que pueda reaccionar, el oficial ya se ha agachado para recoger los papeles.

En cuanto se incorpora y me tiende el fajo de hojas, lo reconozco en el acto.

Es Rodrigo Alana. El amigo de Callie que me presentó ayer en el crew bar .

Solo que esta vez no viste ropa de calle casual.

Verlo con el uniforme del puente, con los hombros anchos bien marcados y los galones dorados brillando en la hombrera rígida, impone una barbaridad.

La camisa blanca le queda impecable y de cerca huele a una mezcla de mar y jabón limpio que marea.

Los uniformes siempre han sido mi debilidad y, a este tío, el suyo le sienta de maravilla.

—Señorita Hall, debería usted mirar por dónde anda.

—Yo… lo siento, estaba…

—Tranquila. No te disculpes —me interrumpe, suavizando el tono mientras me observa arreglar los papeles—. Pareces perdida. ¿Puedo servirte de guía?

—¿De guía? —repito, parpadeando para salir del bucle de sus ojos.

—Sí —Rodrigo da un paso corto hacia atrás, relajando la postura—. En realidad, quería disculparme por lo de ayer en el… ya sabes. Creo que te di una mala imagen, y sé que pensaste que soy un engreído.

—No, en absoluto… —empiezo a decir por pura inercia profesional. Pero a quién quiero engañar. Lo pensé y no me voy a achantar ahora frente a un par de tiras doradas—. Bueno, sí. Admito que justo eso fue lo que pensé.

La cara de sorpresa que pone es sincera. Abre los ojos tanto que por un momento parecen juntarse con las cejas. Y espera… ¿Eso es algo de rubor en sus mejillas? ¿El oficial Alana se ha puesto colorado?

—Vaya… —suelta, soltando una risa corta y rascándose la nuca, visiblemente descolocado—. Pues entonces, creo que te debo una disculpa. Y, por favor… déjame ayudarte y ahorrarte problemas.

—¿Problemas? ¿Qué problemas?

Un vuelco en el estómago me recuerda de golpe dónde estoy.

Mierda, la he cagado pero bien. Acabo de llamar engreído a la cara a un oficial superior y solo llevo dos días trabajando a bordo.

Si Florencia se entera de esto, me manda de patitas a tierra con la maleta a medio hacer en la primera escala.

—Problemas digestivos —dice él en cambio, señalando sutilmente con la barbilla hacia los mostradores del fondo—.

Una advertencia profesional: bajo ningún concepto pidas las brochetas de pescado si llevan la salsa roja del chef Malik.

A menos, claro, que busques una excusa para pasar la noche sin pegar ojo por el calor.

El toque hindú de este wardroom es solo para estómagos inmunes al peligro.

Me quedo mirándolo, procesando el cambio de registro, y la tensión de hace un segundo se disuelve en una sonrisa que no puedo controlar.

Rodrigo comparte mi risa, da medio giro y se coloca a mi lado, guiándome con naturalidad hacia el mostrador de las bandejas calientes.

Su cercanía hace que el pánico a que Florencia me vigile se evapore y, por primera vez desde que he entrado en el comedor, dejo de sentirme una intrusa desorientada.

—Apunta esto, Hall —comenta en voz baja, cogiendo unas pinzas metálicas—.

Si quieres pillar el roast beef jugoso o los mejores cortes de carne, tienes que estar aquí a las doce en punto.

Si vienes a las doce y media, estás perdida.

Los oficiales de máquinas del turno de mañana suben de las calderas con un hambre cavernícola y dejan las bandejas tan limpias que parece que las hayan lijado.

—Tomaré nota —respondo, siguiéndole el juego—. ¿Y qué pasa si llego tarde por culpa de una reunión con los pasajeros Platino? ¿El código del wardroom permite dejar algo de carne para los mortales o me quedo con el menú vegetariano?

—Buscas a Adela en la cocina de pase y le dices que vas de mi parte. —Mientras habla, me guiña un ojo y se sirve una porción de arroz—. Quizás no pilles carne, pero te aseguro que siempre guarda un par de postres de los buenos en la cámara frigorífica de oficiales.

Su amabilidad es tan inesperada como evidente que está coqueteando conmigo.

Me va señalando cada plato con paciencia, explicándome qué cocineros se esmeran más según el día de la semana y qué ensaladas llevan ahí desde el desayuno.

No queda ni rastro del tipo creído del crew bar.

Mientras me acompaña a lo largo de la barra y veo cómo dos oficiales de seguridad se apartan al instante para dejarle paso solo por ver sus galones, me doy cuenta del respeto que impone.

—Y ahora, señorita Hall…

—Llámame Lauren. ¿no? —le interrumpo—. Al menos mientras no haya pasajeros cerca. ¿O debo llamarte oficial Alana todas las veces?

—Tienes toda la razón… Lauren —remarca con una sonrisa mi nombre—. Y ahora mi pregunta.

—Tú dirás… Rodrigo.

Vuelve a sonreír, esta vez de manera más amplia. Me doy cuenta de cómo se le marca un solo hoyuelo en la mejilla derecha. Y, joder, es un hoyuelo adorable.

—¿Quieres comer conmigo?

El uniforme, el mando y esa seguridad absoluta le sientan demasiado bien.

Y yo no necesito llevar más de dos días a bordo para entender que, dejarme arrastrar por la atracción de los que mandan aquí, puede que sea la forma más rápida de buscarme un problema.