Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 11
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Lauren

Cuando abro los ojos, la litera de Callie está vacía.

No deben ser ni las diez de la mañana. Anoche, cuando volví de mi paseo y de mi posterior encuentro con Rodrigo, el camarote que comparto con ella parecía un escenario de guerra. Por lo que le tocó sufrir a la habitación, el camarero coreano debió ganar la batalla.

Al menos eso es lo que deduzco por la nota que me ha dejado pegada al espejo del baño.

No te puedes imaginar lo de anoche, tía. Fue increíble. Me marcho a tomar el sol a Playa Palancar, que no tengo función en el teatro hasta la noche. ¡Nos vemos luego!

Esta es otra de las cosas que adoro del crucero: la forma en la que nos comunicamos.

El wifi para la tripulación va por paquetes de datos carísimos; durante la primera semana me gasté buena parte de mi sueldo en pagar la conexión y decidí que no volvía a picar.

Ya usaré el móvil cuando bajemos a algún puerto.

Mientras tanto, adoro las notitas en papel que me deja Callie por las mañanas.

Mi guardia no empieza hasta después del almuerzo, lo que me deja toda la mañana libre antes de enfrentarme a una jornada maratoniana en el mostrador de g uest services .

Me espera el caos habitual de atender reclamaciones absurdas de pasajeros y responder a las mismas preguntas de siempre: a qué hora abre el bufé, dónde están las actuaciones que tienen perfectamente señalizadas en los folletos del barco, o qué incluye exactamente el paquete extra de bebidas.

Cosas que los turistas repiten en bucle y que acaban poniéndote los nervios de punta.

De modo que paso de Cozumel, de sus tiendas de plata barata y de la marea de turistas alquilando buggies y Jeeps playeros para recorrer la isla. Ya bajaré en otro contrato, cuando consiga arrancarme de la cabeza la estúpida y arrogante sonrisa que me dedicó Rodrigo anoche en la back deck .

Mi discusión de ayer con él me ha hecho odiar un destino que antes adoraba. Esta isla me recuerda demasiado a nuestras primeras semanas, cuando nos escapábamos a la zona de San Miguel, aprovechando cualquier hora libre, para escondernos en una playa desierta.

Entonces, la isla era nuestro refugio privado. Ahora, pasear por estas calles es como caminar sobre un campo de minas; cualquier sitio me trae un recuerdo que preferiría borrar.

En menos de dos horas tengo que ponerme el uniforme de RRPP, y las tripas me suenan tanto que el rugido se escucha por encima del zumbido constante de los motores auxiliares del barco. Necesito comer algo.

Subo a la cubierta donde se aloja el wardroom . El barco está desierto a estas horas. El pasaje hace menos de dos horas que habrá desembarcado, asaltando los chiringuitos de la costa o metiéndose en algún catamarán para hacer esnórquel, y ese éxodo masivo me regala un oasis de tranquilidad.

El comedor de oficiales también está casi vacío.

Solo un par de ingenieros de máquinas, con los monos de trabajo atados a la cintura y cara de salir ahora mismo de la guardia de calderas, ocupan una de las mesas del fondo devorando un plato combinado.

Florencia está sentada a unos metros de ellos, revisando unos cuadrantes con la vista fija en su tableta corporativa.

No tengo la más mínima intención de aguantar a mi jefa antes de lo estrictamente necesario.

Giro sobre mis talones hacia la esquina contraria para ocultarme tras una de las columnas divisorias de la sala y buscar la barra de servicio. No doy ni tres pasos cuando me estampo de bruces contra un muro.

Y qué más querría yo que fuera un tabique de hormigón de verdad.

Pero maldita sea mi suerte… porque este muro es de hueso, es malditamente rígido y viste con los pantalones oscuros y la camisa blanca de oficial.

Además, es tan atractivo como idiota.

Rodrigo.

—¿Por qué no miras por dónde andas?

Su voz me frena en seco. Es increíble que el mismo tono que antes me volvía loca ahora consiga darme tanto asco. Juraría que es imposible que esa voz provenga del mismo tipo. Pero no, no lo es.

Es una jodida realidad.

Rodrigo ni se mueve. Mantiene una mano metida en el bolsillo del pantalón y me observa desde arriba, con una ceja alzada y esa suficiencia que me desquicia.

—Perdone, oficial Alana, pero si me habías visto, podías haberme avisado —replico, cruzando los brazos sobre el pecho mientras doy un paso atrás—. ¿No crees?

—Pues la verdad es que no —dice, mirándome fijo—. Es mucho más divertido así.

Doy un amago de rodearlo por la derecha, pero él desplaza el peso del cuerpo hacia ese mismo lado, bloqueándome el paso de nuevo con una lentitud exasperante. Sus ojos verdes me dedican una de esas miradas que arrastran demasiadas cuentas pendientes.

—Ya. ¿Me dejas pasar?

—Tienes una percepción equivocada del espacio, Hall —dice él, bajando el tono—. Siempre crees que yo te impido pasar, pero en realidad eres tú quien siempre termina chocando conmigo, o yendo a donde estoy yo. ¿Te has parado a pensarlo?

La rabia me sube de golpe por el cuello.

Lo noto ardiendo y sé exactamente lo que significa: estoy a punto de estallar.

Y lo peor de todo es que él también lo sabe.

Aunque solo compartimos unas pocas semanas juntos antes de que todo se fuera por la borda, el tiempo metidos en este gigante de acero cuenta por diez.

Rodrigo me conoce a la perfección y sabe cómo sacarme de mis casillas.

—Lo que me he parado a pensar es que este puto barco es demasiado pequeño.

—O que siempre me buscas —suelta él, sin pestañear—. Quizás deberías hablarlo con alguien. Empieza a resultarme un comportamiento acosador.

Le doy la espalda antes de cometer una locura y me voy directo a una de las mesas del fondo, lo más lejos posible de Florencia y de él.

Mientras me alejo con el pulso acelerado, resulta imposible no pensar en lo jodidamente distinto que fue todo la primera vez que nos cruzamos en este mismo comedor, hace tres meses.