Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 10
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Rodrigo

Apenas he dormido tres horas seguidas y el dolor de cabeza con el que he despertado me tiene de un humor de perros.

Ver amanecer en estas aguas, con la línea de costa de Cozumel recortándose al fondo contra el cielo del Caribe, sigue siendo un auténtico espectáculo y, sin duda, la mejor parte de mi trabajo.

Son apenas las seis de la mañana y la maniobra de aproximación requiere que estemos todos atentos en nuestros puestos.

El puente de mando permanece oscuro, solo con el pitido intermitente de los radares y el ruido de fondo de los ordenadores.

Aquí arriba, al lado de Price y del timonel de guardia, puedo disfrutar de la experiencia exacta que hizo que, siendo un crío, quisiera pasarme la vida en el mar hasta llegar a ser capitán.

El puerto de Cozumel es uno de mis favoritos de la ruta; el agua turquesa es tan clara que te permite ver el fondo de arena blanca y los arrecifes mientras arrimamos el barco al muelle de cemento. Sin embargo, el pinchazo que siento detrás de los ojos me está arruinando la entrada.

Maldita Lauren, y malditos esos ojos claros que soy incapaz de sacarme de la cabeza por mucho que lo intente. Sacudo la cabeza para apartar la imagen y concentrarme en la consola antes de que Price lo note.

—Alinee el vector con la boya de recalada, oficial Alana. Pasamos a control manual —la voz del capitán rompe el silencio del puente.

—Mandos manuales en mi poder, señor. Reduciendo a seis nudos —respondo, aferrando las palancas de propulsión.

Ajusto los potenciómetros de los motores de popa y observo el radar. Price avanza hacia el frente, con las manos cruzadas a la espalda, vigilando la costa a través del ventanal oscurecido.

—El viento del través nos va a abatir un grado a babor en cuanto pasemos el canal —comenta el viejo, a mi lado—. Anticípese a la corriente, Alana. No quiero que toquemos las defensas del muelle con demasiada inercia.

—Corrigiendo rumbo cero-ocho-dos, señor. Hélices de proa al diez por ciento.

Muevo los mandos para contrarrestar el empuje del agua.

El barco responde despacio, pesado, ganándole terreno a la marea de Cozumel, mientras mantengo el casco alineado con el pantalán de cemento.

Noto la mirada de Price sobre mí, midiendo cada movimiento, examinando la precisión con la que ejecuto la maniobra.

Por un segundo la cabeza se me va donde la dejé anoche, atrapada en la barandilla de la back deck con Lauren.

—Estachas firmes a proa y popa. Barco amarrado, puente —anuncia la voz del tercer oficial a través del siseo del VHF.

Price asiente una sola vez y me da una palmada en el hombro.

—Buen trabajo, Alana. Complete el cuaderno de bitácora y tómese un descanso. Tiene cara de haber pasado la noche en vela.

—Gracias, señor. Así lo haré.

A las ocho y media, con el Meridian Star perfectamente amarrado, los cabos tensados y la pasarela lista para que baje el pasaje, firmo el diario de navegación y me retiro.

Podría bajar a tierra a dar una vuelta por el puerto, estirar las piernas y pisar algo de suelo firme, pero la cabeza no me ha dado un solo segundo de tregua.

Lo único que me pide el cuerpo es bajar a mi camarote, tomarme una pastilla y cerrar los ojos hasta la hora del almuerzo.

Antes, me detengo un momento en el alerón de estribor.

El sol ya ha ganado altura sobre el horizonte de Cozumel, tiñendo el agua de un tono cobrizo que, poco a poco, se transforma en el azul intenso del Caribe.

La luz golpea el metal de la superestructura y los cristales, obligándome a entrecerrar los ojos.

Es una imagen limpia, precisa, el tipo de calma que debería serenar a cualquiera, pero que a mí solo me confirma que el día ha empezado y yo sigo con la cabeza en el mismo sitio que anoche.

Me quedo ahí hasta que el calor empieza a ser molesto sobre la piel; después, entro de nuevo.

El ascensor de servicio me evita el pasillo de los pasajeros, permitiéndome llegar directo a la zona residencial de oficiales sin tener que aguantar las miradas de los turistas. Una vez en el camarote, la gorra se queda sobre el escritorio y yo me dejo caer a plomo en la litera, a oscuras.

No me quito ni el uniforme. El peso del cinturón con las llaves de los mamparos se me clava en la cadera, pero no tengo energía ni para desabrocharlo.

El camarote está helado por culpa del aire acondicionado a máxima potencia.

Intento ignorar el dolor de cabeza, esperando que la oscuridad y la pastilla hagan su trabajo y me desconecten del mundo, aunque sea un par de horas.

En cuanto cierro los ojos, veo los suyos. Es inevitable.

Lo peor de todo es que, hace tres meses, ella me salvó la vida.

Lauren entró cuando más lo necesitaba y me devolvió una ilusión que parecía haber enterrado para siempre.

Entonces, el mero hecho de cerrar los ojos y pensar en ella se convirtió en mi mejor sueño.

Ahora, la ironía es insoportable: se ha convertido en mi nueva pesadilla, sustituyendo a la anterior.

Los recuerdos vuelven a aparecer en cuanto apago la luz.

Me asaltan esos besos robados a contrarreloj entre una guardia y otra, los paseos clandestinos por las playas de Cozumel cuando conseguíamos escaparnos una hora, la complicidad de nuestros encuentros a escondidas en mi camarote.

Todo lo que antes me daba la vida ahora me revienta por dentro.

Y verla anoche, riéndose y tonteando con la marea de coreanos en el bar, solo ha servido para echarle sal a una herida que no sé cómo cerrar.

Porque le insinué que estaba celosa cuando la cruda realidad es otra: soy yo el que no es capaz de arrancarla de mi cabeza por mucho que lo intente.

Puedo esconder la rabia bajo una fachada de indiferencia y camuflar las ganas de huir con un par de frases cortantes.

Puedo alargar las discusiones hasta que solo quede amargura, pero es mentira.

La verdad es que el único que se está quemando por cada tipo que la mira más de dos segundos, por cada desconocido al que ella le regala una sonrisa… soy yo.