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Lauren
Adoro a Callie.
Tengo que reconocer que, gracias a ella, todavía no me he vuelto loca en este trabajo, pero a veces es demasiado intensa.
Los coreanos son unos chicos increíbles.
Parecen sacados, tal y como los definió Adela, del backstage de un concierto de BTS, o directamente podrían pasar por sus dobles.
Llevo encima un par de cervezas y el cansancio me está haciendo estragos .
Con este inglés cerrado que chapurrean y la luz parpadeante, me cuesta horrores distinguir quién es quién.
Mi amiga está encantada, al igual que muchas de las chicas más jóvenes del staff .
La entrada de este grupo le ha debido de revolver las hormonas a más de una, no solo a la pobre Adela.
El bar está tan lleno que me resulta imposible conectar con este ambiente.
—Deberías empezar a pasar de Rodrigo y disfrutar de la vida —me suelta Callie al oído, alzando la voz por encima de la música—. Esta sequía que me llevas no es normal, Lauren. ¡Que estás en lo mejor de tu vida, y a veces pareces una abuela!
—No tiene nada que ver con eso, Callie —le aseguro, apartando la mirada de la pista—. Sabes que no… Simplemente, no sé qué me pasa.
Pero claro que lo sé. Me jode reconocerlo y, por mucho que me duela admitirlo, todavía estoy colgada del imbécil de Rodrigo.
¿Lo odio? Sí.
¿Lo detesto? Por supuesto.
¿Lo tengo superado? Rotundamente no.
Norton y él están sentados al otro lado de la barra, con sendas cervezas en la mano y escaneando el local de arriba abajo.
Las chicas nuevas del Spa son su objetivo prioritario y ninguno de los dos se molesta lo más mínimo en disimularlo.
Las miran descaradamente, y no me hace falta escucharlos para imaginar que estarán apostando a ver cuál de ellas se llevarán a la cama esta misma noche.
Claro que Callie está pensando exactamente lo mismo de los chicos asiáticos; no deja de coquetear con ellos, centrada en especial en uno que parece demasiado perfecto para ser real. Yo, sin embargo, no pienso entrar en ese juego.
Pero reconozco que, muy a mi pesar, soy incapaz de apartar el radar de Rodrigo; intento disimular, pero es imposible no tensarme cada vez que lo pillo mirando de reojo hacia nuestra zona.
—De verdad, decidme de dónde han salido estos bombones —escucho a una de las chicas del staff , ahogando una risita tímida—. ¿Se consideraría delito si quiero hacer cosas muy guarras con ellos aunque no entienda ni una palabra de lo que dicen?
Comentarios así vuelan entre carcajadas a medida que el alcohol va desinhibiendo al personal.
Es lo que tienen las guardias de doce horas: no hay otro sitio al que ir ni nada más que hacer.
Todo el mundo acaba varado en el crew bar durante sus descansos, y la gran mayoría se niega a regresar solo a su camarote.
Uno de los coreanos se inclina hacia mí y me dice algo al oído, chapurreando un inglés con un acento cerradísimo mezclado con un español imposible.
Esa amalgama idiomática es el pan de cada día aquí abajo.
Veo a Callie guiñarme un ojo, dándome a entender que ella acaba de hacer match instantáneo con otro de los chicos.
Al final, este antro funciona como un Tinder flotante en tiempo real.
—¿Me dejas la cabina un par de horas, Lauren? —me susurra al oído, sin soltarle la mano al chico—. Esta noche me lo he ganado, necesito evadirme. Este al menos no va a contarme sus penas; y, si lo hace, no voy a enterarme de nada.
Casi no me da tiempo ni de protestar. Y lo que más me jode es que estaba hecha polvo, deseando meterme en la litera y darle un respiro a mis pies, y resulta que ella, la misma que ha insistido en arrastrarme al bar, se larga a las primeras de cambio con el primer guapo que le hace ojitos.
Le pido otra cerveza a Milo, el barman, pero antes de que llegue a servírmela veo a Callie desaparecer entre risas con el chico.
El reloj apenas marca las doce y media y los graves de la música empiezan a destrozarme la poca estabilidad emocional que me queda. Necesito salir a cubierta y dejar que el fresco de la noche me despeje el cerebro.
El chico que intentaba ligar conmigo se da cuenta enseguida de que no tiene nada que hacer y se marcha a probar suerte con otro grupo, un desinterés que aprovecho para escabullirme. Ahora que Callie no me ve, ya no tengo por qué fingir que me estoy divirtiendo.
Pero no lo puedo evitar y antes de cruzar la salida, echo una última mirada hacia la barra buscando a Rodrigo.
Para mi sorpresa, su taburete está vacío y eso hace que la rabia me suba directa a la cabeza; no sé con cuál de todas, pero ya me lo imagino encerrado en su cabina con alguna de las masajistas nuevas.
Empujo la pesada puerta estanca para salir a la terraza exterior de la back deck y, justo al cruzar el umbral, me tropiezo con él de bruces. Se ha quedado parado junto al pasamanos de popa, bloqueando el paso con su enorme envergadura en un rincón donde el espacio siempre es un lujo.
—Vaya —dice, apartándose de golpe como si mi simple contacto le causara repulsión—. ¿Te vas sola? Ya te hacía con uno de los nuevos. Parecía que te lo estabas pasando muy bien.
De verdad que no quiero ganarme un problema con recursos humanos antes de hora, pero si ese mismo comentario lo hubiera hecho cualquier otro tío que no fuera un oficial superior en este barco, ya habría soltado la mano para cruzarle la cara de un bofetón.
—Ya —le respondo simplemente, conteniendo los puños—. ¿Me dejas pasar?
Uno de los grandes problemas de vivir a bordo es la maldita falta de espacio. Si te encuentras a alguien de frente en estas zonas de paso, cruzarse sin llegar a rozarse es casi un milagro.
—Por supuesto, señorita Hall. Yo ya me iba.
—Vaya, ¿ya te marchas? ¿Y solo? —le espeto, incapaz de frenar mi propia lengua—. Creía que el oficial Norton y tú os estabais repartiendo a las nuevas. Eso parecía.
Rodrigo da un paso hacia mí, acortando la distancia en mitad de la oscuridad de la cubierta.
—¿Me estabas controlando, Hall? ¿O es que me vigilas?
—Tú sueñas, Alana. No te creas tan importante. Déjame pasar, anda.
Él me ignora y sigue clavado en el sitio, mirándome desde arriba, y no solo me refiero a su altura, sino a su rango. Me hace sentir pequeña e insignificante, y eso no se lo tolero a nadie. Hago ademán de avanzar y solo entonces se aparta un paso.
—No tengo que darte ningún tipo de explicaciones, ¿vale? —suelta Rodrigo, cruzándose de brazos.
—Ni yo te las estaba pidiendo.
—Pues no es lo que parecía —me responde él.
—¿Y qué es lo que parecía? ¿Eh?
Rodrigo da un paso más, acorralándome sutilmente contra el metal.
—Es evidente, Lauren. Estás celosa.
—Eres… —Me muerdo la lengua para no perder los papeles por completo—. Que te den.
Le doy la espalda de inmediato, apoyándome en el pasamanos de la barandilla e intentando ignorarlo para que no pueda verme la cara.
—No me estaba repartiendo nada con nadie. Me voy a dormir ya —me contesta tras un breve silencio, con un tono que no consigo descifrar—. En menos de cinco horas tengo que estar despierto en el puente de mando para iniciar la maniobra de aproximación a Cozumel.
—Perfecto —respondo, enfocada únicamente en el reflejo de la luna sobre el agua—. Pues que te vaya bien.