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Crew bar
Crew ba r : El único rincón del barco prohibido para los pasajeros. Un oasis de música alta, confidencias y alcohol a precio de coste. Si un crucero es una ciudad flotante, este bar es su barrio del pecado.
Primer crucero (Hace tres meses)
Empujo la pesada escotilla de acero de la back deck , la terraza abierta de la popa donde está encajado el bar de la tripulación. La música alta me golpea de lleno, pero esta noche no arrastro el agotamiento de los demás.
Al contrario: desbordo una energía que hacía mucho tiempo que no sentía.
Vuelvo a incorporarme al servicio tras un mes de vacaciones obligatorias por ley, treinta días eternos en tierra firme tras haber encadenado once meses seguidos de navegación en mi anterior contrato.
Cualquiera en este negocio habría matado por estirar ese descanso, pero para mí ha sido un suplicio.
Aproveché el parón para ir a Nuevo México a visitar a mi madre. Estuvo bien volver a casa unas semanas, sobre todo porque así pude conocer por fin a mi sobrina Clara, la niña que acaba de tener mi hermana Esther.
Cumplí con la familia y las visitas de rigor, pero la realidad es que en tierra no tengo a nadie.
No hay raíces ni un hogar esperándome al final de una carretera.
Mientras la mayoría sufre por alejarse de los suyos para subir a bordo, a mí la ansiedad me devoraba por no sentir el balanceo del acero bajo los pies.
El mar es el único sitio donde siento que pertenezco y, este puente, el único lugar del mundo donde sé quién soy.
Vuelvo a empezar un contrato de once meses con la ambición de ascender a primer oficial; nada va a desviar mi objetivo.
Es esa tranquilidad de tenerlo todo bajo control lo que me hace avanzar directo hacia la barra. Esquivo sin esfuerzo el barullo de lenguas y nacionalidades, con la única intención de pedir la primera pinta de la travesía y estrenar el contrato como se debe.
Entonces es cuando la veo.
Está sentada en uno de los taburetes altos junto a Callie, riéndose con ganas mientras un chaval del servicio de cabinas —al que reconozco de mi anterior contrato, aunque ni siquiera sé su nombre— le cuenta algo gesticulando con las manos.
Es rubia, con una melena brillante que le cae sobre los hombros y unos ojos claros que destacan incluso bajo la tenue iluminación del bar. En cuanto la veo, sé que tengo que acercarme; necesito ver desde mucho más cerca de qué color son.
—¿Me presentas a tu amiga, Callie?
En cuanto suelto la frase, el chaval me reconoce. Su actitud cambia al instante. Sin añadir más, recoge su vaso y se aparta a toda prisa, perdiéndose entre la gente. La chica nueva se queda quieta, observando con extrañeza cómo se aleja, sin entender absolutamente nada de lo que acaba de pasar.
—Él es Rodrigo Alana —dice Callie señalándome—. Y ella es mi nueva compañera de camarote, Lauren Hall, del departamento de Atención al Cliente.
—Ouch… —exclamo con una mueca de fastidio—. Las chicas que solucionan problemas y, al mismo tiempo, los provocan.
Lauren se vuelve hacia mí tras la presentación de Callie. Sus ojos claros recorren mi rostro con curiosidad, aunque no parece divertirle mi comentario en absoluto. Alza una ceja, señala con la cabeza la dirección por la que se ha marchado el chico y pregunta directamente:
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué se ha largado?
Callie se anticipa antes de que yo pueda contestar:
—Que te lo cuente él.
Dicho esto, se levanta, nos mira de reojo y se marcha directa al baño mientras se encoge de hombros, dejándonos solos. Aprovecho el momento para dar un paso al frente y reducir la distancia que nos separa.
—Me llamo Rodrigo, por cierto —añado, manteniendo el contacto visual—. Soy el segundo oficial a bordo.
—Sí, ya lo he oído —responde, seca—. ¿Podrías explicarme por qué ese chico se ha marchado sin decir nada en cuanto has llegado?
—Bueno, ese chico es de la tripulación de limpieza de cabinas… Sabe cuál es su lugar y que no tiene nada que hacer.
—¿Nada que hacer de qué? ¿Conmigo? —replica ella, cruzándose de brazos—. Pues es bastante mono, la verdad.
—Puede ser, pero…
—¿Pero qué? —me insiste, sin dejarme terminar—. ¿Acaso tenéis un orden de turnos? ¿Hemos vuelto al siglo quince y hay una especie de derecho de pernada?
Su pregunta me descoloca. No por el significado del término en sí, sino por el descaro con el que me lo suelta a la cara.
—Bueno… no exactamente, es que…
—El chico ha supuesto que, como uno de los oficiales se ha acercado a mí, él no tiene nada que hacer. ¿Es eso? —concluye ella, haciendo un gesto hacia el resto del bar con una sonrisa irónica ¿Es así como funcionan las cosas aquí?
Yo balbuceo. Me quedo sin saber qué decir y tengo que reconocer que es algo que no recuerdo que me pasara con una chica desde la adolescencia. Esta tía me está desarmando sin pestañear.
—No es eso, yo… lo siento.
—Más te vale, oficial… Rodrigo. —Hace una pequeña pausa para remarcar el cargo—. Ha sido un placer conocerle. Pero si me disculpa…
En ese preciso momento, Callie viene al rescate.
Vuelve del baño y ocupa su sitio en el taburete de al lado.
Yo me quedo plantado como un imbécil, sosteniendo mi jarra de cerveza mientras asimilo cómo una recién llegada acaba de arrojar por la borda toda la seguridad que traía en mi primer día, y sin el más mínimo esfuerzo.
—Disculpa a Rodrigo, Lauren —interviene Callie, captando la tensión en el aire—. De hecho, disculpa a todos un poco por aquí. La vida en un crucero no se parece en nada a lo que has podido vivir en tierra. Ya te acostumbrarás.
Callie se gira hacia mí con una sonrisa.
—Por cierto, Rodrigo… Yo también me alegro de verte. ¿Qué tal tus vacaciones?
La ironía en la voz de Callie no me sorprende. Llevamos coincidiendo en este barco y en esta ruta durante más de dos años. Ella ya estaba aquí cantando en el teatro cuando yo entré por primera vez, y hemos sido buenos amigos, con algún que otro escarceo de por medio, durante todo este tiempo.
—Perdona, he sido un idiota —admito, dándole un beso en la mejilla mientras la rodeo con el brazo—. Yo también me alegro de verte.
Lauren nos observa en silencio mientras Callie y yo intercambiamos cuatro frases sobre estas últimas semanas.
Ella me cuenta su viaje a Nueva York para visitar a su familia; yo le menciono los días en Nuevo México con la mía.
Lauren nos sigue con la mirada, escuchando con una atención absoluta, como si estuviera memorizando cada detalle.
Callie se vuelve hacia ella y comienza a explicarle las normas no escritas de la vida en el barco. Yo, en cambio, desconecto por completo.
Me quedo donde estoy, casi sin moverme, hipnotizado por el azul de sus ojos y por el movimiento de sus labios cada vez que sonríe. Es una sensación extraña: el bullicio del bar, la voz de Callie, incluso mis propios pensamientos, se desvanecen hasta dejar solo el brillo de su mirada.
Es una chica preciosa, y eso es tan evidente como que el horizonte se curva sobre el mar. Pero no es eso lo que más curiosidad e intriga está despertando en mí.
Es la manera descarada de comportarse en un lugar al que todos, casi sin excepción, venimos con una inseguridad total. Porque, a pesar de la idea romántica que tienen muchos de vivir en un barco, de cruzar el océano y visitar lugares paradisíacos… la realidad es bien distinta.
Y da miedo.