Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 7
13%

7

Rodrigo

—El capitán está hoy que no hay quien lo aguante —masculla Norton, dejando caer un par de cervezas bien frías sobre el metal de la mesa.

Estamos en nuestra esquina del back deck , la zona que siempre nos reservamos los oficiales de puente y máquinas para marcar territorio y mantener las distancias con el resto del staff .

Me hundo en la silla alta y abro mi botella sin muchas ganas de conversación, sin apartar los ojos de la condensación que resbala por el cristal.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, con tono neutro.

Norton le pega un trago largo a su cerveza antes de responder, visiblemente irritado.

—Pues que casi me echa del puente antes de salir —suelta, levantando las manos para hacer el gesto de las comillas con los dedos—. Por lo visto, la presión de los tanques de lastre no estaba «a su gusto» durante el llenado. El viejo chochea.

Le doy un trago a mi cerveza mientras asiento por cortesía, aunque sé de sobra que el capitán le ha echado una bronca más que merecida. Un error con los tanques de lastre puede comprometer la estabilidad de miles de toneladas en plena maniobra de salida.

Que Norton intente restarle importancia solo confirma que es un incompetente.

Se queja de que el capitán es un maniático, pero la realidad es que prefiere venir aquí a lloriquear que hacer su trabajo con un mínimo de disciplina.

No tiene madera de líder, por mucho que se muera por lucir los galones.

En cuestión de minutos, la conversación da un giro de ciento ochenta grados. El reloj sobre la barra marca la medianoche; el segundo pase del teatro acaba de terminar y, con los pasajeros durmiendo en las cubiertas superiores, la tripulación libre de servicio empieza a reventar el local.

El crew bar se llena de golpe. Entra un grupo de chicos asiáticos, moviéndose desubicados, como astronautas en un planeta extraño.

No tendrán más de veinticinco años y parecen sacados directamente de una de esas series coreanas de moda.

Apestan a entusiasmo y a una inocencia que aquí no les va a durar ni dos telediarios; no tienen ni idea del infierno que les espera en este búnker de acero.

No saben lo que es encadenar jornadas de doce horas diarias sin un solo día libre, aguantar los caprichos de los pasajeros que suben cada domingo o echar tanto de menos una vida real en tierra firme que acabas sufriendo ataques de ansiedad a oscuras en tu litera.

Detrás de ellos, casi al mismo tiempo, aparecen las chicas a las que hacía alusión Lauren.

Son tres terapeutas nuevas que acaban de embarcar para hacerse cargo del spa de la cubierta 12.

Se las ve agotadas, aunque intentan mantener el tipo frente a la barra con esa falsa sonrisa de quien todavía cree que el trabajo a bordo es una aventura.

Me da rabia pensar que muchas de ellas tendrán que aprender a lidiar por las malas con más de un pasajero borracho que, por el simple hecho de haber pagado una suite , se piensa que tiene derecho a exigir algo más que un tratamiento relajante.

No sería la primera vez que desde el puente de mando tenemos que gestionar un altercado de ese calibre, desembarcar al cliente con la policía en el siguiente puerto y recordarles a las mafias que gestionan las concesiones de a bordo que mi tripulación no se toca.

Porque la realidad es que nadie quiere enfrentarse a un cliente rico, y mucho menos todas esas compañías externas que contratan a estas chicas en tierra para luego dejarlas a su suerte en mitad del océano.

Pero me importa una mierda el logotipo que lleven en el uniforme.

Aunque no sean empleadas directas de la naviera, en este barco nadie toca a una mujer sin su consentimiento.

Y si lo hacen, van a tener que vérselas conmigo.

Norton me da un codazo en las costillas en cuanto las ve entrar.

—Vaya, las nuevas no están nada mal, ¿verdad?

—Supongo —contesto, lanzando una mirada rápida antes de apurar la cerveza de un trago.

Pero mi atención no es para ellas. Mis ojos están clavados en el otro extremo de la barra, donde Lauren ríe junto a Callie. Hablan con los chicos coreanos, dedicándoles sonrisas que no me gustan un pelo mientras se susurran cosas al oído, ajenas al ruido del bar.

Verla reírse así me jode. Me quema por dentro.

Se supone que todos sabemos a qué venimos desde el primer instante en que pisamos un barco; sabemos que esta vida no tiene nada del glamour que la gente imagina desde tierra.

Esto es solo una burbuja artificial donde compartes todo tu mundo con perfectos extraños durante unas semanas, quemando los días a contrarreloj, con la certeza de que esas caras desaparecerán de tu vida en el próximo puerto sin dejar rastro.

Es una existencia rápida, despegada y tan jodidamente intensa que te consume si no sabes poner límites.

Y mi mayor error fue no ponérselos a ella. Me muerdo la lengua maldiciendo el momento en el que decidí acercarme a su mesa la primera noche, arrepintiéndome con cada fibra de mi cuerpo de haber caído en su red.

Hoy hace justo doce semanas de navegación. Tres meses exactos desde que la naviera le dio el alta en el sistema y ella cruzó esa misma escotilla.

Pero yo… yo lo recuerdo como si hubiera sido ayer.