Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 6
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Lauren

Me quedo parada en mitad del pasillo VIP, viendo cómo Rodrigo Alana se aleja hasta doblar la esquina de servicio.

Desaparece de mi vista sin dignarse a mirar atrás ni una sola vez, como si mi presencia fuera algo que pudiera ignorar con la misma facilidad con la que ignora los protocolos de cortesía.

Llevo casi diez horas ininterrumpidas de pie, lidiando con el flujo constante de pasajeros de la zona Platino, y tengo los pies tan destrozados que me los amputaría ahora mismo por encima del tobillo solo por el alivio de no sentir más este maldito peso.

Lo único que deseo es arrastrarme hasta mi camarote, descalzarme por fin y dejar el cerebro en punto muerto durante unas cuantas horas de paz.

Lo último que necesito ahora mismo es tragarme la enésima mirada de suficiencia de ese imbécil.

Y no lo digo solo porque me mire por encima del hombro debido a su maldita estatura, sino por esa estúpida manía que tienen los oficiales de creer que los galones les dan carta blanca para humillar al resto del planeta

Pero se ha equivocado de chica: Lauren Hall no se achanta ante nadie y a mí no me impone un puto uniforme, por muy blanco e impoluto que lo lleve.

¿Quién coño se cree que es para tratarme así? Lo odio tanto que sería capaz de arrancarle esos malditos ojos verdes con mis propias manos si me diera la oportunidad.

Quizá me estoy dejando llevar demasiado, perdiendo la cabeza en este ataque de ira, pero es que, joder, no lo soporto.

Bajo al búnker de la tripulación en el ascensor de servicio y recorro el pasillo central, decidida a encerrarme en mi caja de cerillas.

Cuando entro en el camarote, Callie está concentrada leyendo un libro, pero le basta verme caer a plomo sobre el colchón para dejarlo a un lado.

Esta chica tiene un radar especial para detectar mi nivel de miseria sin que yo abra la boca; le basta con escuchar la forma en la que estrello los tacones contra el suelo.

—Día duro, ¿eh? El del embarque siempre es el peor —me dice con esa voz de cantante que es música para mis oídos—. ¿Ha pasado algo?

—Lo de siempre —resoplo, hundiendo la cara contra la almohada—. Al menos, lo del último mes y medio.

—Has vuelto a discutir con Rodrigo, ¿no?

—¿Discutir? No. Qué va, ya ni siquiera hacemos eso —replico, dándome la vuelta para clavar los ojos en la litera de arriba—.

Él me ignora, me mira con desprecio y escupe sus órdenes.

Y yo… Bueno, yo soy esa chica que usa la ironía y el sarcasmo para esconder que se está muriendo por cruzarle la cara.

Callie se ríe. En estas últimas semanas se ha convertido en mi paño de lágrimas oficial. Mi psicóloga de guardia, mi consejera sentimental y mi amiga. Probablemente, la mejor que tengo a bordo, porque Sheryl y Anne están en tierra y apenas puedo hablar con ellas. Las echo muchísimo de menos.

Se suponía que en este crucero iba a poder tenerlas cerca; para eso me maté por gestionarles esos pasajes a precio de saldo, y las muy traidoras me han dejado sola. Otra vez.

—No deberías darle tanta importancia, Lauren. Rodrigo siempre ha sido así.

Callie lleva advirtiéndome sobre él desde el primer día que embarcamos, pero yo, fiel a mi costumbre, decidí ignorar todas las señales y las banderas rojas. Y, ahora, aquí estamos, pagando las consecuencias.

—Es un arrogante y un idiota —gruño entre dientes, sintiendo cómo la bilis me sube por la garganta—. Y… Joder, cómo lo odio.

Callie se levanta, me da uno de esos abrazos que me dejan sin respiración y coge el portatrajes con el vestuario del espectáculo antes de dirigirse al baño. Justo antes de cerrar la puerta, se asoma con una sonrisa cómplice.

—Vamos a bajar a cenar, ¿vale? Descansas mientras yo actúo y, en cuanto termine mi turno, nos vamos al crew bar y nos emborrachamos. ¿Qué me dices? —me propone, esperando mi reacción.

—No sé si estoy de humor, Callie —respondo, dejando caer la cabeza contra el colchón—. Además, tengo los pies destrozados.

—Pues no bailamos. Solo bebemos y revisamos a los nuevos. Me ha dicho Adela que ha entrado una flota de camareros coreanos… Y hace mucho tiempo que no como… asiático.

La escucho reírse a carcajadas mientras desaparece en la ducha. El sonido del agua empieza a correr tras la mampara y yo me quedo boca arriba, pensando en que sí, en que necesito evadirme urgentemente y tener una noche de chicas como las que siempre disfrutaba en Texas City con Anne y Sheryl.

El problema es que la euforia me dura poco.

Soy plenamente consciente de que, al igual que yo, Rodrigo también estará allí.

Y de pronto, la pulla que yo misma le he soltado hace un rato sobre las chicas nuevas del staff ya no me parece tan divertida.

Sé perfectamente lo que va a pasar: en cuanto lo vea intentando llevarse a una de ellas a la cama, los celos me van a reventar por dentro.

Aunque no quiera admitirlo, la sola idea de imaginármelo con otra me revuelve el estómago.

El crew mess nos recibe con un estruendo de bandejas metálicas, voces en cinco idiomas diferentes y el omnipresente olor a fritura que flota siempre en la Cubierta 2.

Callie y yo cogemos un par de bandejas de plástico de la pila y nos metemos en la fila del bufé, esquivando a dos oficiales de máquinas que discuten a gritos.

A mitad de la barra, detecto dos siluetas que examinan la línea de frío con cara de pocos amigos. Son Aris Sherman, el médico júnior, y Marta, una de las enfermeras del hospital de a bordo. Estudian las bandejas de lechuga con la misma gravedad con la que se analizaría una radiografía de tórax.

—Esos dos últimamente no se separan ni para ir al baño —le susurro a Callie, señalandolos con un sutil movimiento de barbilla.

—Normal. En la clínica o te haces uña y carne con el único novato que está igual de explotado que tú, o terminas hablándole a las paredes —responde Callie con una risita, empujando su bandeja sobre los raíles—.

Además, Aris es un pedazo de pan, aunque el pobre siempre tiene cara de estar a punto de desmayarse si un pasajero Platino le estornuda encima.

Avanzamos un par de metros hasta la sección de los platos calientes.

Al otro lado del mostrador, rellenando un contenedor gigante de arroz, nos espera Adela Santos.

La cocinera nos ve llegar y su gesto de cansancio se evapora de golpe.

Le planta una ración generosa a Callie y, acto seguido, se inclina sobre el acero, bajando la voz con una mirada de absoluta complicidad.

—Joder, chicas, lo de hoy es una locura —nos suelta Adela, señalando con la espátula hacia los fogones traseros—. Es como volver a mi etapa del K-pop. Con la marea de camareros coreanos que han metido esta mañana para el restaurante principal, la cocina parece el backstage de un concierto de BTS.

Callie suelta una carcajada limpia mientras yo niego con la cabeza, contagiada de inmediato por su entusiasmo casi adolescente.

—¿Ves? Te lo dije —insiste Callie, dándome un codazo en las costillas mientras enfilamos el pasillo en busca de una mesa libre—. Esta noche se bebe, Lauren. Hay demasiada carne fresca a bordo como para quedarnos encerradas y deprimidas.

Suelto la bandeja sobre la primera mesa vacía que encuentro. Me desplomo en la silla y me quedo mirando el plato, sin rastro de apetito, mientras las palabras de mi compañera empiezan a hacer mella en mi resistencia.

—Está bien, tú ganas —cedo, pinchando una patata con el tenedor—. Aunque me dé una pereza increíble y me revienten los pies, reconozco que necesito apagar el cerebro unas horas si no quiero tirarme por la borda antes de llegar a México. Una noche de chicas nos vendrá bien.

Callie sonríe con suficiencia, saboreando su victoria.

—Y respecto a lo que ha dicho Adela… —añado, dibujando una sonrisa de medio lado—.

Habrá que bajar a comprobar si es verdad que los coreanos nuevos tienen el nivel de BTS o si todo se queda en puro marketing .

Si voy a arriesgarme a cruzarme con Alana en la barra, al menos que el paisaje compense el mal trago.

A Callie se le ilumina la cara, alarga la mano por encima de la mesa y me choca los cinco con entusiasmo.

—¡Joder, esa es la actitud! —exclama, soltando una carcajada—. Te aseguro que en cuanto te tomes el primer trago, ni te vas a acordar de quién está en la barra.

La observo disfrutar de su victoria. Aunque agradezco que intente animarme y sonrío como si no me importara nada, la realidad es otra.

Verlo cada día se ha convertido en una tortura; al fin y al cabo, estamos encerrados en este tubo de acero y no hay forma de escapar.

A estas alturas, la única opción de perderlo de vista sería renunciar al contrato o saltar por la borda…

y, sinceramente, no tengo claro cuál de las dos opciones me ahorraría más dolores de cabeza.