Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 5
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Rodrigo

—Recibido, señor. Control transferido —respondo, completando el protocolo de traspaso con mi compañero de guardia antes de retirarme.

Bajo las escaleras de servicio de tres en tres, manteniendo la mandíbula firme para camuflar el mal humor que arrastro desde que desatracamos.

Dejar el puente de mando debería darme un respiro, pero lo único que tengo metido en la cabeza es la imagen de la cubierta de abajo.

Me cabrea comprobar que, después de todo este tiempo cruzándonos a diario en el comedor de oficiales o ignorándonos con desprecio por los pasillos, me ha bastado verla un segundo de espaldas en la barandilla para que todo el autocontrol que gano en mis guardias nocturnas se evapore.

Es ridículo que todavía me desestabilice de este modo encontrármela sin esperarlo, y me fastidia ser tan jodidamente débil cuando se trata de ella.

Atravieso el pasillo hacia las cabinas de oficiales para cambiarme.

El simulacro general ya ha terminado y los altavoces han vuelto al silencio, pero la pantalla de mi tableta acaba de encenderse con un aviso en rojo.

La Estación B va con retraso. Hay un diez por ciento de rezagados de la zona Platino que han ignorado deliberadamente el aviso, y si esa lista no se completa antes de salir a mar abierto, el sistema del puente me marcará el reporte de seguridad como incompleto.

No necesito que el Capitán me lo recuerde; no quiero ninguna anotación negativa en mi expediente por un descuido ajeno, y me revienta que la cubierta 6 sea la única que todavía no tiene luz verde.

Me coloco bien la chaqueta del uniforme blanco de gala, me ajusto la gorra reglamentaria y cojo el walkie-talkie junto con la tableta de la naviera.

Mientras el ascensor sube hacia la cubierta 6, noto cómo el mal humor me va ganando terreno por dentro.

Me irrita que, por culpa de cuatro turistas irresponsables que pasan de cumplir una norma básica, tenga que ir a solucionar el desajuste, romper nuestra ley del hielo y plantarme cara a cara con Lauren para exigirle explicaciones.

Al fin y al cabo, el área de g uest services, en la zona Platino es su responsabilidad.

Salgo al pasillo de la zona VIP y la encuentro justo en mitad de la intersección principal.

—Hall —la llamo, deteniéndome a un metro de ella y fijando la vista en la pantalla de mi dispositivo para mantener las distancias—. La Estación B es el único sector de todo el barco que sigue registrando una alerta en rojo. Nos falta un diez por ciento de confirmaciones en esta cubierta.

Lauren se gira sin prisas, apretando la tableta contra su costado.

Sus ojos apenas se detienen un segundo en los indicadores del fondo antes de cambiar de expresión.

En cuanto una pareja de mediana edad pasa a nuestro lado, dibuja esa sonrisa profesional, falsa y ensayada, que reserva para los pasajeros; una máscara vacía que mantiene intacta hasta que se alejan.

—Estamos en ello, oficial Alana —responde, modulando la voz con calma profesional—. El sistema informático de la cubierta 6 ha sufrido una caída de red hace diez minutos y hemos tenido que reiniciar los lectores manuales. Mi equipo ya está revisando las últimas cabinas del pasillo de babor.

—Pues agiliza el proceso —le exijo, acercándome a ella para que ningún pasajero escuche la bronca—.

El puente de mando va a cerrar el informe de seguridad de la salida en menos de cinco minutos.

No pienso cargar con un reporte negativo en mis estadísticas porque Atención al Cliente no sepa lidiar con un desajuste del sistema. Mueve a tu gente ya.

Antes de que Lauren pueda soltarme la réplica que ya le tiembla en los labios, la puerta del camarote 6208 se abre de golpe.

Un hombre de unos cincuenta años, vestido con una camisa de lino carísima y con cara de pocos amigos, sale al pasillo sosteniendo su tarjeta Platino entre los dedos.

—¿Se puede saber por qué me siguen llegando alertas al móvil para que baje al punto de reunión?

—brama el turista, ignorándome por completo y encarándose con Lauren—.

He pagado una suite VIP y ya he visto el maldito vídeo de seguridad en la televisión de mi habitación.

No pienso perder ni un puto minuto más de mis vacaciones haciendo filas absurdas en el pasillo.

Doy un paso al frente con el pulso acelerado, furioso por la soberbia de aquel tipo.

Me entran ganas de decirle las cosas claras y recordarle que ignorar un protocolo de seguridad en un buque en movimiento es motivo suficiente para que lo bajen en el primer puerto.

Estoy a un segundo de perder los papeles, pero el brazo de Lauren se interpone en mi trayectoria, frenándome.

Ella se adelanta y, en cuestión de segundos, su expresión se transforma en esa sonrisa amable y complaciente que utiliza para lidiar con los pasajeros.

—Tiene toda la razón, señor Vance, y le pido disculpas por las molestias —interviene Lauren, extendiendo la mano con delicadeza—.

Su camarote es espectacular, pero el sistema informático del barco a veces tarda unos minutos en registrar las validaciones de las suites de forma automática.

Si me permite su tarjeta un segundo, yo misma solucionaré el error ahora mismo desde mi terminal para que no vuelva a recibir ningún aviso molesto.

El pasajero VIP se relaja al instante, ablandado por el tono de Lauren, y le entrega la tarjeta mientras ella le asegura que el champán de cortesía ya va camino de su cabina.

Observo la escena en silencio, con la tableta pegada al costado.

Me revienta comprobar la facilidad pasmosa que tiene esta chica para torear a los clientes y metérselos en el bolsillo con una sola mirada.

Me jode porque recuerdo perfectamente el día en que esa misma sonrisa me cazó a mí hace tres meses, de la misma forma limpia y letal, y todavía no sé cómo fui tan idiota como para caer en su trampa.

El señor Vance recoge su tarjeta con un gruñido de satisfacción y vuelve a encerrarse en su suite , dejando el pasillo sumido en un silencio incómodo. En ese mismo instante, la tableta digital que sostengo contra el costado emite un pitido agudo.

Miro la pantalla: la alerta en rojo de la Estación B acaba de desaparecer, sustituida por un icono verde que parpadea junto a un rótulo de «Completado al 100%».

Ya no quedan excusas profesionales para seguir aquí plantado, así que me llevo la mano al cinturón, desengancho el walkie-talkie de alta frecuencia y pulso el botón de transmisión, rompiendo la tensión del ambiente.

—Puente, aquí oficial Alana. Estación de Reunión B verificada y cerrada. Informes sincronizados.

—Recibido, oficial Alana. Puede retirarse de la guardia de emergencia —responde la voz del tercer oficial a través del altavoz antes de cortar la comunicación.

Devuelvo el aparato a su sitio y me ajusto la gorra con intención de marcharme hacia el ascensor.

No quiero prolongar este cara a cara ni un segundo más, pero el orgullo me puede y necesito dirigirme a ella.

Es mi forma de dejarle claro quién manda aquí, así que me acerco un paso más, invadiendo su espacio.

—Espero que esto no se vuelva a repetir, Lauren. La próxima vez, asegúrate de que tu equipo tenga a los pasajeros donde debe. No estoy aquí para hacer de niñera de los VIP.

Lauren arquea una ceja, manteniendo esa calma que tanto me saca de quicio.

—Alana, relájate —responde con un tono que roza la burla—. Es un crucero, no un cuartel. A veces, las cosas simplemente se complican.

—Esto es un barco, y un reporte de seguridad no es un capricho. Si no sabes trabajar bajo protocolo, quizás te has equivocado de sector.

Ella suelta un suspiro, como si le aburriera mi exceso de celo. Me giro para irme, pero su voz me frena en seco. Ya no hay rastro de la fachada corporativa; ahora solo queda el veneno.

—Tranquilo, Alana. Hoy ha embarcado un buen relevo de caras nuevas en el staff . A ver si alguna consigue sacarte ese palo del culo en el crew bar antes de que lleguemos a México. Buen viaje.

Me quedo paralizado un instante en mitad del pasillo VIP, con los músculos del cuello rígidos y la rabia, que llevo conteniendo tanto tiempo, a punto de estallar.

Cualquier otra persona se giraría. Y yo debería encararme con ella para soltarle todo lo que me está envenenando por dentro desde que lo nuestro saltó por los aires.

Pero no pienso darle esa satisfacción. Prefiero callar y tragarme las verdades que ahora mismo le escupiría a la cara, igual que llevo semanas haciendo.

Salgo caminando a toda velocidad hacia la zona de servicio, arrastrando otro domingo de embarque más a la espalda.

Es increíble cómo el trabajo de mis sueños, todo lo que siempre he ambicionado en la marina, se ha convertido en un puto infierno por su culpa.