Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 4
8%

4

Primer crucero (Hace tres meses)

Deshacer la maleta en cuatro metros cuadrados compartidos es lo más parecido a jugar al Tetris con tu vida.

Son más de las ocho de la tarde y acabo de terminar mi primera y eterna jornada de inducción en el mostrador.

Florencia se ha pasado cinco horas machacándome con la formación obligatoria que nos meten con embudo a los tripulantes nuevos en cuanto pisamos el barco: desde cómo gestionar las crisis de los pasajeros si el millonario paquete de wifi que han contratado no conecta, hasta memorizar los códigos de emergencia o aprender a manejar el jurásico sistema informático del mostrador.

Estoy intentando encajar mis camisas en un armario que parece un buzón de correos y, aunque los nervios me tienen un poco alerta, me apetece que llegue mañana para empezar de verdad mi trabajo en el Meridian Star.

De repente, la puerta de la cabina se abre de golpe.

Una chica morena, guapísima y con ropa cómoda de calle, entra en el camarote desbordando una energía arrolladora.

Su presencia es magnética, con varios piercings en la oreja que brillan con la luz y algo de tinta visible en el antebrazo.

Me mira de arriba abajo, se salta cualquier saludo formal y me engancha del brazo con un marcado acento de Nueva York que se le nota a leguas.

—Soy Callie, tu compañera de celda —se presenta con una sonrisa enorme—. Y te prohíbo terminantemente que te pases tu primera noche en el barco doblando camisetas como si fueras una anciana. Suelta esa ropa y búscate unos vaqueros, que nos vamos abajo ya mismo.

—Hola. Soy Lauren —respondo, intentando procesar el huracán que acaba de invadir la habitación—. De verdad, gracias por el empujón, pero mañana es mi primer día con los pasajeros y necesito tener la cabeza en su sitio.

—A ver, novata, mírame. —Callie se apoya en el marco de la litera, cruzándose de brazos con gesto divertido—.

Has hecho la inducción con Flor y te habrá dejado la cabeza en otra dimensión a base de datos, protocolos y normas estúpidas.

Lo sé. Pero ahora te voy a enseñar yo lo que hacemos de verdad cuando cruzamos el océano: nos saltamos esas malditas normas.

Si no lo hiciéramos, nos volveríamos locos en menos de dos semanas metidos en este cubo de metal.

Y tú tienes que aprender a saltártelas también si quieres sobrevivir a este contrato. Así que muévete.

Termino cediendo por puro agotamiento mental. Me ajusto los vaqueros, me calzo las zapatillas de lona y sigo a Callie fuera del camarote. En cuanto la puerta metálica se cierra a nuestras espaldas, dejamos atrás la moqueta de la zona residencial y nos adentramos en el verdadero motor del barco.

El I-95 nos recibe con un golpe de calor húmedo, olor a pintura industrial y el traqueteo constante de los motores.

Los de Recursos Humanos ya nos han paseado por aquí esta mañana a todos los novatos en un recorrido de orientación interminable, pero la teoría de sus manuales corporativos no sirve de nada cuando te tiran a la realidad del día a día.

Esto es un pasillo eterno, una autopista ciega de hormigón gris que cruza el casco de proa a popa y que abruma solo con mirarla. Entre los datos técnicos que me ha metido Florencia en la cabeza y las normas de seguridad del barco, siento que me va a estallar el cerebro.

Por suerte, compartir camarote con una veterana equilibra un poco la balanza.

Callie se mueve por aquí como si fuera la dueña del lugar, mientras que yo tengo que caminar pegada a la pared para no ser arrollada por un marinero que empuja un contenedor gigante de sábanas sucias y un cocinero que avanza a toda prisa esquivando los bultos.

—Bienvenida a las entrañas del monstruo —dice Callie, esquivando un carro de lavandería con una agilidad pasmosa—. Por cierto, soy la cantante del grupo Sintonía.

—¿Sintonía? —repito.

—Sí, lo sé, el nombre es una horterada, pero es lo que hay.

Se interrumpe un segundo al cruzarse con un chico que viste uniforme de servicio. Él la saluda con una sonrisa enorme de oreja a oreja y Callie le devuelve el gesto sobre la marcha, lanzándole un guiño rápido antes de volver a mirarme. Queda claro que aquí abajo todo el mundo la conoce.

—Llevo dos años encadenando contratos en el teatro principal de este barco —continúa, sin frenar el ritmo de la caminata— y te aseguro que me paso más horas pateando este cemento que pisando el escenario de la cubierta superior.

—¿Tanto se nota la diferencia entre las zonas? —pregunto, mirando de reojo las tuberías descubiertas del techo.

—Esto es otro planeta, Lauren. Hay una línea invisible que nunca debes cruzar —responde Callie mientras giramos bruscamente a la izquierda en una bifurcación idéntica a la anterior.

Pasamos por delante de una hilera de puertas metálicas que vibran con fuerza, rotuladas con carteles de alta tensión y acceso restringido. Callie camina con paso firme y seguro, obligándome a acelerar para no quedarme atrás en este laberinto gris.

—Nosotros tenemos prohibido pisar las áreas de pasajeros como el casino o las piscinas a no ser que estemos de servicio, y los turistas ni siquiera saben que este pasillo existe —continúa, empujando con el hombro un pesado portón estanco que se abre hacia la siguiente sección—.

Si un pasajero de primera clase pusiera un pie aquí abajo, le explotaría la cabeza al ver que sus vacaciones de lujo dependen de un puñado de tuberías oxidadas y tíos en mono de faena.

Caminamos rápido hacia la popa. Conforme avanzamos, el murmullo constante de la maquinaria sube de tono y las paredes de metal empiezan a vibrar con el golpe de los bajos de alguna música cercana.

Callie se detiene de golpe ante una de las puertas de acceso.

Se da la vuelta para mirarme, con una sonrisa que ya me advierte de lo que viene, y se apoya contra el mecanismo de apertura.

—Supongo que, aunque lleves solo unas horas a bordo, ya habrás oído hablar del c rew ba r… ¿Verdad?

—El bar de la tripulación, ¿no? —pregunto con curiosidad—. Algo he oído, sí.

Callie suelta una carcajada, se inclina hacia mí y baja la voz, como si me estuviera revelando un secreto de estado.

—Olvida todo lo que te hayan contado en el cursillo de inducción.

El crew bar no es solo un sitio donde sirven cerveza barata; es un limbo.

Aquí dentro no hay rangos, ni uniformes impecables, ni jefes vigilando si llevas el pelo tirante.

Solo somos un montón de gente reventada de trabajar, buscando un lugar donde olvidar nuestro propio nombre y el turno que nos toca mañana.

Es el único sitio donde, si alguien te mira mal, probablemente sea porque lleva veinte horas sin dormir, no porque le debas un informe.

Básicamente, es donde venimos a recordarnos que, más allá de este barco, todavía estamos vivos.

—Ni rangos, ni uniformes, ni jefes —repito, intentando asimilarlo mientras me coloco un mechón de pelo detrás de la oreja—. Entendido.

—Exacto. Y cerveza barata —insiste ella—. Bienvenida a la back deck, novata.