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Lauren
El último pasajero de la fila ya debe de ir por su segundo mai tai de bienvenida cerca de las mesas del w indjammer , ese comedor tipo bufé que ocupa la parte alta y que hoy se ha convertido en un hervidero de gente buscando comida.
El atrio por fin se ha vaciado de maletas de mano, carritos de bebé y turistas desorientados, dándome un respiro.
Salgo a la cubierta de proa arrastrando los pies y me apoyo en la barandilla, buscando que el aire me baje las pulsaciones.
Me llevo las manos a la nuca y empiezo a quitarme las horquillas una a una, dejándolas caer en el bolsillo de la chaqueta del uniforme.
Dios, qué alivio.
El moño tirante que nos exige la naviera me estaba destrozando las sienes desde las siete de la mañana, provocándome un dolor de cabeza sordo que ya amenazaba con amargarme el resto de la jornada.
Mi melena cae por completo al soltarla, permitiendo que el viento del puerto me enrede el pelo sobre los hombros.
Los tacones de reglamento me están triturando los dedos de los pies; daría lo que fuera ahora mismo por bajar al camarote, tirarme en la litera y descalzarme, pero sé perfectamente que hoy eso es una utopía.
El primer día de cada crucero es siempre el más demoledor de la semana. Mucho peor que cualquiera del resto de jornadas de navegación.
No importa que les entreguemos un mapa detallado al cruzar la pasarela o que el boletín diario esté en sus pantallas; los pasajeros entran al barco perdiendo por completo la capacidad de leer.
Tienen cientos de preguntas idénticas que repiten como un mantra en el mostrador: a qué hora abre el restaurante principal, si su paquete de bebidas incluye los cafés especiales o dónde se recogen las entradas para el espectáculo de Broadway de la noche.
Es agotador, aunque estoy más que preparada para lidiar con el bucle. Solo necesito cinco minutos de tregua.
Aspiro con fuerza el aire de Galveston. Me encanta este momento.
Incluso el olor rancio a combustible quemado y azufre que sube desde la popa, justo cuando los preparativos para el desatraque saturan el ambiente, me resulta extrañamente reconfortante.
Es la señal de que todo el engranaje, por fin, se pone en marcha.
—Lauren, ¿se puede saber qué coño haces?
La voz de mi jefa me saca de mi burbuja a bofetadas.
Me giro despacio, recomponiendo la postura antes de que ella note mi hastío.
Florencia aparece por la puerta estanca con su tableta corporativa bajo el brazo y esa expresión de urgencia permanente que gasta los días de embarque.
Si te ve parada más de treinta segundos, asume que estás cobrando por respirar.
—Me estaba quitando una horquilla que se me clavaba, jefa. Ya entraba —miento sin pestañear, estirando la chaqueta del uniforme.
—Pues no te duermas, porque tenemos un problema en la cubierta 6 —dice, tecleando algo en la pantalla sin mirarme—.
El departamento de housekeeping se ha retrasado con los camarotes VIP y el champán de cortesía para los clientes platino sigue en el backstage de Relaciones Públicas.
Coge un carrito, distribuye las botellas antes de que los pasajeros terminen de comer y asegúrate de que todo esté impecable. Muévete.
Bajo en el ascensor de servicio hasta donde me ha ordenado.
Es una oficina ciega y sin ventilación, sepultada en las profundidades de la cubierta 2.
Cargo el carrito con una docena de botellas de champán baratas metidas en hieleras de plástico y pongo rumbo a los pasillos de pasajeros.
Empujar este armatoste con ruedas por la moqueta gruesa de la cubierta 6 es lo más parecido a hacer crossfit en tacones.
Las primeras ocho botellas las reparto en tiempo récord, repitiendo la misma sonrisa falsa de catálogo cada vez que un cliente Platino me abre la puerta en bañador.
Esquivo a los turistas que ya arrastran los pies hacia sus cabinas con los primeros síntomas de la mezcla de sol y bufé libre, y planto el carrito frente al 6204 y el 6206.
Son los dos camarotes en los que se alojarán Lydia y sus amigos.
Golpeo la puerta del 6204 con los nudillos, deseando cruzar el umbral para poder apoyar la espalda en la pared y perder la maldita sonrisa de relaciones públicas por unos minutos.
Lydia me abre con una sonrisa enorme y yo me meto en el camarote sin pedir permiso, arrastrando los tacones. Solo entonces me dejo caer en la cama para empezar a masajearme los pies a través de las medias.
—No os hacéis una idea de lo que duele esto —protesto, cerrando los ojos con alivio.
En la cabina también están la hermana de Ethan y su novio, a los que prácticamente acabo de saludar hoy por primera vez en la pasarela de embarque.
Los dos hombres permanecen impasibles, pegados a la pantalla del móvil mientras revisan la aplicación del barco para decidir a qué espectáculo o monólogo irán esta noche. Están totalmente concentrados estudiando la logística del crucero.
Al verlos ahí plantados, tan cuadriculados y analíticos con los horarios, no puedo evitar encontrarles un parecido mucho más que razonable. Tienen ese aire de suficiencia y control que, curiosamente, también gasta Alana en el puente de mando.
Claro que, bien pensado, qué voy a esperar. Debe de ser un defecto de fábrica; parece que el simple hecho de llevar un uniforme les formatea el cerebro para que se comporten exactamente igual.
Yo, mientras tanto, solo puedo mirar de reojo el colchón sobre el que estoy sentada, muerta de envidia por lo cerca que tienen la oportunidad de quitarse los zapatos mientras a mí todavía me quedan horas de servicio y solo pienso en pillar la cama.
—Estos camarotes son una pasada, Lauren. Mi hermana no tiene ni idea de lo que se ha perdido. En serio, mil gracias —dice Lydia.
La otra chica también sonríe mientras que los dos hombres permanecen impasibles estudiando la logística del crucero.
—Disfrutadlos. Me alegro de que os gusten —digo, apretándome el talón a través de la media con una mueca de dolor—. Por cierto, Lydia, tú que eres enfermera, sálvame la vida y dime qué coño me hago en los pies antes de tener que amputarme un dedo.
—En cuanto bajes a tu camarote, mételos en un cubo o en el fondo de la ducha con el agua más congelada que salga y quédate ahí quieta diez minutos para cortar la inflamación. Después, te tiras en la litera, apoyas las piernas rectas contra la pared y te metes un paracetamol. Mano de santo.
—Te besaría ahora mismo si me pudiese mover —le aseguro.
—No es necesario, tranquila —me contesta con un gesto de la mano—, pero oye, esta noche queremos probar el restaurante de especialidades y luego ver el ambiente…
Y hablando de ambiente, he escuchado que los miembros de la tripulación os montáis unas fiestas geniales abajo.
Y que tenéis un bar exclusivo para vosotros en la popa, ¿no? ¿Qué me dices de eso?
—Pues que no os fieis de todo lo que os cuenten —le advierto.
Me cuesta un esfuerzo sobrehumano volver a embutir los pies en los tacones mientras ahogo un juramento; a continuación, estiro la chaqueta del uniforme para recuperar la compostura antes de enfilar el camino de salida.
—Venga ya, Lauren. Dicen que la vida en el barco es intensísima. Igual para la próxima cena de Acción de Gracias nos vienes con un novio oficial. He visto en TikTok que se liga muchísimo en estos sitios.
—Ya te digo, Lydia. No todo es tan glamuroso como lo pintan las redes sociales. Pero sí, tenemos nuestros espacios, y sí… hay mucha cultura del hookup .
—¿Eso qué es? —pregunta el novio de Alice.
Su duda me pilla totalmente por sorpresa.
Me resulta increíble que un piloto, con todas las horas de hotel y escalas que debe de llevar a la espalda, ande tan desconectado de la jerga moderna.
Supongo que, al ser un poco mayor que nosotras, juega en otra liga y se ha quedado descolocado con la palabra.
Su cara de confusión real confirma que no tiene ni idea de cómo nos movemos los demás.
—Básicamente, enrollarse con cualquiera sin hacer preguntas, sexo rápido de una noche y, si te he visto, no me acuerdo —le explico de la manera más natural posible—.
Aunque, bueno, supongo que no es muy diferente a lo que se vive en las urgencias de un hospital o en las escalas de los vuelos.
Me dijo Sheryl que Alice y tú erais pilotos, ¿verdad?
Así que ya sabéis cómo va esto de las burbujas aisladas.
Me despido con un gesto vago de la mano antes de que me pinchen para sacarme más información sobre la tripulación y cierro la puerta a mis espaldas.
La siguiente hora la empleo en tachar de la lista las últimas tareas del día de embarque: supervisar que el tablón de anuncios del atrio tenga los horarios correctos del simulacro de emergencia, sonreír a un par de matrimonios que no encuentran los ascensores de popa y firmar el parte de incidencias en el mostrador principal.
Cuando Florencia por fin desaparece camino de su oficina, aprovecho el momento para huir.
Bajo las escaleras de servicio hacia la cubierta de tripulación y recorro el pasillo central, el I-95, esquivando a los marineros que arrastran sábanas limpias.
Cuando al fin llego a mi camarote, paso la tarjeta magnética por la ranura y empujo la puerta metálica.
El espacio es minúsculo, una caja de cerillas con dos literas y un baño integrado, pero el olor a vainilla del ambientador de Callie me recibe como un bálsamo.
Ella está sentada en la litera de abajo, con las piernas cruzadas y repasando las partituras del show de la noche. Al verme entrar, me regala una sonrisa radiante y deja los papeles a un lado.
—Vaya cara traes, Lauren. Te ha atropellado el día de embarque, ¿verdad? —me suelta con esa cercanía cómplice que solo ella sabe usar cuando es consciente de que estoy al límite.
—Tengo que quitarme estos tacones ya mismo si no quiero perder los dedos —protesto, dejándome caer en el pequeño taburete fijado al suelo—. En serio, no sé cómo coño soportas estar cantando tantas horas subida a los andamios que te pones para el escenario.
Callie suelta una carcajada limpia y se desliza fuera de la cama para rebuscar en el minirefrigerador.
—Al final te acostumbras, te lo prometo. El truco está en no pensar en el dolor hasta que pisas la alfombra del camarote —dice ella, tendiéndome una lata de refresco bien fría—. Toma, hidrátate un poco.
—Veremos si sobrevivo a este día sin desmayarme antes —respondo, soltando un suspiro mientras me siento en el borde de la litera y acepto la bebida.
—Venga, apoya las piernas aquí —insiste ella, señalando el pequeño taburete—. Anda, déjame que te dé un masaje rápido en los gemelos para que te baje la presión.
—¿En serio? Eres la mejor, Callie —le aseguro, dejándome hacer mientras me hundo en el asiento y echo la cabeza hacia atrás.
Cierro los ojos, rindiéndome al alivio inmediato que me devuelven sus manos.
El silencio del camarote solo queda interrumpido por el zumbido constante del aire acondicionado del barco.
Mientras me voy quedando adormecida, la pregunta de Lydia sobre el bar de la tripulación me viene de golpe a la cabeza.
Si supiera la verdad de lo que se cuece ahí abajo.
Si se imaginara lo que pasa en esa cubierta trasera cuando el pasaje duerme…
La primera vez que pisé el Crew Bar fue hace tres meses, a los pocos días de embarcar, y lo último que buscaba yo esa noche era un billete de ida al desastre.