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Rodrigo
Trazar una ruta recta de Galveston a Cozumel en los mapas digitales es la parte fácil de mi trabajo; mantener la disciplina en este puente de mando es lo que verdaderamente me cuesta.
Reviso por tercera vez los datos del radar meteorológico y ajusto los parámetros de la pantalla de navegación. Todo tiene que ser perfecto. Cada maniobra, cada informe y cada guardia son un paso más hacia mi objetivo.
No he encadenado tres contratos seguidos de once meses sin pisar tierra para cometer un error estúpido ahora. Voy a ser el capitán más joven de esta naviera, y para eso necesito que el Meridian Star funcione como un reloj suizo bajo mi supervisión.
Detrás de mí, el murmullo de la cabina se mantiene bajo, casi imperceptible.
En este puente de mando el orden es una religión.
A mi izquierda, Norton, nuestro primer oficial, repasa las listas de verificación mecánica de la sala de máquinas con el walkie-talkie pegado a la oreja.
Es el segundo al mando, el encargado de que toda la tripulación de cubierta funcione, y el muro que tengo que superar si quiero ascender.
Unos pasos más atrás, cerca del ventanal central, la figura imponente del capitán Merrick Price observa el horizonte de Galveston con las manos cruzadas a la espalda.
Él es la ley absoluta en este barco de dos mil pasajeros.
Yo, como segundo oficial, soy el tercero en la cadena de mando, el responsable de trazar la ruta y de que este gigante de hierro no colisione contra nada en mitad de la noche.
—Oficial Alana —la voz de Norton se abre paso por encima del murmullo de la sala y me hace girar la cabeza—. ¿Tenemos ya la confirmación de la oficina de puerto sobre las corrientes del canal de salida?
—Sí, señor —respondo, señalando la lectura digital en la pantalla secundaria—. El viento del noreste nos va a empujar un par de nudos al virar la boya de Galveston, pero la ruta de salida está limpia. El piloto del puerto subirá a bordo en diez minutos para ayudarnos a salir del canal.
Norton asiente con rigidez, anota el dato en la tablilla de registro y se gira hacia el gran jefe.
—Capitán, todo listo en el puente. Podemos iniciar el protocolo de salida en cuanto termine el embarque.
El capitán Price se da la vuelta despacio, recorriendo la cabina con esa mirada veterana que parece controlarlo todo sin pestañear.
—Excelente. Oficial Alana —me ordena Price directamente—, el personal de tierra está retirando las últimas pasarelas de equipaje. Salga al ala de estribor y confirme visualmente que la cubierta de embarque está despejada para iniciar el simulacro de seguridad.
—Entendido, capitán.
Me ajusto la chaqueta blanca del uniforme y cruzo la puerta estanca hacia la pasarela exterior de cristal que sobresale por el lateral del barco.
Una brisa fresca, propia del invierno suavizado de Texas, me recibe nada más salir afuera.
Me apoyo en la barandilla de acero y vigilo la cubierta inferior, donde los últimos rezagados se apresuran a subir a bordo.
Es un segundo. Un maldito segundo en el que reconozco su silueta ahí abajo.
Lauren sale a la cubierta y se lleva las manos a la nuca.
Con una lentitud que me exaspera, se quita las horquillas y el moño cede bajo sus dedos.
La melena rubia cae y se agita con la brisa del puerto sobre su chaqueta azul marino.
Se inclina hacia la barandilla para ofrecer el rostro al aire del golfo, repitiendo ese gesto que, en otra época —no hace tanto tiempo—, era un espectáculo que me encantaba admirar y que ahora, sencillamente, detesto.
Me obligo a mantener la vista fija. Siento algo que se revuelve dentro, una reacción que me incomoda y que intento enterrar, pero que se queda ahí, golpeando cada vez que ella se mueve.
Me maldigo por quedarme aquí arriba, plantado frente a la cristalera, viendo cómo se libera del pelo como si el resto del mundo no existiera.
Debería estar repasando las corrientes o revisando cualquier otra cosa en el puente, pero mis pies siguen anclados al suelo y mi cabeza no me obedece.
Me quedo ahí, observándola, sin ser capaz de dar media vuelta.
Nunca suelo arrepentirme de mis decisiones, y mucho menos de las mujeres que han pasado por mi cama. Durante los más de dos años que llevo navegando para esta compañía he tenido más aventuras de las que puedo recordar, y jamás me había pesado ninguna.
Nunca.
Hasta que ella cruzó esa pasarela.
Me saca de quicio comprobar que sigue ahí abajo, tan tranquila, mientras yo continúo atrapado en este bucle de orgullo y rabia desde hace un mes y medio. Me jode admitir el poder que todavía tiene sobre mí ese simple gesto de soltarse el pelo.
Maldito sea el día en que esa chica subió a bordo del Meridian Star.
Maldito sea mi empeño por tener que encontrármela a diario en el pasillo central, coincidir en el comedor de oficiales a la hora del almuerzo, soportar su presencia en las cenas de gala y cruzármela de madrugada en las escaleras de servicio.
El barco mide trescientos metros de eslora, pero desde hace mes y medio se me ha quedado pequeño.
—Oficial Alana, pasarela de popa retirada —la voz de Norton resuena a través del altavoz de mi walkie-talkie , devolviéndome a la realidad—. Cubierta de embarque despejada. Regrese al puente.
—Recibido. Voy para dentro —respondo, cortando la comunicación.
Doy media vuelta, dejando atrás la barandilla del ala exterior, y cruzo de nuevo la puerta estanca.
El silencio de la cabina me recibe de inmediato.
Me coloco frente a la consola central y fijo la vista en las pantallas de navegación, donde parpadea la línea verde de nuestro rumbo: la trayectoria exacta que nos llevará a cruzar el Golfo de México de norte a sur.
Conozco cada coordenada de memoria. Siete noches en bucle, semana tras semana.
Dos días enteros cruzando alta mar con la vista fija en el radar, veinticuatro horas atracados en Cozumel, otra jornada idéntica en Costa Maya y un último día en Roatán antes de dar la vuelta y desandar el camino hacia Texas.
Para los pasajeros es el viaje de sus vidas; para mí son solo cinco puertos a los que casi nunca bajo, una rutina mecánica de maniobras de atraque y guardias nocturnas que se repite sin tregua desde que empezó el invierno.
—Alinee el timón, oficial Alana —ordena el capitán Price desde su asiento de mando, con los ojos clavados en el canal de salida—. Active los propulsores de proa. Iniciamos la maniobra de desatraque.
—Timón alineado, señor. Propulsores listos —respondo, empujando las palancas de control con precisión automática.
Bajo mis pies, los motores del Meridian Star rugen con una vibración sutil que hace temblar la estructura del puente.
El coloso de hierro empieza a separarse despacio del muelle de Galveston, con la proa hacia el horizonte abierto.
Sé perfectamente lo que nos espera ahí fuera: cientos de millas náuticas de mar revuelto antes de llegar a aguas mexicanas.
Pero mientras observo cómo ganamos velocidad, lo único que me quema por dentro es el precio de mi propia estupidez.
Gobernar este barco va a ser la parte fácil de la travesía; lo verdaderamente insoportable es recordar el día en que decidí romper la única norma sagrada que me había marcado años atrás.
Me juré no volver a cometer el error de enamorarme a bordo de un crucero.
Blindé mi vida, puse mis límites y permití que Lauren Hall los hiciera añicos en apenas dos semanas.
Caí en mi propia trampa y ahora estoy atrapado aquí, pagando las consecuencias de un naufragio emocional del que solo yo tengo la culpa.