Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7) 1
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Lauren

El invierno en Galveston tiene algo bueno: no hace el calor asfixiante del verano de Texas.

Al menos hoy la marea humana que cruza la pasarela no entra empapada en sudor, lo que hace que el olor en el atrio sea un poco más soportable.

Cualquiera pensaría que la gente que paga miles de dólares por unas vacaciones en un crucero cuida más su higiene personal, pero estos tres meses en el Meridian Star me han enseñado que el dinero no compra el desodorante.

Hoy el panorama es el mismo de cada domingo.

Se repiten los mismos patrones en bucle.

Están las típicas parejas de mediana edad que huyen a la desesperada de sus hijos; las reconoces porque llevan la pulsera del paquete de bebidas ilimitadas bien visible en la muñeca, como si fuera un escudo de armas, dejando claro que no van a dejar escapar ni un solo margarita gratis.

También están las parejas jóvenes que arrastran niños en lugar de maletas. Los críos lloran, patalean y se escurren por la moqueta del mostrador de guest services . Esos berrinches se me clavan en el cerebro al mismo ritmo que el pitido metálico del escáner de seguridad de la entrada.

Bip. Bip. Bip.

¡Odio ese estúpido sonido!

En tierra todo el mundo me decía lo mismo justo antes de aceptar este puesto: «Lauren, qué envidia, trabajar en un barco debe de ser maravilloso».

Se imaginan que mi vida consiste en bajarme en Cozumel, tostarme al sol en la Costa Maya o perderme por las playas de Roatán.

Creen que esto son unas vacaciones pagadas.

La realidad es que la mayoría de los días estoy tan destrozada que no me quedan fuerzas ni para desmaquillarme antes de caerme muerta en la cama de mi camarote.

Aquí se trabajan más de doce horas diarias, de lunes a domingo, sin un puto día libre en todo el contrato.

He de reconocer, que al principio lo cogí con ganas. Supongo que todos cometemos el mismo error de novatas.

Pero ahora mismo me encuentro pagando los excesos de esas primeras semanas de entusiasmo y, lejos de acostumbrarme a la rutina, mi cuerpo me está suplicando a gritos que baje de marcha.

Es verdad que el trabajo me permite vivir de forma independiente.

No estaba preparada para volver al piso de mis padres.

Además, ahorro casi la totalidad de mi sueldo porque aquí no tengo gastos de alquiler ni de comida.

Pero el folleto de contratación no te habla de la letra pequeña.

Nadie te avisa de lo que significa soportar las quejas diarias de pasajeros descontentos por las cosas más absurdas, ni de tener que resolver situaciones verdaderamente incómodas con una calma que por dentro no sientes.

Al menos, mi guest services senior , la encargada de enseñarme todo lo que necesito saber a bordo, hoy me está dando un respiro.

Se llama Florencia, es argentina y posee una habilidad asombrosa para transformar su rostro: muestra una sonrisa de anuncio publicitario cada vez que mira a un huésped y una cara de pocos amigos cuando se gira hacia mí.

Los cuatro primeros cruceros a su lado fueron una auténtica pesadilla.

Según su criterio, yo lo hacía todo mal; mi uniforme nunca estaba lo bastante planchado y mi sonrisa jamás resultaba lo suficientemente amplia para los estándares del   Meridian Star. Por suerte, ahora ha decidido dejarme volar sola, y es algo que le agradezco infinitamente.

La marea humana sigue su curso, un pasajero detrás de otro, hasta el punto de que las caras ya empiezan a repetirse en cada viaje.

Mi compañera Miriam y yo los tenemos catalogados; nos basta verlos cruzar la pasarela para adivinar con exactitud qué tipo de dolor de cabeza nos van a provocar durante la semana.

Ahí están, por ejemplo, los grupos de las despedidas de soltero.

Te escanean de arriba abajo en cuanto entran y nos tratan como si las empleadas de Atención al Cliente fuéramos la primera parada obligatoria de su itinerario o la primera montaña que tienen que escalar.

Son los mismos que se apalancarán en las hamacas a encadenar cócteles y que, en más de una ocasión, terminarán perdiendo el barco en alguna escala por no mirar el reloj.

No sería la primera vez que vemos zarpar el buque mientras algún rezagado nos saluda desde el muelle con cara de pánico.

Ando metida en estos pensamientos cuando los veo aparecer.

La primera en plantarse ante mi mostrador con una sonrisa impecable es Lydia, la hermana de Sheryl.

Justo detrás camina Alice, la hermana de Ethan, el marido de Lydia.

Los dos chicos se quedan un paso por detrás de ellas, sosteniendo las maletas de mano y con cara de no saber muy bien dónde meterse entre tanto turista con sombrero de vaquero.

—¡No me lo puedo creer, trabajas aquí! —exclama Lydia, apoyando las manos en el mostrador con una sonrisa enorme.

—Hola. Bienvenidos al   Meridian Star. —Les sonrío, rebajando el tono formal antes de que la jefa me eche el ojo.

—Yo soy Alice, la hermana de Ethan —añade la otra chica desde atrás, asomándose con amabilidad—, y déjame darte las gracias por la invitación. Este barco es maravilloso.

—Encantada, Alice. No hay por qué darlas —respondo con rapidez, echando un vistazo disimulado a mi derecha—.

Los camarotes se habrían quedado vacíos y los pasajes se habrían desperdiciado, así que sin problema.

Disfrutad mucho de las vacaciones. Subid directos a la cubierta nueve, el bufé ya está abierto.

En cuanto termine mi turno me acerco a vuestro camarote, que tengo un detalle VIP para vosotros.

Los dos hombres se adelantan un paso y me saludan con un asentimiento de cabeza coordinado y una sonrisa idéntica. Al verlos juntos, sosteniendo el equipaje con los hombros relajados y esa misma postura recta, me doy cuenta de que incluso se parecen físicamente.

Les guiño un ojo y ellos se despiden con la mano antes de arrastrar las maletas hacia los ascensores de cristal.

Sé perfectamente que no puedo relajarme.

Aunque ahora me dé un poco más de margen, noto la mirada de Florencia clavada en mi nuca desde su rincón.

Sigue vigilándome, analizando cada uno de mis movimientos para comprobar si mi postura flaquea o si pierdo el tiempo charlando de más con los pasajeros.

El goteo de clientes continúa durante dos horas interminables hasta que el atrio, por fin, empieza a vaciarse. Los berrinches de los niños disminuyen y la megafonía del barco anuncia que el embarque ha terminado.

Respiro hondo y estiro la espalda, buscando alivio para el peso de los tacones. Estoy convencida de que el peor trámite de este domingo ha terminado. Levanto la vista hacia la cristalera de la cubierta superior, buscando aire, pero me detengo en seco.

Ahí está él.

Viste el uniforme blanco, con las dos franjas doradas sobre los hombros, manteniendo esa rigidez que tanto me crispa.

Rodrigo Alana.

El segundo oficial del barco. Vuelvo a alzar la vista, esta vez hacia el puente, para comprobar si sigue vigilando el paso de todo el mundo con esa actitud que me revuelve el estómago.

Al confirmarlo, aprieto los puños y me trago las palabras que me queman la garganta.

Es el hombre que controla cada movimiento a bordo y, ahora mismo, el único motivo por el que desearía que este montón de hierro se hundiera en mitad del Golfo de México.