Vas a cruzar (Chicos de Uniforme 7)
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PRÓLOGO
—¿Me estás diciendo que tienes pasajes gratis y no los vas a usar? —pregunta Lydia, sujetando el volante con una mano mientras avanza despacio por una avenida colapsada de Los Ángeles.
—Te lo acabo de explicar, hermanita —responde Sheryl al otro lado de la línea.
De fondo se escucha el jaleo típico de la cocina—.
Lauren lleva tres meses trabajando en ese crucero como parte del staff y le ofrecen pasajes de última hora.
Son camarotes que se quedan vacíos y nos dan cuatro billetes.
El problema es que Anne y Duke no pueden cogerse esos días, ya se lo preguntaron a sus jefes, y nosotros…
Bueno, la yegua está a punto de parir. Jackson se niega en rotundo a moverse del rancho ahora mismo.
—Ya —Lydia frena ante un semáforo en rojo—. ¿Y qué te hace pensar que nosotros sí podemos irnos? ¿Por qué no se los das a papá y mamá?
—Ya lo intenté, pero les coincide con la boda de la hija de los Montalvo. Tienen el fin de semana ocupado con eso.
—¿Quién se casa? ¿Madeleine?
—¡Lydia, céntrate, por favor! —le corta Sheryl, impaciente—. ¿Qué me dices? Lauren tiene que cambiar los nombres en los pasajes antes de que cierren el manifiesto del barco. Ethan y tú sois los jefes de la clínica, os podéis pillar unas vacaciones improvisadas.
—Yo no soy jefa de nada, Sheryl. Soy enfermera.
—Ethan es tu marido y el negocio es de los dos, son gananciales. No me vengas con tecnicismos ahora.
Lydia mira el reloj digital del salpicadero del coche.
—¿Puedes darme hasta mediodía? Tengo que hablar con él.
—De acuerdo. Solo hasta mediodía. Si a las doce no tengo tus datos, perdemos los camarotes.
Menos de diez minutos después, Lydia entra en el salón de la casa que comparten en Hollywood Hills, dejando las llaves sobre la consola de la entrada.
—¿Un crucero? ¿Por el mar? —pregunta Ethan, sin levantar la vista del historial médico que revisa sentado en el sofá.
—En serio, Ethan, entiendo que le tengas miedo a los aviones, pero no me digas que también te da miedo navegar. —Lydia se acerca al sofá y se detiene frente a él—. Porque esto…
—No me da miedo —responde él, a la defensiva—. Pero, ¿y la clínica? No podemos marcharnos una semana entera. Marcus me va a matar.
—Eres el dueño, el cirujano jefe y no te coges vacaciones desde nuestra boda.
Y ya sabes que esos días fueron poquísimos.
Tenemos una semana entera para dejarlo todo organizado antes de zarpar.
Marcus puede encargarse de la consulta perfectamente.
La rinoplastia de retoque de la señora Valentine puede esperar unos días.
—La cuenta de esa señora es la que paga gran parte de las facturas, cariño, yo no…
—Que se la haga Marcus —insiste ella, quitándole el bolígrafo de los dedos—. Nos vamos de crucero y… ¡Espera! ¡Un momento! ¿Por qué no se lo dices a Alice? Ellos también podrían pedirse estos días. Acuérdate que tenemos cuatro pasajes.
—¿Alice y Josh? —Ethan se queda pensando un segundo, sopesando las consecuencias mientras su mirada se pierde en un punto indeterminado de la pared.
—Pues claro. ¿Con quién si no? Llama ahora mismo. Date prisa, que Sheryl me ha dicho que Lauren tiene que cambiar los nombres en el manifiesto antes de las doce para no perder los camarotes libres.
Lydia camina hacia la cocina mientras Ethan busca el contacto de su hermana en la pantalla del móvil y pulsa el botón de llamada. Espera un par de tonos hasta que escucha su voz al otro lado.
—Hola, Alice.
—¿Qué pasa, hermanito? ¿Qué has hecho ahora? —pregunta ella a modo de saludo. De fondo, se escucha el ruido de la cafetera y un suave choque de tazas.
—¡No he hecho nada! ¿Por qué me dices eso?
—Porque me estás llamando un domingo por la mañana, y ayer mismo estuvimos comiendo en casa de papá. Así que me llamas porque necesitas consejo con algo o porque la has cagado con Lydia.
—Pues no es nada de eso, listilla. Eres muy cruel conmigo y ahora mismo me estoy arrepintiendo de…
—Venga, corta ya. Dime qué quieres.
Ethan suelta un suspiro sonoro, se levanta del sofá para estirar las piernas y camina hacia el ventanal que da a la terraza antes de continuar.
—¿Qué te parece si os venís de crucero una semana por el golfo de México hasta la Costa Maya? Son pasajes gratis, para la semana que viene. ¿Os lo podríais arreglar?
—¡¿Nos estás invitando a un crucero contigo y con Lydia?! —El grito de Alice suena nítido a través del altavoz—. ¡No me jodas! ¡Sí!
—No te estoy invitando yo —aclara Ethan, alejando un poco el aparato de la oreja—. Los pasajes son de la hermana de Lydia. Ellos no pueden ir por un asunto en el rancho y nos los han ofrecido.
—¿Y habéis pensando en nosotros? Ay, qué mono eres.
—Yo no, ha sido idea de Lydia, pero sí —admite él—. Ella piensa que sois los únicos que podríais organizaros con tan poco tiempo. ¿Qué me dices?
—Pues tengo que hablarlo con Josh, pero creo que no habría problema. Llevamos haciendo horas de vuelo extra para elegir destino desde hace meses. Nos deben las vacaciones.
—¿Entonces le digo a Lydia que sí?
—Dame un par de horas y te lo confirmo del todo. ¡Pero muchas gracias!
Alice cuelga y se gira hacia el sofá, donde Josh mira fijamente la pantalla del televisor con el mando a distancia en la mano.
—¿De crucero una semana? ¿Con tu hermano? —pregunta él, sin apartar los ojos de las imágenes.
—De crucero una semana conmigo, Josh. Con tu novia —le corrige ella, dejándose caer a su lado para rodearle el cuello con los brazos.
—Pero, ¿tu hermano va a estar allí metido también?
—Bueno, sí, pero lo importante somos nosotros —insiste ella, apoyando la barbilla en su hombro—.
Estaremos juntos en un barco por el golfo de México.
Es perfecto, Josh. Me vas a llevar de vacaciones.
Piensa que, ahora que vivimos juntos, nos vemos mucho menos que cuando nos conocimos, así que… ¿Qué me dices? ¿Nos pedimos esos días?
Josh sonríe de medio lado y deja el mando sobre la mesa auxiliar, asumiendo que no tiene escapatoria.
—Tu hermano me odia, Alice.
—No es verdad —le da un beso rápido en los labios antes de incorporarse—. Es solo que sois exactamente iguales.