Capítulo 33
Rodrigo
Habían pasado varias semanas y ya estábamos en la casa de la playa, aunque no en la de sus padres, porque aquella la habían ocupado Alegría y Diego junto con sus respectivas parejas.
No lo habían hecho a mala leche, sino por necesidad, pues tenían que prepararlo todo para nuestra boda, una de la que la novia no tenía ni la más remota idea.
Organizarlo había sido toda una odisea, pero mi cuñada tenía tanto arte que Libertad ni siquiera sospechó lo que estaba ocurriendo. Empezando por el vestido. Aquel día tuve que marcharme al jardín, porque el ataque de risa que me entró amenazaba con arruinarlo todo.
Alegría apareció en casa con un vestido de novia que no podía ser más feo y con la excusa de que una de sus clientas había adelantado la boda por un problema familiar, pero no podía acudir a la prueba.
—Liber, por favor, tienes que probártelo y dejar que la modista haga los arreglos sobre tu cuerpo.
—Ale, no puede ser. Cada mujer tiene un cuerpo distinto y sabes que, aunque me lo ponga y me ajuste el ancho, puede que después a ella no le quede bien.
—Pero ya tendremos mucho adelantado. Por favor, por favor…
—Está bien, no me cuesta nada hacerlo. Dile que venga.
—No, si está en la puerta esperando a que dijeras que sí.
El vestido era horrible, pero ella estaba preciosa vestida de novia. Según su hermana, debajo de toda aquella tela espantosa llevaba el forro del vestido de verdad, que serviría de base para tomarle las medidas del que luciría el día de nuestra boda.
Tres días después, Alegría me avisó de que el vestido ya estaba listo y de que la modista de la tienda de novias le había puesto un cierre de corsé por si Libertad engordaba un poco antes de aquel día.
Otra de las cosas que había preparado era un arco de flores en la playa privada de la casa familiar y una alfombra que iría desde las escaleras hasta el altar, situado bajo el arco.
A ambos lados de la alfombra colocarían las sillas de los invitados. No seríamos muchos, unas quince o veinte personas, las justas y necesarias para acompañarnos, sin gente de relleno ni nadie que estuviera allí por compromiso.
El día anterior había ido a comprarme un traje de chaqueta, aunque no era el típico de novio. Según mi cuñada, como la boda se celebraría en la playa, debía ser de un color claro y, por supuesto, tendría que ir descalzo.
Escogí uno de lino beige, un tejido muy fresco y veraniego, con una camisa blanca y sin corbata. Nuestros hijos irían vestidos del mismo color que yo y sus trajes eran para comérselos. Tan pequeños que parecían ropa de muñecos.
Todos estaban al corriente de la sorpresa y habían preparado una coartada para aquel día.
Alegría le había hecho creer a Libertad que debían acudir a una reunión importante en la casa familiar.
Yo, para no cruzarme con ella mientras ultimaban los preparativos de la boda, me llevaría a los niños a la casa en la que se alojaban nuestros padres.
—¿Se lo ha tragado? —preguntó mi suegra.
—Espero que sí, porque, si no, me corta las pelotas.
—Bueno, eso tampoco sería tan malo, porque así no tendríais más hijos. Como vengan otros dos… —dijo mi hermano, haciéndose el gracioso.
—Pues, si vienen otros dos, ya tendremos cuatro.
—Claro, como tú no tienes que parirlos… Yo ya se lo he dicho a tu hermano: hasta que no se me olvide el parto, no vamos a por el segundo. Y créeme cuando te digo que tardaré mucho en olvidarlo —dijo Marta.
Solté una carcajada al ver la cara de mi hermano, que intentaba convencerla para que empezaran a buscar al segundo y no se llevara demasiados años con el pequeño Alonso.
Sabía por qué lo hacía. Nosotros lo habíamos pasado muy bien juntos cuando éramos pequeños y habíamos sido un gran apoyo el uno para el otro al crecer.
Por suerte, mis hijos tendrían algo parecido. Al ser mellizos, podrían vivir las mismas aventuras juntos, aunque ya comenzaban a apreciarse las diferencias entre sus personalidades. Mateo era más tranquilo, mientras Triana se mostraba más independiente.
Libertad
Todo el asunto de la casa me resultó muy extraño, porque mi hermana jamás me habría hecho algo así. No me la habría quitado sabiendo cuánto necesitaba estar allí, lo mucho que me gustaba aquella casa y pasear por su pequeña playa, pero no quise darle más vueltas.
Quizá lo hubiera organizado desde antes y no hubiera contado con que yo también querría pasar allí unos días. Sin embargo, lo que más me chirrió fue que me llamara para decirme que teníamos una reunión importante a la que no podía faltar.
—No te preocupes. Mientras tú estás en la reunión, yo iré con los niños a casa de nuestros padres.
—¿No te vas a enfadar porque trabaje estando de vacaciones?
—Cariño, hay cosas que no se pueden eludir, por mucho que queramos.
Me dejó un beso en los labios y salió de allí empujando el cochecito en el que iban los dos niños. Ni siquiera Mateo lloró por marcharse sin mí y os juro que aquello no me cuadraba en absoluto.
Cuando llegué a la casa familiar, había mucho más jaleo del que esperaba. Varias personas que no conocía pululaban por allí, entrando y saliendo del jardín. Miré a mi hermana, que me respondió con una sonrisa, y, al ver lo que colgaba de la lámpara, comprendí lo que sucedía.
—¿En serio? No puedo creerlo.
—Pues créetelo, hermanita, porque dentro de un par de horas te casas con el amor de tu vida.
—Te has acordado de todo…
—Lo hemos hablado tantas veces que podría haber organizado tu boda con los ojos cerrados. Pero venga, vamos, que al final no nos dará tiempo.
Allí estaba el vestido de mis sueños, colgado de la lámpara. Mi hermana me aseguró que Rodrigo no lo había visto. Además, una peluquera y una maquilladora me esperaban para ayudarme a prepararme.
El vestido era de corte sirena, sin apenas cola y con la espalda descubierta. Por delante tenía un escote en pico no demasiado pronunciado y unos tirantes finos que se cruzaban en la espalda. Era muy sencillo, pero realmente precioso.
La peluquera se encargó de marcar mis rizos naturales y recogió la parte delantera en dos trenzas que se unían por detrás para dejar mi espalda al descubierto. Después las adornó con pequeñas flores.
La maquilladora optó por algo muy sutil. Resaltó mis labios con un rojo que daba a mi boca un aspecto de lo más apetecible, aplicó un poco de máscara de pestañas y utilizó una sombra de ojos en tonos naturales.
Cuando salí al jardín y bajé las escaleras que conducían a la playa, no podía creer lo que estaba viendo. Era mi sueño hecho realidad: el arco de flores, la alfombra, toda aquella gente reunida allí…
Pero lo que más me emocionó fue ver a mi futuro marido esperándome descalzo frente al altar. Nuestros niños estaban junto a él, vestidos del mismo color que su padre y con aquellas caritas tan bonitas que tenían.
Llegué a su lado del brazo de mi padre, por supuesto, quien me acompañó hasta el altar de lo más orgulloso. Allí vi que tanto Rodrigo como mi suegra, que ejercía de madrina, eran incapaces de contener las lágrimas.
—Estás preciosa, mi vida.
—Tú sí que estás guapísimo, cariño.
—Si no os importa, dejemos los halagos para cuando termine la ceremonia —dijo mi cuñado, que era quien iba a casarnos.
La ceremonia fue de lo más emotiva, sobre todo cuando nuestros amigos subieron al estrado para dedicarnos unas palabras que nos arrancaron más de una carcajada, pero también alguna que otra lágrima.
La intervención que más me sorprendió fue la de Marta. Dijo que yo me había convertido en una persona fundamental en su vida porque había empezado siendo la organizadora de su boda y había terminado abriéndole los ojos sobre quién debía permanecer a su lado y quién no.
Después llegó el momento de los votos, que mi cuñado se encargó de conducir con su particular sentido del humor y que nos sacó más de una carcajada.
—Señorita Libertad Santana, ¿sería usted tan amable de quitarme de encima a mi hermano gemelo, ese al que confundió conmigo y que casi me arruina la boda?
—Por supuesto, señor Dávila. Me lo quedo para mí solita.
—Señor Rodrigo Dávila, ¿sería usted tan caballeroso como para quedarse con esta señorita, que casi me busca la ruina y que me ha dado los dos sobrinos más maravillosos del mundo?
—Sí, señor Dávila. Me la quedo para mí solito.
—Entonces, que lo que he unido yo no venga ningún gilipollas a joderlo.
A aquellas alturas, todos llorábamos de la risa. Entre abrazos y besos, subimos al jardín, donde los camareros nos esperaban con una mesa repleta de deliciosos manjares.