Epílogo
Diez años después…
Libertad
—Mamita preciosa, que dice tu querida hija que no consigue peinarse y que si puedes ayudarla a hacerse una trenza —me dijo mi hijo, tan zalamero como siempre.
—Dile que termine de vestir a tu hermano y ahora mismo voy.
—¡Triana, dice mamá que te esperes, que ahora va! —gritó desde la puerta de la habitación del pequeño Yarey.
Uy, se me olvidaba que a este no lo conocéis, pero eso tiene fácil remedio: os lo cuento y listo.
Veréis, la familia había crecido y ya teníamos cuatro hijos. Bueno, después del nacimiento de Yarey habíamos decidido cerrar definitivamente la fábrica.
No os asustéis, que no habían venido otros dos de golpe. Esta vez fueron llegando de uno en uno, despacito y sin prisas. Después de los mellizos llegó Luca, que ya tenía siete años, y hacía unos meses habíamos completado la familia con mi pequeñín, Yarey.
Éramos incluso más felices que antes, si es que eso era posible. Nuestros hijos habían venido a colmarnos de amor y risas porque lo que no se le ocurría a uno se le ocurría al otro.
Triana seguía siendo la princesita de su padre y, al ser la única niña, todavía más. Perdía pie por él, igual que Rodrigo por ella. Solo necesitaba dedicarle una sonrisa y una mirada pícara para que cayera rendido a sus pies.
Sé que muchas madres me entenderéis porque, aunque quería a todos mis hijos con toda mi alma, Mateo era mi debilidad.
Para él siempre estaba preciosa y no dudaba en darme un beso y un abrazo cada vez que pasaba por mi lado. Sus «te quiero» eran los más bonitos del mundo, algo que no habría cambiado por nada.
Aquel día íbamos a la boda de dos de nuestros mejores amigos, Víctor y Diego. Después de una década viviendo juntos, habían decidido dar el paso y estarían acompañados por todos nosotros, que éramos su familia.
Mi cuñado volvía a ejercer de maestro de ceremonias, pues, después de casarnos a su hermano y a mí, le había cogido el gusto. Podía hacerlo porque, cuando se desvinculó profesionalmente de su suegro y, como tenía algunos ahorros, decidió prepararse las oposiciones a notario.
Había conseguido plaza y abierto una notaría junto al despacho de mi marido. Aunque ejercían profesiones diferentes, ambos se habían hecho un hueco importante en el ámbito jurídico de la ciudad y colaboraban siempre que podían.
Marta, esa que decía que tenía que olvidarse del parto antes de pensar en otro hijo, debía de tener la misma memoria que Dory, la de Buscando a Nemo , porque, pocos meses después de pronunciar aquellas palabras, volvió a quedarse embarazada.
Y, ¡oh, sorpresa!, fueron gemelas. Dos niñas a las que llamaron Libertad y Felicidad. Una llevaba mi nombre y, para la otra, habían cambiado un poco el de mi hermana, de modo que no fueran dos calcos exactos nuestros.
Pero la cosa no terminó ahí, ni mucho menos.
Un año después, Marta volvió a quedarse embarazada, aquella vez de mellizos: un niño y una niña a los que llamaron Rodrigo y Gala. Después de aquel parto, mi cuñada le dijo a su marido que, o se la cortaba, o no volvía a tocarla ni con un palo.
Se lo soltó en el mismo paritorio, justo cuando le pusieron al pequeño Rodrigo en los brazos y sin que hubieran terminado todavía de darle los puntos, haciendo que todos se rieran por la manera en la que le habló a su marido.
Dary también había encontrado pareja entre uno de sus clientes, aunque no se había casado. Decía que no creía en la institución del matrimonio, que estaban mejor así porque, si algún día se terminaba lo suyo, cada uno cogería sus cosas, se iría a su casa y santas pascuas.
Sí, sí, lo sé, muy romántico, mi amigo. Sin embargo, él aseguraba que la vida lo había llevado a pensar de aquella manera, con los pies en la tierra y sin permitir que nadie le hiciera cambiar de opinión.
Mi hermana y Jaime tampoco se habían casado todavía.
Solo tenían un hijo, Gonzalo, que había cumplido cuatro años y era la debilidad de todos.
Gonzalo nació con síndrome de Down y, aunque al principio tanto su madre como su padre lloraron muchísimo cuando recibieron la noticia, ahora no lo cambiarían por nada del mundo.
Era un niño cariñoso, amable y de lo más educado, como pocos había conocido, y tenía mi corazón lleno de amor. Bueno, el mío y el de todos los que lo conocían, en especial el de mi marido.
Era su ojito derecho entre todos los sobrinos y no sería la primera vez que lo traía a casa para que mi hermana y Jaime pudieran disfrutar de un fin de semana de descanso. Quererlo con locura no impedía que la crianza fuera agotadora y que sus padres necesitaran desconectar de vez en cuando.
Los padres de Marta habían desaparecido del mapa y ni siquiera conocían a sus nietos. Su madre decía que su hija se había equivocado al escoger marido, que quien parecía el yerno perfecto se había convertido en un chabacano.
A mí ni siquiera me nombraba porque nunca fui santo de su devoción, eso era innegable.
Desde que organicé la boda de su hija y mi cuñado y le dije las cuatro verdades que nadie se había atrevido a soltarle, me convertí en persona non grata para ella.
Aunque a mí me daba exactamente igual, porque ni comía ni dormía con aquella mujer.
Y allí estábamos, en el jardín del hotel en el que Marta y Alonso habían celebrado su boda. Sin embargo, aquel día quienes se casaban eran Diego y Víctor, y yo ejercería como una de las madrinas.
Concretamente, sería la madrina de Diego, como no podía ser de otra manera. Tenía que subir a la habitación en la que mi amigo se estaba vistiendo para acompañarlo hasta el altar del brazo. La otra madrina era mi hermana, con quien Víctor había conectado desde el primer momento.
—Papá, ¿has visto lo preciosa que está mi madre? —le dijo Mateo a su padre.
—Hijo, voy a terminar teniendo celos de ti.
—¿Qué dices, papi? Pero si yo tengo novia. Se llama Clarita y va a mi clase.
—Anda, mira, y yo sin enterarme —dije, fingiendo indignación.
—Mamita, es que no quería romperte el corazón. No quería que te pusieras triste porque compartiera mi amor con otra mujer —me contestó.
—¿Has escuchado a tu hijo? —me preguntó mi marido, doblado de la risa.
—Y tanto que lo he escuchado, pero prefiero hacer oídos sordos. Voy a buscar a mi amigo para que no llegue tarde al altar.
Minutos después, Diego y yo ya estábamos en el altar, esperando a que llegaran mi hermana y Víctor, que no tardaron ni cinco minutos en aparecer. Los dos estaban guapísimos y la boda fue de lo más emotiva.
La forma en la que se miraban, la complicidad que existía entre ellos desde el primer día en el que se conocieron y aquella llama que continuaba viva a pesar de los años hicieron que una lágrima resbalara por mi rostro.
—Uf, cuando te he visto junto al altar, tan guapa con ese vestido, me han entrado ganas de gritar «sí, quiero» otra vez —me dijo mi marido.
—Pues menos mal que te has contenido, porque lo mismo Diego o Víctor pensaban que querías casarte con uno de ellos. Y bastante tienes ya conmigo como para que te acusen de bigamia.
—Tú eres la única mujer con la que me casaría una y mil veces. Además, tengo una sorpresa para ti.
—¿Otra sorpresa? La última vez que me dijiste algo así fue para enseñarme los resultados de la analítica que confirmaba que estaba embarazada.
—Desde que me hice la vasectomía, esa posibilidad ya no me da miedo, así que tranquila. No tiene nada que ver con un embarazo.
—Entonces, suéltalo ya, porque cada vez que anuncias una sorpresa me pongo a temblar.
—Nuestros padres se quedarán con los niños esta semana y se los llevarán a la playa. Como, además, hemos dejado el trabajo en buenas manos, nos iremos a Roma tú y yo solos, como una segunda luna de miel.
—¿En serio? ¿Una semana entera solos?
No le dio tiempo a responder porque, en aquel momento, vimos a Jaime arrodillado delante de mi hermana mientras Gonzalo sostenía una cajita con un anillo de compromiso. Mi cuñado le estaba pidiendo matrimonio y ella, como era lógico después de tanto tiempo, le dijo que sí.
No pude contenerme. Miré a Rodrigo y, con una sonrisa, me dirigí hacia él, que ya esperaba que soltara una de las mías.
—¡Vámonos de boda, cariño mío!