Capítulo 32
Rodrigo
Por fin le habían dado el alta a Libertad y allí estaba yo con su ropa, una que había encontrado en el armario y que sabía que le quedaría grande, porque había perdido mucho peso. Ya me encargaría de que recuperara poco a poco los kilos perdidos.
A ella aquello le daba igual. Lo único en lo que pensaba era en volver a casa, estar con los niños y hacer una vida normal, como cualquier pareja con dos hijos. Y, siendo sincero, yo también lo necesitaba.
—Ya estoy lista, podemos irnos.
—Cariño, lo dices como si fuéramos a una gala en lugar de volver a casa.
—Uy, para mí, regresar después de tanto tiempo es mejor que ir a la gala de los Oscar.
—Lo entiendo, cariño. Para mí también es muy importante que vuelvas.
Me acerqué a ella, la cogí por la cintura y le di un beso como hacía mucho tiempo que no se lo daba, uno con el que quise demostrarle cuánto la había echado de menos.
Había hablado con todos, especialmente con su hermana y con Diego, y les había pedido que organizaran una fiesta de bienvenida en nuestra casa con toda la familia y los amigos. Allí le pediría matrimonio, porque no quería volver a sentir miedo de perderla nunca más.
También tenía pensado preparar algo en la playa, pues, en dos semanas, en cuanto terminara algunos asuntos que tenía pendientes, pensaba marcharme de vacaciones con ella y los niños. Después se lo comunicaría a todos.
Mi suegra me había contado que tenían una casita en la playa, en un pueblo de Huelva, y que la ponía a nuestra disposición. Sin embargo, todavía no había decidido si iríamos allí o a otro lugar que Libertad no conociera.
Había dejado el coche aparcado en la puerta del hospital y, al salir, no tuvimos que caminar demasiado para llegar hasta él. Sin embargo, antes quería comentarle algo, así que le propuse que fuéramos a desayunar a la cafetería.
—Amor, vamos a desayunar, que tengo algo que contarte.
—No me asustes, por lo que más quieras. Si vas a decírmelo aquí, seguro que temes que me dé otro yuyu.
—No digas tonterías, cariño. Es algo que nos incumbe a los dos, pero no es nada malo.
—Vaya, gracias por tranquilizarme.
Solté una carcajada porque mi Liber había vuelto. La misma persona que utilizaba la ironía como defensa y que se había ganado el cariño de todos sin dejarse pisotear por nadie, como debía ser.
Pedimos un desayuno completo para los dos y nos sentamos en una de las mesas de la terraza. Decía que estaba cansada de ver paredes y de que el único aire que hubiera respirado durante los últimos días fuera el acondicionado de la habitación.
—Liber, he tomado una decisión, pero necesito contar con tu aprobación.
—Tú dirás.
—Quiero vender el ático. No quiero que, por culpa de otro malentendido, volvamos a sufrir un disgusto.
—No seré yo quien te diga lo que debes o no debes hacer, Rodri, pero el argumento que me das es absurdo.
—¿Eso piensas?
—Sí. Imagínate que entro en tu despacho y me encuentro la misma escena. ¿También lo venderías?
—Pero no es lo mismo. Además, no pienso permitir que ninguna mujer que no seas tú vuelva a acercarse a mí de ese modo.
—Eso me deja de lo más tranquila, oye. ¿Tengo que suponer entonces que aquella vez sí se lo permitiste?
—Para nada. Me cogió completamente por sorpresa.
—Tú mismo me estás dando la razón, Rodrigo. No te deshagas del ático. Alquílalo si eso te deja más tranquilo, pero no lo vendas, porque no es lo que quieres.
—Está bien, lo alquilaré, pero con un contrato de larga duración y a una familia, a ser posible.
—También puedes incluir una cláusula que les imponga un voto de castidad y los obligue a ir a misa todos los domingos.
—¿Has desayunado ironía esta mañana?
—Qué va, si todavía no he tomado nada. Esto será lo primero que pruebe en todo el día, a menos que tú la hayas pedido como ingrediente extra.
Entre risas, fuimos hasta el coche, nos montamos y pusimos rumbo a nuestra casa, donde esperaba que ya estuviera todo preparado para recibirla y que los nuestros nos aguardaran en el jardín.
Les había pedido que dejaran los coches fuera de nuestra propiedad para que Libertad no sospechara nada. Los habían aparcado en el terreno de mi hermano, cuya casa estaba justo al lado de la nuestra.
La noté un poco desilusionada, como si hubiera esperado encontrarse allí con todos. Por eso le dije que fuera hasta la parte trasera del jardín, donde seguramente estaría su hermana con los niños.
—¡Alegría! Ya estoy aquí. ¿Dónde están los niños?
—Estamos aquí. Corre, ven —le contestó ella, y tuve que contener la risa.
Le puse una mano en la parte baja de la espalda para acompañarla hasta donde sabía que nos esperaban todos y, efectivamente, allí estaban. Ale había decorado el jardín con globos dorados y manteles del mismo color, dándole al conjunto un aspecto de lo más elegante.
Cuando mi chica los vio, una sonrisa se dibujó en su rostro y un brillo de ilusión iluminó su mirada, haciéndola todavía más bonita de lo que ya era.
—¿Pensabas que no estaríamos aquí para recibirte? —preguntó mi madre con Mateo en brazos, quien se lanzó hacia la suya.
—Pues, siendo sincera, la verdad es que no —respondió mientras cogía al niño.
—Eso no ocurriría ni en mil vidas, hermanita. Parece que no conoces a esta gente, que no se pierde un sarao ni muerta.
—Venga, que tenemos mucho que celebrar. Vamos a poner música —dijo Diego, acercándose para darle un beso en la mejilla.
Estuvimos charlando durante un buen rato, bailando y tomando el aperitivo que Alegría y Diego habían preparado. En un momento determinado, y con la complicidad de mi cuñada Marta, la música cambió por una melodía más romántica.
—Ven, mi amor. Dale el niño a tu hermana y vamos a bailar.
—¿Ahora?
—Claro, hija, ahora. Dame a Mateo —dijo Alegría, cogiéndolo de sus brazos.
Nuestro hijo, al ver que su madre lo soltaba para venir a bailar conmigo, comenzó a llorar. Sin embargo, su tía y Dary, como si el niño pudiera entenderlos, consiguieron tranquilizarlo susurrándole algo al oído.
Estaba sonando nuestra canción, aquella que bailamos la primera vez que nos conocimos y que también sonaba en la discoteca la noche que terminamos juntos.
Cuando la melodía bajó de intensidad, le di una vuelta y, al quedar de nuevo frente a mí, me arrodillé, saqué el anillo del bolsillo y la dejé con la boca abierta.
—Libertad, sé que hemos empezado la casa por el tejado, como tú sueles decir, pero ha llegado el momento de colocar las flores, y no precisamente en el jardín.
—No, cariño, lo de plantar la semillita ya lo habéis hecho, y mira las dos preciosidades que tenemos aquí —dijo Víctor con su característico sentido del humor.
—Calla, coño, y deja hablar a mi cuñado, a ver si nos vamos de boda de una puñetera vez —le dijo Marta, quien, desde que se había alejado de su familia, se mostraba más natural que nunca.
—Como iba diciendo, y esperando que no haya más interrupciones…
—Hermano, ve al grano, que ya me duelen las manos de grabar —dijo Alonso.
—Vale, vale, voy a lo importante. Libertad, ¿me harías el honor de pasar el resto de tu vida a mi lado y convertirte en mi mujer?
—Sí, sí y mil veces sí —respondió ella.
Nos fundimos en uno de esos besos que te dejan las piernas temblando, como solían decir Víctor y mi propia chica, aunque con el llanto de Mateo como banda sonora. Comenzamos a reírnos porque el niño no soportaba ver que su madre se acercaba a mí.
Mi chica cogió a nuestro hijo, que se aferró a su cuello como si temiera que fueran a arrebatársela, y se sentó junto a mi madre y mi suegra. Les enseñó el anillo con la misma fascinación con la que Gollum contemplaba el suyo en El Señor de los Anillos .
Mi cuñada Alegría se acercó a mí y, con mucho disimulo, me llevó aparte. Supe que se le había ocurrido algo y que debía de ser una auténtica bomba, a juzgar por su expresión de pillina.
—Tengo que contarte un plan. Para la boda, digo.
—Eso tendrás que hablarlo con tu hermana, no conmigo, que es quien entiende de esas cosas.
—Ni hablar, porque ella no tiene que enterarse. Será un secreto hasta ese día…
Alegría me explicó que conocía a la perfección la boda soñada de su hermana, pues habían hablado de ella infinidad de veces: del vestido, la ceremonia, los invitados e incluso la fecha. Estaba dispuesta a organizarlo todo para que fuera una sorpresa y, sinceramente, me pareció una idea fantástica.