Capítulo 31
Libertad
Por fin me autorizaron las visitas y, si todo continuaba evolucionando igual de bien, a finales de semana me darían el alta.
Estaba deseando que llegara Rodrigo, no porque no lo hubiera visto, pues no se había separado de mi cama durante toda la noche, sino porque vendría acompañado de nuestros hijos.
Tenía muchísimo miedo. Llevaban cuatro meses sin verme ni una sola vez y, si se ponían a llorar cuando intentara cogerlos, se me rompería el corazón. Aunque, por otra parte, era lógico que no quisieran estar conmigo, pues para ellos no era más que una desconocida.
La enfermera me había ayudado a levantarme y a sentarme en uno de los sillones.
También me había aseado y ayudado a cambiarme de ropa, porque no soportaba verme con el camisón del hospital.
Por suerte, mi hermana, que había acudido temprano antes de entrar a trabajar, me había traído una de las camisolas que utilizaba para estar en casa.
La puerta se abrió y no solo entraron mis hijos con su padre, sino que detrás de ellos aparecieron mis padres y mis suegros, con las lágrimas resbalándoles por las mejillas.
—Mi niña, qué ganas tenía de verte así, viva y despierta —dijo mi madre.
—Libertad, cariño mío, no sabes el miedo que hemos pasado —añadió mi suegra, abrazándome junto a ella.
—Lo sé, pero, si no os importa, ya hablaremos después de todo. Ahora quiero conocer a mis hijos —les dije.
Sé que quizá utilicé un tono demasiado duro para aquel momento, pero ninguna de las dos se había puesto en el lugar de mi pareja. Se habían dedicado a juzgarlo sin pensar en nadie más que en ellas mismas.
Tanto mi madre como mi suegra comprendieron que estaba molesta, pero no dijeron nada. Me dejaron vivir el momento que debería haber disfrutado cuatro meses atrás y del que el destino me había privado.
Rodrigo cogió primero a Mateo y lo acercó hasta mí con una sonrisa, mientras el niño no me quitaba los ojos de encima, como si estuviera analizándome.
—Mira, cariño, es mamá. Mateo, ella es mamá.
—Hola, mi amor. ¿Te vienes conmigo?
Extendí los brazos hacia él y no dudó en dejarse coger. No solo no lloró, sino que, cuando empecé a comérmelo a besos, soltó unas carcajadas como si me conociera de toda la vida.
—Y ahora es el turno de la princesa. Triana, mi vida, mira a mamá. ¿Te vas con ella?
Triana se lo pensó un poquito más. Se notaba que tenía locura con su padre, pero, cuando vio a Mateo sonriendo sobre mi regazo, terminó por dejarse coger también.
Hice lo mismo que con su hermano y me la comí a besos. Sin embargo, Mateo apartaba la cara de Triana y colocaba la suya para recibirlos él, haciendo que todos riéramos a carcajadas. Su padre, que se había dado cuenta de lo que hacía, no dudó en sacar el teléfono para grabarlo todo.
Estuvimos así durante un buen rato, hasta que los dos comenzaron a llorar. No lo hicieron porque estuvieran conmigo, sino porque había llegado la hora del biberón y se morían de hambre. Mientras yo intentaba consolarlos, su padre se encargó de prepararlos.
—¿Le das tú el biberón a uno y yo al otro? —me preguntó Rodrigo.
—Por supuesto, me muero de ganas de hacerlo.
—Entonces toma uno y dame al otro.
—Coge a Triana, que se nota que tiene locura contigo.
—No sabes tú bien cuánto. Es escuchar su voz y girar la cabeza como si estuviera poseída —dijo mi madre sonriendo.
—Es una cruz, qué le vamos a hacer. Le ocurre con todas las mujeres —respondí en tono de broma.
—Pues con la única que quiero que me pase es contigo.
Rodrigo se acercó a mí y, antes de coger a la niña, me dejó un beso en los labios. A Mateo no pareció gustarle demasiado, porque le dio un manotazo para que se apartara y después me cogió la cara para obligarme a mirarlo.
—Bueno, pues ya sabemos a quién prefiere Mateo de los dos.
—Toma, mi príncipe. Vamos a tomarnos el biberón.
Lo acomodé bien sobre mis brazos y comencé a darle el biberón, que se tomó con unas ganas inmensas. Parecía que llevaba varios días sin comer, aunque solo habían pasado unas horas desde la última vez.
Después, como necesitaban un cambio de pañal, me levanté con cuidado para ayudar.
Las piernas todavía no me respondían demasiado bien, pues había pasado mucho tiempo en una cama y tendría que recuperar la fuerza poco a poco, pero me moría de ganas de hacer todo aquello que cualquier madre hacía por sus hijos.
Al terminar, sentamos a los dos en sus sillitas y no tardaron en quedarse dormidos. Entonces llegó el momento de explicarles a todos el motivo por el que Rodrigo había tomado aquella decisión.
—Bueno, ahora que ya estamos tranquilos, tengo que contaros algo y espero que no me interrumpáis hasta que haya terminado.
—Hija, ¿te ocurre algo? —preguntó mi padre.
—Sí, pero no es nada malo. Solo quiero aclarar una cosa.
—Pues somos todo oídos, cariño —dijo mi suegro, Gonzalo, quien parecía hacerse una ligera idea de por dónde iba el asunto.
Comencé a contarles la conversación que había mantenido con Rodrigo en la ambulancia durante el traslado al hospital y cómo le había hecho prometer que elegiría a los niños por encima de todo, aunque hacerlo le partiera el alma.
—Hijo, ¿por qué no nos dijiste nada? —preguntó mi madre.
—Porque no podía. Era una promesa entre ella y yo, y vosotros solo teníais que apoyarme, pero ninguno lo hizo.
—Por mi parte, tengo que pedirte perdón y espero que puedas perdonarme. Ahora entiendo el inmenso dolor que reflejaban tus ojos —le dijo mi padre, acercándose para abrazarlo.
—Por supuesto que os perdono a todos, pero eso no significa que el dolor de haberme visto solo no vaya a acompañarme durante toda la vida.
—Rodrigo, no sé ni qué decirte. Lo único que puedo prometerte es que, a partir de este momento, tomes la decisión que tomes, contarás con mi apoyo sin que te cuestione lo más mínimo —dijo mi madre.
—Te entiendo, mamá. Ahora que soy madre puedo comprender tu dolor, pero me gustaría preguntarte algo. Si tuvieras que elegir entre tu vida y la de mi hermana y la mía, ¿qué escogerías? —le pregunté.
Mi madre agachó la cabeza como si, por fin, hubiera comprendido lo que intentaba explicarle. Supongo que cualquier madre habría hecho lo mismo: dar la vida por todos y cada uno de sus hijos, aunque después no entendiera que ellos estuvieran dispuestos a hacer lo mismo por los suyos.
Al final, permanecieron allí durante gran parte del día. Cuando llegó la hora de marcharse, Mateo comenzó a llorar mientras extendía los brazos hacia mí, y aquello me rompió el alma.
Triana, por su parte, alternaba la mirada entre su padre y yo. Hacía pucheros, pero no terminaba de llorar. Era como si no supiera qué hacer para no lastimar a ninguno de los dos, y aquello me conmovió muchísimo.
Me abracé a ellos y les prometí que pronto estaríamos en casa los cuatro, como la familia que éramos. Os juro que sentí ganas de buscar al médico y solicitar el alta voluntaria, pero, si lo hacía, corría el riesgo de sufrir una recaída y perderme todavía más de lo que ya me había perdido.
Cuando me quedé sola en la habitación, lloré. No sabía si lo hacía porque era la única manera que había encontrado de desahogarme, por la pena de separarme de mis niños o por la alegría de que todo hubiera salido bien y pronto pudiera regresar a casa.
El caso es que pasé gran parte de la noche llorando sin poder detenerme, limpiando mi alma de todo lo que necesitaba sacar. Lloré por mí, por mis hijos e incluso por Rodrigo, que había tenido que tomar una de las decisiones más difíciles de su vida sin que le temblara el pulso al hacerlo.
Ahora que lo pensaba, había sido una egoísta al pedirle aquello porque, si la situación hubiera sido al revés y él me hubiera hecho prometer lo mismo, no sabía si habría tenido valor para cumplirlo ni para continuar viviendo sin él.
El cansancio provocado por el llanto hizo que me quedara dormida poco antes de que Rodrigo regresara, pero no me despertó. Se limitó a sentarse a mi lado, cogerme la mano y besarla, haciéndome sentir la mujer más querida de todo el planeta.
—Si sigues así, vas a gastarme la mano.
—Pues deja que te coja otra cosa y ya verás.
—Rodrigo, te amo.
—Yo también, mi vida, y no sabes cuánto.
—Siento haberte hecho pasar tanto miedo.
—Miedo, no, he sentido pavor. Pavor a muchas cosas: a que no volvieras a abrir los ojos, a que no vieras crecer a tus hijos, a no poder besarte nunca más…