¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 30
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Capítulo 30

Libertad

Después de cortar la llamada con Rodrigo, les dije a los chicos que los invitaba a comer. Para ello, elegí un restaurante muy conocido de la ciudad donde, milagrosamente, encontramos una mesa libre.

Estuvimos hablando de todo lo relacionado con el trabajo. Les dejé claro que, si tenían alguna duda o les surgía algún problema, no debían pensárselo antes de llamarme a mí, a mi hermana Alegría o incluso a Diego, pues cualquiera de nosotros los ayudaría encantado.

—Supongo que tendremos que cambiarle el nombre al local —me dijo Mario.

—No tenéis por qué. Si os gusta, por mí no hay ningún inconveniente. Podría funcionar como una franquicia de mi marca.

—Esa sí que es una buena idea. ¿Por qué no firmamos un contrato de franquicia? Sería lo ideal para todos.

—Pues mira, eso sí que no se me había ocurrido. De ese modo, solo tendríais que abonarme la mitad del importe del local y un pequeño porcentaje como franquiciados, pero nada demasiado elevado.

—El porcentaje es lo de menos. A nosotros nos da mucha seguridad contar con un nombre como el vuestro y podremos seguir diciendo que formamos parte de la empresa.

—Pues nada, si eso es lo que os viene bien, confío en vuestro trabajo y no tengo ningún inconveniente en hacerlo así. Eso sí, dejemos claras todas las condiciones antes de firmar nada.

Siempre llevaba un cuaderno en el bolso, así que nos pusimos a discutir, en el buen sentido de la palabra, todas las cláusulas y condiciones en las que se llevaría a cabo la franquicia.

Casi sin darnos cuenta, llegó la hora de que se marcharan si no querían perder el tren. Los acompañé hasta la parada de taxis, donde tomaron uno que los llevaría hasta la estación para emprender el camino de vuelta.

No me encontraba demasiado bien. Sentía una especie de calambres y, como Rodrigo todavía no me había llamado y se suponía que tardaría, decidí marcharme al ático a descansar. Yo también tenía llaves.

Podría haber ido a casa de mis padres o haber llamado a Dary, pero tanto él como ellos habían salido a hacer unos recados. Mi amigo se encontraba en una comida de negocios con una empresa local que quería contratar sus servicios.

Mis padres habían ido a un centro comercial cercano para encargar el carrito gemelar que les había dicho que quería, además de las sillas de seguridad para el coche, tal como les habían regalado a mi cuñado y a Marta para su hijo.

Llegué por los pelos, porque comenzaba a faltarme el aire. No se debía a que hiciera un día especialmente caluroso, pues estábamos en pleno invierno, sino al dolor que sentía en la parte baja de la espalda y a los calambres de las piernas, que apenas me permitían continuar.

Me sorprendió que la puerta no estuviera cerrada con llave, pero todavía me impactó más lo que encontré dentro, porque terminó de arrebatarme el poco aire que me quedaba.

Solo recuerdo haber visto a mi pareja sentado en el sofá con una mujer, vestida únicamente con una braguita minúscula, a horcajadas sobre él y con los pechos a la altura de su boca.

Fue tanto el dolor que sentí en aquel momento que no fui capaz de pronunciar más que una palabra, una que resonó en la habitación como si la hubiera gritado.

—¿Por qué?

—Libertad, de verdad que… ¡Libertad!

Todo se volvió negro y caí al suelo. No perdí la conciencia por completo, porque podía escuchar lo que se decía a mi alrededor, como si estuviera oyendo uno de aquellos antiguos seriales radiofónicos.

—Lárgate de aquí ahora mismo y ve rezando todo lo que sepas para que a mi mujer y a mis hijos no les ocurra nada, porque te voy a crujir viva.

—No digas tonterías. Si me has traído aquí es porque querías lo mismo que yo.

—Estás completamente equivocada. Te he traído al ático porque he intentado ser amable y no quería que fueras a esa cena con la blusa manchada.

Rodrigo sacó el teléfono y llamó a una ambulancia. También avisó a mis padres y a los suyos en cuanto los sanitarios le dijeron que debían trasladarme a un hospital, pues allí no podían determinar si los niños estaban bien.

Os prometo que les recé a todos los santos del cielo, incluso a aquellos que no conocía, para que mis hijos estuvieran bien. Lo que pudiera ocurrirme a mí me daba igual, pero no soportaba pensar que a mis niños pudiera pasarles algo.

Rodrigo pidió que me llevaran al hospital privado donde había nacido su sobrino y en el que me controlaban el embarazo desde que regresé a Sevilla, así que era la decisión más lógica.

En un momento determinado del trayecto, conseguí abrir los ojos durante unos segundos y vi a mi pareja a mi lado, completamente roto de dolor, cogiéndome la mano y mirándome fijamente.

—Mi amor, te prometo que nada de lo que has visto es lo que parece.

—Eso no importa ahora, Rodrigo. Lo único que quiero es que me prometas una cosa.

—Lo que sea. Te juro que puedes pedirme lo que quieras.

—Si tienes que elegir entre la vida de los niños y la mía, por favor, elígelos a ellos.

—No puedes pedirme eso, Libertad. No sabría vivir sin ninguno de los tres, pero, en especial, sin ti.

—Ellos tienen toda la vida por delante y no tienen la culpa de lo que ha sucedido.

—Sé que la culpa es mía por haber llevado a esa mujer al ático, pero…

—Empecé a sentirme mal y no te llamé porque no quería interrumpirte, así que parte de la culpa también es mía.

Estaba ya de siete meses y sabía que, al tratarse de un embarazo gemelar, los niños podían adelantarse en cualquier momento.

Le dije aquello a Rodrigo porque no quería que cargara él solo con la culpa si a alguno de los tres nos ocurría algo. Los dos habíamos cometido errores, sin excepción, y eso era lo que quería dejarle claro.

Volví a perder la conciencia cuando ya estábamos dentro del hospital, por lo que no pude enterarme de nada más. Sin embargo, sabía que algo no iba bien por la rapidez con la que salieron a atenderme en cuanto llegamos.

No sé cuánto tiempo permanecí dormida o inconsciente, pero sí sé que, cuando desperté, estaba llena de cables y conectada a un montón de máquinas.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Cuánto tiempo llevo así?

—Mi amor, menos mal que has despertado. Espera, voy a llamar al doctor.

—Los niños…

—Están bien. Cumplí la promesa que te hice en la ambulancia, aunque me costó la vida hacerlo.

Rodrigo salió de la habitación y fue a buscar al doctor que me había tratado desde que llegamos al hospital hacía ya cuatro meses. No podía creerlo. Me había perdido los primeros cuatro meses de vida de mis hijos, y aquello me dolió en el alma.

El doctor me explicó que había sufrido la rotura de un aneurisma cerebral, favorecida por una brusca subida de tensión relacionada con el embarazo múltiple y con la fuerte impresión que había recibido. También me dijo que tenía muchísima suerte de seguir viva.

Me habían mantenido en coma inducido para controlar el derrame y la inflamación cerebral. Sin embargo, cuando retiraron la sedación, tardé más de dos meses en despertar.

Una vez que el médico comprobó que mis constantes eran buenas y que mis reflejos respondían adecuadamente, comenzaron a retirarme algunos de los aparatos y nos dejaron a Rodrigo y a mí a solas.

El doctor había dicho que, al menos durante aquel día, no autorizaría ninguna visita. A partir de la mañana siguiente, decidiría si podía recibirlas dependiendo de cómo evolucionara, de si me mareaba o presentaba algún otro síntoma.

Cuando todos se marcharon, Rodrigo me contó lo ocurrido desde que llegamos al hospital y todas las decisiones que había tenido que tomar, que no habían sido pocas ni, mucho menos, sencillas.

—En el momento en el que los médicos me dijeron que, si practicaban la cesárea para salvar a los niños, tú podías morir, el mundo se me cayó a los pies.

—Hiciste lo correcto, lo que yo te había pedido.

—Nadie entendió mi decisión. Sobre todo, tu madre y la mía, que me llamaron egoísta. Me dijeron que podríamos tener más hijos, pero que tú eras mi mujer, sin saber el dolor que me atravesaba por dentro.

—Yo hablaré con ellas, no te preocupes.

—Tu madre apenas me habla. La mía me contesta con monosílabos y los demás me ignoran. Solo se dirigen a mí para preguntar por los niños y poco más.

—Seguro que mi hermana no te ha dado la espalda.

—Es la única. No sé qué habría sido de mí sin su ayuda y la de Dary. Ellos son quienes se han quedado con los niños mientras yo venía al hospital o tenía alguna reunión.

—Quiero verlos, por favor. Dile a alguien que los traiga.

—Ahora mismo te los enseñaré en una fotografía y mañana, en cuanto te autoricen las visitas, los traeré yo mismo.

—Gracias, Rodrigo.

—¿Por qué me das las gracias?

—Por elegirlos a ellos por encima de mí, aun sabiendo lo que te costaría.

—Son mis hijos, Libertad. Por cierto, he tenido que elegir los nombres yo solo, aunque escogí entre los que habíamos hablado.

—No puedo ser más idiota. Ni siquiera he preguntado cómo se llaman. Son preciosos y se parecen muchísimo a ti.

—Pero tienen tus ojos y tu sonrisa. Se llaman Mateo y Triana.

—El nombre del niño sí lo habíamos hablado, pero… ¿Por qué se llama la niña Triana?

—Porque no sabes cuántas veces me planté delante de esa imagen para pedirle que todo saliera bien. Por si no te has dado cuenta, la capilla está justo detrás del hospital.

—No es que yo sea muy capillita, la verdad, pero, si recurriste a ella como tabla de salvación, no seré yo quien te diga nada. Además, mi madre estará encantada con ese nombre, con lo que le gusta su barrio.

—Eso es lo único que la ha alegrado, te lo aseguro.

A media tarde me trajeron algo de comer para comprobar si lo toleraba y lo devoré con unas ganas que no os podéis imaginar. Parecía uno de los concursantes de ese programa de televisión en el que los abandonan en una isla cuando ganaban una recompensa.

—Come despacio, cariño, o te sentará mal.

—Llevo cuatro meses sin comer, así que dime tú cómo esperas que lo haga.

—También llevas cuatro meses sin sexo y, viendo cómo estás devorando eso, miedo me da el día que salgas de aquí.

Soltamos una carcajada por la cara que puso al decirlo, aunque, la verdad, no iba demasiado desencaminado.

No quería preguntarle lo que tenía en mente, pero no me quedaba más remedio. Si no lo hacía, aquella duda se me quedaría enquistada para siempre.

—Quiero que me cuentes por qué estaba esa mujer en el ático y cómo terminó de aquella manera encima de ti.

—¿Crees que es necesario hablar de eso ahora?

—Sí, porque no podría seguir mirándote a la cara sin conocer la verdad. Y recuerda lo que me prometiste cuando volvimos: nada de mentiras.

—Está bien. Te lo contaré todo, sin ocultarte nada, tal como nos prometimos.

Rodrigo me explicó lo ocurrido desde el principio: desde la excusa que aquella mujer había utilizado para conseguir la reunión hasta cómo había provocado que el café se derramara sobre su blusa para forzar lo que sucedió después.

Y lo creí.