¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 29
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Capítulo 29

Rodrigo

Aquella mañana dejé a mi chica en el hotel donde había quedado con los empleados de la oficina de Málaga. Quería ofrecerles que se quedaran con el negocio, pues le resultaría prácticamente imposible ocuparse de las dos sedes con dos niños, por mucha ayuda que tuviéramos.

En el caso de que no aceptaran, algo bastante improbable porque tenían mucho trabajo y todo les iba demasiado bien, tendría que indemnizarlos, terminar los encargos pendientes y cerrar la oficina.

Yo tenía varias reuniones en el despacho. Una de ellas era con la gerente de la empresa de Valencia, cuya cita prevista antes del verano se había cancelado y no habíamos podido retomar hasta poco antes de Navidad.

Era la segunda vez que nos reuníamos, pero, en aquella ocasión, solo permanecería en Sevilla durante unas horas, pues regresaría a Valencia en un vuelo esa misma tarde. Por ese motivo, había colocado su reunión la primera de la mañana.

No me gustaba la manera en la que me miraba. Era como si pretendiera comerme con los ojos, pero no le di demasiada importancia. Pensé que, si no le daba pie, terminaría cansándose y me dejaría tranquilo.

—Buenos días, Rodrigo.

—Buenos días, Sonia. Pase, por favor.

—Ya te he dicho que nos tuteemos, que me haces sentir incómoda hablándome de usted.

—Está bien, perdona, pero no me gusta confraternizar con mis clientes.

Pensé que había dejado clara mi postura y que nuestra relación se limitaba al ámbito profesional, pero me equivocaba. Lo descubriría más tarde, cuando me jugara una mala pasada.

Nos sentamos a hablar de negocios y pasamos más de dos horas y media intentando dejarlo todo cerrado para que no tuviera que regresar a Sevilla.

Después de hablar por videollamada con todos mis clientes, les había dejado claro que, teniendo a mi pareja a punto de dar a luz, todas las reuniones se celebrarían en mi despacho. No pensaba volver a viajar hasta que los niños hubieran nacido.

Se nos había echado encima la hora de comer, así que, muy a mi pesar, porque prefería hacerlo con mi chica, le propuse que fuéramos al restaurante situado frente a mi ático.

—Si me disculpas un momento, voy a llamar a mi pareja para comprobar cómo se encuentra.

—Claro, voy saliendo.

—Gracias.

Marqué el número de Libertad. Tardó varios tonos en contestar y llegué a preocuparme, porque últimamente había tenido algunas molestias.

—Hola, amor. ¿Qué tal va todo?

—Pues como pollo sin cabeza. Tengo mil reuniones hoy y no creo que pueda comer contigo.

—No te preocupes, aunque íbamos de camino a tu despacho. Quería que me redactaras el contrato de cesión de la oficina de Málaga.

—Amor, ¿podemos dejarlo para otro día? No hace falta que vayan hasta allí; podemos enviárselo para que lo firmen digitalmente.

—Espera un momento y les pregunto. Por mí no hay ningún problema. Si no, puedo ir al despacho de tu hermano y pedirle que lo redacte él.

—No hace falta, cariño. Puedo hacerlo yo, pero precisamente hoy no voy a tener tiempo.

La escuché hablar con los chicos, quienes le dijeron que no había ningún inconveniente, que les enviáramos el contrato por correo electrónico cuando estuviera listo y ellos lo firmarían.

—Pues ya has oído, cariño, no hay ningún problema.

—Gracias, mi amor.

—Una cosita. Como no vas a estar en casa y ellos no se marchan hasta esta tarde, me quedaré a comer con los dos. Avísame cuando termines y volvemos juntos.

—Me parece una idea fantástica. Te llamo en cuanto acabe. Un beso.

—Te quiero.

—Yo también te quiero, mi vida.

Corté la llamada con la tranquilidad de saber que estaría acompañada. Tenía la sensación de que los niños podían nacer en cualquier momento y aquello era de lo más angustioso.

Salí del despacho y allí estaba Sonia, esperándome como si yo tuviera la obligación de acompañarla a comer. Por suerte, no tenía la siguiente reunión hasta las seis y media de la tarde, por lo que podíamos ir sin prisas.

Le expliqué a mi secretaria dónde estaría y le dije que se marchara a comer, que no era necesario que regresara hasta las seis. Era una costumbre que teníamos desde siempre para que supiera dónde localizarme si surgía algún problema, mucho más ahora que Libertad estaba en Sevilla.

—Ya podemos irnos.

—Gracias por acompañarme, Rodrigo, porque me perdería en esta ciudad.

—Dudo que lo hicieras, teniendo en cuenta las dimensiones de la ciudad en la que vives.

—Pero hay una diferencia enorme entre las dos.

—¿Y cuál es? Porque yo no la encuentro.

—Pues que sé moverme por Valencia porque la conozco, pero aquí no sabría llegar ni al aeropuerto. Creo que con eso lo he dicho todo.

—Bueno, visto así, tienes razón.

El restaurante estaba a unos cinco minutos andando de mi oficina, justo enfrente del portal de mi ático, por lo que no tenía sentido coger el coche. Además, lo había dejado bien aparcado.

Cuando llegamos, y como no habíamos reservado, tuvimos que esperar un poco en la barra. Nada fuera de lo común. Sonia aprovechó aquel tiempo para preguntarme por mi vida privada.

No era muy dado a contar mis asuntos, pero pensé que, si le explicaba que estaba enamorado, a punto de ser padre y con intención de casarme muy pronto, quizá me dejaría tranquilo, porque cada vez intentaba acercarse más.

—¿Estás casado, Rodrigo?

—No, pero tengo pareja y soy muy feliz.

—Bueno, mientras no estés casado, todavía hay esperanza.

—Lo siento, pero, aunque todavía no lo estamos, pienso pedírselo muy pronto, en cuanto nazcan nuestros hijos.

—Señores, su mesa ya está preparada —nos avisó el camarero con una sonrisa.

—No es lo que piensas, Braulio —le dije.

—Yo no pienso nada, señor Dávila.

Se lo aclaré porque me conocía muy bien desde hacía mucho tiempo y aquella no era la primera mujer a la que llevaba allí a comer o cenar para después subir con ella a mi ático.

Braulio todavía no sabía que iba a ser padre ni que tenía pareja, porque no había coincidido con él desde que Libertad regresó. Se lo contaría al terminar de comer, porque no quería que malinterpretara la situación.

Nos sentamos a la mesa y Sonia continuó con el interrogatorio, aunque también me contó algunas cosas sobre su vida que, dicho sea de paso, me daban exactamente igual, porque no me interesaba en absoluto.

—Pues yo estoy divorciada y la empresa fue lo que me quedó de mi exmarido. Sigo adelante porque pienso demostrarle que puedo sacarla a flote y que no necesito venderla.

—Bueno, pasar por un divorcio debe de ser bastante traumático.

—Para nada. Aquello fue más una transacción comercial que una historia de amor.

—Pues qué quieres que te diga, no entiendo que alguien pueda casarse sin estar enamorado.

—Uy, cómo se nota que el señorito lo ha tenido todo en esta vida.

—No. Todo lo que tengo me lo he ganado con mi esfuerzo y mi trabajo. Nadie me ha regalado nada.

—Pues yo he hecho lo mismo, solo que mi sudor y mi trabajo fueron de otro tipo.

Os prometo que se me revolvió el estómago cuando sonrió de aquella manera al pronunciar esas palabras. Sobre todo, después de descubrir que su exmarido le triplicaba la edad y estaba casado cuando lo conoció.

No soportaba a las personas sin escrúpulos que eran capaces de hacer cualquier cosa para conseguir sus objetivos. Podía entender que alguien se enamorara de otra persona con independencia de la edad, pero no que utilizara su cuerpo para engatusarla y obtener algo a cambio.

Terminamos de comer y no sé si lo hizo a propósito, pero, justo cuando Braulio se acercaba con los cafés, Sonia se levantó y una de las tazas terminó sobre la blusa blanca que llevaba.

—Por favor, señorita, perdóneme —se disculpó Braulio.

—Joder, vaya contratiempo. ¿Cómo voy a volver así en el avión? Me moriría de vergüenza.

No sé qué me llevó a hacerle la propuesta que salió de mi boca. En cierto modo, comprendía su preocupación y solo pretendía facilitarle las cosas, aunque ella se lo tomaría de una manera muy distinta.

—No te preocupes. Tengo el ático ahí enfrente. Si tienes tiempo, podemos subir y lavar la blusa.

—No sabes cuánto te lo agradecería. Nada más llegar a Valencia, tengo una cena importante con un proveedor y no me dará tiempo a pasar por casa para cambiarme.

—No pasa nada, llegarás a tiempo.

Me levanté y pagué la comida mientras Braulio me observaba con una sonrisa, como si yo hubiera provocado lo ocurrido para llevarla a mi casa y meterla en la cama.

—Te repito que no es lo que estás pensando.

—Señor Dávila, yo vuelvo a decirle que no pienso nada. Estoy aquí para servir las mesas, nada más.

Guie a Sonia hasta el portal, abrí la puerta y le indiqué dónde estaban los ascensores. Llamamos a uno, que llegó de inmediato, y subimos hasta mi ático.

Durante el trayecto no dejó de acercarse a mí y rozarme el brazo como si fuera algo casual, pero estaba claro que no lo era. Sus intenciones resultaban cada vez más evidentes, aunque no pensaba permitir que consiguiera lo que pretendía.

Abrí la puerta del ático y le indiqué dónde se encontraba el baño para que pudiera quitarse la blusa y lavarla. Como no quería que permaneciera en ropa interior mientras se lavaba y secaba, le dejé una camiseta mía.

—Ahí tienes la lavadora y la secadora. Mientras tanto, puedes ponerte esta camiseta.

—Gracias, enseguida salgo.

—No tengas prisa, haz lo que tengas que hacer.

—Eso mismo es lo que tengo en mente.

Yo estaba hablando de la ropa, pero ella se refería a algo muy distinto, como me demostraría minutos después.

Me dirigí a la cocina mientras se quitaba la blusa y la metía en la lavadora.

Tenía la boca seca y necesitaba beber un poco de agua.

Debía encontrar la forma de romper el contrato con aquella empresa, porque esa mujer estaba dispuesta a todo y yo no pensaba permitir que pusiera en peligro mi felicidad, mucho menos por un capricho.

Me apoyé en la encimera, pensando en el berenjenal en el que me había metido sin comerlo ni beberlo, y os prometo que empezaba a dolerme hasta la cabeza. Para evitar terminar en el suelo, me dirigí al salón y me senté en el sofá.

Tenía la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados cuando escuché abrirse la puerta del baño. Sin embargo, no oí el repiqueteo de los tacones sobre el parqué, y aquello me sorprendió.

Lo que no esperaba era que Sonia apareciera únicamente con mi camiseta puesta y se plantara delante de mí. Antes de que pudiera reaccionar, se la quitó y se sentó a horcajadas sobre mis piernas, dejando los pechos a la altura de mi boca.

En ese preciso instante, escuché unas llaves entrando en la cerradura y la voz de Libertad a pocos metros de donde estábamos.