Capítulo 28
Libertad
Estábamos todos repartiendo los regalos cuando, de repente, vimos cómo Marta pegaba un salto del sofá. Pensamos que quería ser la siguiente en entregarnos los suyos, aunque no hacía falta que se levantara tan rápido; con decirlo habría sido suficiente.
—Marta, hija, sé que tienes ganas de darnos los regalos, pero ten cuidado, que puedes tropezarte —le dijo Alonso, su marido.
—¿Eres tonto de nacimiento o te has vuelto así con los años? —le contestó ella con la cara descompuesta.
—Hija, es un hombre, no le pidas más. Coge el bolso y que alguien vaya sacando un coche, que este niño va a venir como el Niño Jesús.
Gala, nada más verle la cara a Marta y darse cuenta de que había un pequeño charco entre sus piernas, supo que se había puesto de parto.
Mi cuñado miraba a su madre como si le estuviera hablando en chino, mientras Rodrigo se doblaba de la risa por la contestación que su cuñada le había dado a su hermano.
—Alonso, ¿piensas mover el culo o vas a quedarte ahí mirando como un maniquí de escaparate? —le preguntó Marta a su marido, que todavía no había movido ni una pestaña.
—Anda, hijo, ve un momento a tu casa a por la bolsa del bebé, que yo voy sacando el coche, o el niño terminará naciendo aquí y pidiendo un polvorón —dijo Gonzalo, negando con la cabeza.
—¿Ya viene el niño? ¿Estás de parto, mi amor? —preguntó Alonso con toda la inocencia del mundo.
—No, hijo, es que, como la velada estaba muy aburrida, he decidido que vayamos al hospital a ver si allí hay mejor ambiente —contestó Marta.
Rodrigo estaba llorando, pero no de la emoción, sino de la risa, mientras los demás no terminábamos de creernos que su marido estuviera reaccionando de aquella manera, como si todo fuera un sueño o no tuviera nada que ver con él.
—Amor, si el día que te pongas de parto actúo como mi hermano, por lo que más quieras, dame dos buenos bofetones que me quiten el «encarajotamiento».
—Uy, no lo dudes. Como si acabaras de afeitarte y estuvieras poniéndote la loción para después del afeitado —le contesté.
Recogimos todo como pudimos mientras Alonso, acompañado por Dary, iba a su casa a buscar la bolsa del bebé y Marta se acomodaba como podía en el coche de mi suegro.
Sin embargo, el problema llegó cuando intenté sentarme yo, pues no cabía de ninguna de las maneras. El coche de mi chico estaba en el taller porque se había quedado parado en mitad de la carretera, así que tampoco podíamos utilizarlo.
Por suerte, teníamos el de Dary. Retrasó el asiento del copiloto todo lo que pudo para dejar espacio a mi vientre y conseguí entrar sin problemas. Pusimos rumbo al hospital, hacia donde ya se habían marchado todos los demás.
En cuanto llegamos, lo primero que hizo Gala fue llamar a la madre de Marta para comunicarle que su nieto estaba a punto de nacer, pero su respuesta nos dejó a todos anonadados.
No apareció y, por si fuera poco, al día siguiente ni siquiera llamó para preguntar si todo había ido bien. Alonso tomó entonces una decisión: rompería toda relación con sus suegros. Si ellos no querían saber nada de su hija ni de su nieto, tampoco volverían a saber nada de él.
El parto fue un poquito lento, como suele ocurrir en muchos primeros partos, y, mientras tanto, nosotros esperamos en la salita que había junto al paritorio.
En aquel momento, Alonso estaba dentro con su mujer, sus padres habían bajado a la cafetería y Rodrigo se había quedado dormido en una de las sillas. Dary tenía la mirada perdida, así que me atreví a cogerlo de la mano y preguntarle qué le ocurría.
—Dary, ¿sabes que puedes confiar en mí?
—Lo sé, mi vida. Lo que ocurre es que todavía no puedo creerme lo que me ha sucedido.
—Lo mismo, si lo verbalizas, si lo dices en voz alta, puedes llegar a entenderlo un poquito mejor.
—No lo entendería ni aunque lo gritara a los cuatro vientos, te lo juro.
—¿Tan malo es lo que te ha pasado, mi niño?
—Son mis padres. Cuando les dije que estaba pensando en volver al pueblo, que me apetecía regresar a casa, me dijeron que no.
—¿En serio?
—Pues sí. Según las palabras de mi padre, cuando me marché del pueblo fue una liberación para ellos, porque así dejaron de aguantar los comentarios de los vecinos sobre mi vida de libertinaje y «mariconismo».
—No te han podido decir eso, por el amor de Dios.
—Tal como lo oyes. Me dijeron que, si quería, podía ir a pasar unos días, pero no quedarme más de un fin de semana.
—¿Y qué les contestaste?
—Pues lo que se merecían: que, para poca salud, mejor ninguna. Les deseé que les fuera bonito, pero les pedí que no volvieran a llamarme y que se hicieran a la idea de que no tenían ningún hijo.
—Hiciste lo que debías, ni más ni menos.
—Pero ya estoy cansado de estar solo allí. Sí, tengo muchos amigos, pero no considero familia a ninguno. Son de esos que, para las juergas, siempre están los primeros, pero, cuando los necesitas de verdad, ninguno puede.
—Dary, sabes que puedes contar con nosotros. Para nuestra familia eres un miembro más.
—Y por eso he pensado una cosa.
—Tú dirás, aunque me imagino lo que vas a decirme y la respuesta es un sí claro y rotundo.
—Voy a dejarlo todo en Málaga y buscarme un pisito aquí, en Sevilla, para estar cerca de vosotros. Al fin y al cabo, puedo trabajar desde cualquier lugar.
—Dary, Alegría y yo vamos a irnos a vivir juntos, de momento a su casa. Por eso, si quieres, puedes quedarte con la mía, no habría ningún problema —le dijo Jaime, que también estaba allí esperando el nacimiento.
—¿Cuánto pides de alquiler? Porque quiero mudarme la próxima semana, en cuanto terminen las fiestas.
—¿Qué te parecen… no sé, quinientos euros?
—Si me pides esa cantidad por un piso con las características del tuyo, te saco de aquí a hombros como a los toreros.
Todos soltamos una carcajada. Aquel hombre tenía el poder de hacer un chiste incluso de las situaciones más dolorosas, y eso era digno de admirar. No todo el mundo habría reaccionado de la misma manera.
Seguíamos charlando cuando salió el orgulloso padre con un precioso niño entre los brazos. Había nacido Alonso Jr., un bebé con el pelo moreno y tupido como el de su madre y unos ojos que parecían verdes, como los de su padre y su tío.
—¿Cómo está la madre? —preguntó Gala.
—Ha sido toda una campeona. Cuando llegamos ya estaba de cinco centímetros y no dio tiempo a ponerle la epidural, pero se encuentra bien. Ni siquiera han tenido que darle puntos.
—Enhorabuena, papá —le dije, dándole un abrazo.
—Gracias, cuñada. No sabéis lo bonita que es la sensación de ver llegar a tu hijo al mundo. Ahora mismo estoy lleno de amor por los dos.
—Estoy deseando que llegue el momento de que nazcan los míos, aunque mi sobrino es precioso, eso no se puede negar —dijo Rodrigo con el niño en brazos.
Los dejamos descansar y nosotros también nos marchamos, porque empezaba a sentirme demasiado pesada y necesitaba poner los pies en alto. Dary se fue con Jaime para ver el piso y nos dejó su coche, pues dijo que después volvería en taxi.
Los días fueron pasando y dejamos atrás las fiestas. Había tomado una decisión con respecto a la oficina de Málaga, esa que los empleados llevaban a la perfección, y, para poder llevarla a cabo, tenía que desplazarme hasta allí o pedirles que vinieran a Sevilla.
Como cada día me resultaba más complicado moverme, porque aquellos niños parecían crecer por minutos, decidí quedar con ellos en Sevilla, en un hotel situado cerca de una parada del tranvía, junto a la catedral.
Escogí aquel lugar para que no se perdieran. Solo tenían que bajarse en la estación de San Bernardo, cruzar la carretera y coger el tranvía que los llevaría hasta el Archivo de Indias, justo al lado de donde habíamos quedado.
—Hola, chicos, ¿qué tal ha ido todo?
—Hola, jefa. Todo va a la perfección —me dijo Mario.
—Pues sí, porque hemos terminado la temporada de cenas navideñas de empresa por todo lo alto —continuó Lucía, su compañera.
—Bueno, entonces creo que lo que voy a proponeros os gustará, y mucho.
Les expliqué que, con dos niños y viviendo en Sevilla, me resultaría muy complicado continuar ocupándome de aquella oficina.
Por eso, quería que ellos se quedaran con todo.
Lo único que les pedí fue que me devolvieran la cantidad que había entregado como fianza del local, aunque, si no disponían del dinero en aquel momento, podrían abonármelo poco a poco.
Ni que decir tiene que se volvieron locos de alegría y aceptaron de inmediato. Por ese motivo, no se me ocurrió un lugar mejor que el despacho de mi chico para firmar el contrato, y hacia allí nos dirigimos.