Capítulo 27
Rodrigo
Acababa de vivir el mejor momento de mi vida. Ni siquiera en la época en la que no tenía responsabilidades, me acostaba con quien me daba la gana y pasaba de ellas al día siguiente había disfrutado tanto.
Ahora entendía a mi hermano cuando me decía que, en el momento en el que apareciera mi alma gemela —había que tener cojones para hablarme de almas gemelas siendo nosotros dos idénticos—, cuando conectara con alguien más allá de lo físico, conocería el mejor sexo de mi vida.
Por eso, cuando me fijé en el rostro de mi chica y comprobé la inseguridad y las dudas que reflejaba, tuve claro que debía quitárselas de la cabeza como fuera.
—La respuesta a lo que estás pensando es no, así, en mayúsculas.
—¿Cómo sabes lo que estoy pensando?
—Porque para mí eres transparente, Liber.
—No puedo evitarlo. Dentro de unos meses pareceré una ballena y ella siempre estará dispuesta a complacerte, con sus piernas infinitas y su cintura de avispa.
—Y serás la ballena más bonita y apetecible del mundo, al menos para mí, que es lo importante.
—No digas lo que no sientes, Rodri, por favor.
—Si no lo sintiera, no te lo diría. Además, quiero que te quede claro que Reyes no significó ni significa nada para mí. La única mujer que me interesa eres tú.
—Me miro en el espejo y no me reconozco. Estoy gorda, no me veo los tobillos, tengo el pelo sin brillo y la piel igual…
—Todo eso son percepciones tuyas, porque yo te veo más bonita que nunca. ¿Sabes por qué?
—Pues no, y la verdad es que me gustaría saberlo. Más que nada, para repetírmelo todos los días delante del espejo.
—Porque eres mi mujer y en esa barrigota están creciendo nuestros hijos, que son fruto del amor que sentimos.
—Estoy muy insegura, Rodri, y no sé si es porque me da miedo volver a perderte, porque todavía no me creo que estemos juntos o…
—Eso van a ser las hormonas.
Los dos soltamos una carcajada porque, últimamente, cada vez que le ocurría algo, se lo achacábamos a las hormonas, al embarazo o a cualquier cosa relacionada con él.
Entre unas cosas y otras, nos quedamos dormidos abrazados, con mi mano apoyada sobre su vientre, y noté cómo nuestros hijos se movían.
Por primera vez pensé en lo injusta que era la naturaleza. Las mujeres podían sentir una vida creciendo dentro de su cuerpo mientras nosotros, los hombres, solo teníamos la posibilidad de percibirla desde fuera.
Cuando sonó el despertador, me quería morir. Como no tenía ninguna reunión ni nada importante programado para aquel día, decidí quedarme un poco más en la cama y trabajar después desde el despacho.
Pasamos el día tranquilamente en casa, recogiendo las pocas cosas que todavía quedaban allí y llevándolas a la nueva, donde Mónica y su marido nos esperaban para firmar los documentos y terminar de hacer la transferencia.
Habíamos decidido celebrar allí la Nochebuena y la Navidad. Era una buena manera de estrenar la casa con todos nuestros familiares y amigos, aunque no quería que nadie tuviera que trabajar más de la cuenta.
—Tenemos que llamar al catering para la cena y comprar los regalos, aunque a mí me gusta más entregarlos el día de Reyes…
—Frena, frena, que, cuando coges carrerilla, no hay quien te pare.
—Es que tenemos muchas cosas que hacer y muy poco tiempo.
—¿Poco tiempo? Todavía quedan tres días para Nochebuena.
—Hablas como si fueran tres meses. Venga, levántate de la cama y vámonos al centro comercial.
—A sus órdenes, mi sargento.
Hice un saludo militar porque, últimamente, estaba de un mandón que me hacía muchísima gracia. Ella siempre había sido dulzura, amabilidad y comprensión, así que aquel cambio debía de ser, cómo no, cosa del embarazo.
Por fin llegó el día tan esperado, aquel en el que nos instalaríamos definitivamente en la nueva casa. Además, tenía preparada una sorpresa para mi chica que sabía que le encantaría. No se lo había contado absolutamente a nadie para evitar filtraciones, por lo que sería inesperada para todos.
La mesa del salón ya estaba adornada y preparada. Mis padres y los de Libertad habían llegado, pero yo no paraba de mirar el reloj. Debía de estar a punto de aparecer, pues me había avisado de que había salido de Málaga hacía bastante rato.
Sí, la sorpresa era Dary, que pasaría con nosotros todas las fiestas. Cuando le conté que Libertad y yo habíamos vuelto, se alegró muchísimo. No tanto cuando le dije que ella no regresaría a vivir a Málaga, pero terminó entendiéndolo.
Por eso, le pedí que preparara las cosas que Libertad tenía en la casa y las enviara mediante una agencia de transporte. De aquel modo, ella no tendría que desplazarse hasta allí con la pesadez que ya sentía por el embarazo.
Sabía que me había tomado atribuciones que no me correspondían, pero esperaba que comprendiera que lo había hecho por su bien. No porque quisiera impedir que fuera, sino porque pensaba que así le ahorraría todo aquel esfuerzo.
Justo cuando todos los demás habían llegado y solo faltaba él, sonó el timbre de la verja. Fui a abrir, sabiendo que se trataba de Dary y que Libertad se llevaría una alegría enorme.
—¿Quién es a estas horas? —preguntó ella, convencida de que ya estábamos todos.
—Lo mismo es Papá Noel, que viene a traerte un regalo por adelantado —le dije sonriendo.
—Además, te has equivocado y has puesto un cubierto de más, cuñado. Esto de no dormir por las noches te está trastocando demasiado —comentó Alegría, negando con la cabeza.
—No mováis nada, por favor, que todo tiene una explicación. Libertad, ve tú a abrir la puerta, si eres tan amable.
—¿Por qué tiene que ir ella, que tiene la barriga hasta la boca? —preguntó Diego.
Verás tú cómo, al final, entre tantas preguntas y tonterías, me estropeaban la sorpresa. Los miré a todos y, con un gesto, les hice entender que Libertad era quien debía abrir aquella puerta.
—Está bien, si nadie piensa moverse, abriré yo.
—Lo mismo es que eres tú quien tiene que hacerlo —le dijo su hermana.
Libertad se levantó de la silla resoplando y se dirigió hacia la entrada. Le había pedido a Dary que no llamara a la puerta, que esperara a que ella abriera para dejarse ver, y así lo hizo.
Cuando mi chica abrió, se lo encontró allí, con un gorro de Papá Noel y una sonrisa enorme. No podía creerlo y alternaba la mirada entre él y yo con la boca abierta.
—¡Sorpresa! —exclamó Dary.
—¿Qué haces aquí? ¿No ibas a pasar las fiestas con tus padres?
—He cambiado de opinión, porque estas fechas están para pasarlas con la gente que te quiere a su lado, y no se me ocurre mejor manera de hacerlo que con vosotros.
Mi chica lo abrazó mientras las lágrimas resbalaban por su rostro, aunque aquella vez eran de alegría y no de pena. La conexión que había surgido entre ellos desde el primer momento en el que se conocieron era increíble y la había visto en muy pocas personas.
Nos sentamos todos a la mesa, con los regalos bajo el árbol, preparados para repartirlos cuando termináramos de cenar. Mi madre y mi futura suegra habían congeniado desde el primer momento, nada que ver con lo ocurrido con la suegra de mi hermano.
Aquello era otro tema. Los habíamos invitado a los dos, pues su hija no pasaría las fiestas con ellos y no queríamos que se quedaran solos, pero nos sorprendieron al decirnos que no porque se marchaban a esquiar hasta después de Año Nuevo.
Lo habían organizado sabiendo que su hija estaba a punto de dar a luz y sin preocuparse siquiera por dónde pasaría ella las fiestas. Era como si, después de casarla, ya no pintara nada en sus vidas, y me dolía por mi cuñada, porque no se merecía algo así.
—Tenemos un problema —me dijo Libertad en un susurro.
—¿Te encuentras bien? —pregunté asustado.
—Sí, sí, no es por eso.
—Pues podrías haberlo especificado un poco, porque me acabas de poner los huevos de corbata.
—No tenemos ningún regalo para Dary. No sabía que iba a venir.
Al escucharla, solté una carcajada. Yo sí había pensado en él y, por supuesto, tenía un regalo con su nombre debajo del árbol, aunque ella todavía no se hubiera dado cuenta.
—Sí tiene un regalo. Se lo compré yo y está debajo del árbol, así que no te preocupes.
Mi chica, en uno de sus impulsos, me cogió la cara entre las manos y me plantó un beso en los labios que hizo sonreír a todo el mundo.