Capítulo 26
Libertad
Rodrigo no permitió que preparara la cena, mucho menos para tanta gente, así que hizo un pedido al asador de la urbanización. Nos sirvieron varios pollos asados con patatas fritas, pimientos y otras cosas que sabía que nos gustaban a todos.
Nos sentamos alrededor de la mesa del jardín y los tenía a todos expectantes, pendientes de lo que debía contarles, aunque, cuando nos vieron a Rodri y a mí cogidos de la mano, supieron que no se trataba de nada malo.
—¿Vas a hablar ya o tendremos que esperar al bautizo para enterarnos? —preguntó Diego, desesperado.
—Tranquilo, que antes de marcharte a casa ya lo sabrás —le respondí riendo.
—Venga, hija, que estamos nerviosos. Decidnos ya lo que sea —dijo mi madre.
—Está bien. Como habéis podido comprobar, Rodrigo y yo hemos hablado, lo hemos dejado todo claro y hemos decidido darnos otra oportunidad, formar la familia que tanto hemos deseado…
—Eso ya está claro. Ve directamente al tomate, porque algo estáis tramando, que os conozco —dijo Jaime con una sonrisa.
—Pues sí, hemos hecho algo y queríamos compartirlo con vosotros —intervino Rodrigo.
—Ay, madre mía, que estos dos se han casado, como si lo estuviera viendo —dijo Víctor en plan dramático, y mi chico y yo rompimos a reír.
—Estaría bueno que yo, siendo organizadora de bodas, me hubiera casado deprisa y corriendo, sin preparar nada —le dije entre risas.
—¡Chiquilla, por favor, decid ya lo que tengáis que decir, que me va a dar algo! —exclamó mi hermana.
Rodrigo y yo nos miramos y decidimos que había llegado el momento de soltarlo todo y contarles nuestros planes. Cuando mi madre se enteró de que no volvería a Málaga, de que me quedaría para siempre en Sevilla, rompió a llorar.
—Gracias, Rodrigo, por devolverme a mi niña, por permitir que vea crecer a mis nietos cada día y no a través de una videollamada —le dijo mi madre, abrazándolo mientras las lágrimas resbalaban por su rostro.
—Las gracias tengo que dároslas yo a vosotros, sobre todo a Manuel, que ha hecho todo lo posible para que el encuentro entre Libertad y yo se produjera de la manera más natural.
Mi hermana se quedó mirándome como si no supiera cómo formular la pregunta que tenía en mente. Como la conocía mejor que nadie, le pedí que me acompañara a la cocina para coger los cubiertos, pues la comida estaría a punto de llegar.
—¿Qué te ocurre, Ale?
—Me preguntaba…
—Habla sin miedo, por favor. Sabes que entre nosotras no hay vergüenza ni medias tintas, que siempre nos lo hemos contado todo.
—Está bien. ¿Qué vas a hacer con tu casa? Antes de que te lo tomes a mal, ya sé que tienes todo el derecho a hacer lo que quieras con ella, pero es que…
—Tranquila, no tengo intención de meter arriba a un desconocido que pueda incomodarte. Quería preguntarte si te gustaría quedarte también con esa parte de la casa.
—Sería demasiado espacio para mí sola, la verdad. Entre otras cosas, porque Jaime también tiene su propia casa y todavía no hemos hablado de vivir juntos ni nada por el estilo.
—Es lógico, estáis avanzando despacio, no como yo, que he empezado la casa por el tejado en lugar de por los cimientos.
—Eso no es cierto. Vuestros cimientos son el amor que os tenéis desde el primer momento en el que se cruzaron vuestras miradas. A veces olvidas que te conozco mejor que tú misma.
—Es verdad. Bueno, entonces mi segunda propuesta es dejársela a Diego, pero siempre que a ti te parezca bien, por supuesto.
—Eso sería fantástico y estoy segura de que aceptará de inmediato. Eso sí, no permitirá que lo hagas si no es mediante un contrato de alquiler, ya lo conoces.
—Pues claro que lo conozco, pero ya lidiaré con eso más tarde. Venga, vamos a sacar todo esto, que seguro que la comida ya ha llegado.
Efectivamente, en cuanto salimos de la cocina, vimos que el pedido ya estaba allí. Mi madre, como la mamá gallina que era, se levantó para servirnos a todos y se lo agradecí, porque mi espalda ya no podía más.
Era muchísimo el peso que llevaba encima. Por eso, en cuanto terminamos de cenar, y con las estufas de exterior encendidas porque el frío comenzaba a hacerse notar, mi chico colocó mis piernas sobre su regazo y empezó a acariciarlas y masajearlas para aliviarme un poco.
Cuando le pregunté a Diego si quería quedarse con mi casa, saltó de alegría y aceptó de inmediato. Le hizo una ilusión enorme, igual que a Víctor, quien, unos minutos antes, le había pedido que se fueran a vivir juntos y formalizaran su relación.
Tal como habíamos imaginado, Diego discutió conmigo para que le cobrara un alquiler, pues decía que no sentiría que aquella era su casa si no pagaba nada. Lo entendí porque era el mismo argumento que yo había utilizado con Rodrigo durante la compra de nuestro nuevo hogar.
Al final, acordamos un alquiler simbólico de cuatrocientos euros. Ese dinero iría a una cuenta aparte y lo destinaría a ayudar a alguna organización benéfica dedicada a los niños porque, en realidad, no lo necesitaba.
Había sido una velada fantástica, pero todos se habían marchado ya y Rodrigo y yo decidimos subir a mi casa. También necesitábamos un rato a solas para reconciliarnos de verdad.
Estaba agotada y mi chico lo sabía. Por eso, nada más entrar, llenó la bañera con agua caliente, añadió mis sales de baño y me ayudó a meterme. Una vez que estuve sentada, entró conmigo y se colocó a mi espalda, haciendo que mi cabeza quedara a la altura de su pecho, donde la apoyé.
Se dedicó a enjabonar mi cuerpo con toda la delicadeza del mundo hasta que llegó a mi sexo, donde puso especial interés. Me hizo gemir como solo él sabía y provocó que alcanzara mi primer orgasmo con sus dedos.
—Cómo me gusta oírte gemir, escuchar el sonido que haces cuando llegas al clímax. Es como música para mis oídos.
—Joder, Rodrigo, quiero más. Necesito más.
—Y lo tendrás, cariño. No dudes de que así será.
Me ayudó a salir de la bañera, me secó con mimo y me llevó hasta la cama completamente desnuda, igual que él. Su erección me llamaba, actuaba como un imán para mí, así que no dudé en ponerme de rodillas, rodearla con una mano y acariciarla antes de metérmela en la boca.
—Joder, Liber, si sigues así, voy a terminar antes de que empecemos.
—Disfruta, porque no puedo parar.
Y eso hizo. Enredó una mano en mi pelo e impuso el ritmo que deseaba, ese con el que sentía el máximo placer, mientras mi lengua jugueteaba con su glande. Terminó corriéndose en mi boca con un sonido gutural que me volvió loca.
—Veo que has conseguido lo que buscabas, pero ahora me toca a mí.
—Pues sí, era lo que quería desde que te vi desnudo. No sé, serán las hormonas del embarazo…
—¡Benditas hormonas!
Solté una carcajada, pero la risa me duró poco, pues fue sustituida por el placer más maravilloso en cuanto su lengua se adueñó de mi sexo y comenzó a deslizarse entre mis pliegues.
Rozó mi clítoris con los dientes, lo lamió y lo succionó mientras yo me retorcía de placer. Al mismo tiempo, comprobaba cómo su miembro volvía a endurecerse, alcanzando el grosor y la firmeza que tanto me gustaban.
No me permitió recuperarme del segundo orgasmo antes de penetrarme. Colocó mis piernas sobre sus hombros para llegar más profundamente y convirtió aquello en uno de los momentos más placenteros de mi vida.
Era cierto que no podíamos practicar muchas de las posturas que más nos gustaban, porque algunas resultaban incómodas debido al volumen que ya tenía mi barriga, pero eso no nos impidió disfrutar del momento.
Rodrigo se sentó en el borde de la cama, con los pies apoyados en el suelo, y supe lo que quería. Me coloqué a horcajadas sobre sus piernas y descendí lentamente sobre su miembro, dejando que entrara en mí.
Así fue como alcanzamos el orgasmo. Primero llegué yo y, dos embestidas después, lo hizo Rodrigo, dejándonos a ambos completamente saciados. Entonces, algo cruzó mi mente. Aunque no quería pensar en ello e intenté ignorarlo, no pude, y mi chico se dio cuenta.
—La respuesta a lo que estás pensando es no, así, en mayúsculas.
—¿Cómo sabes lo que estoy pensando?
—Porque para mí eres transparente, Liber.
—No puedo evitarlo. Dentro de unos meses pareceré una ballena y ella siempre estará dispuesta a complacerte, con sus piernas infinitas y su cintura de avispa.