Capítulo 25
Libertad
La comida con la familia de Rodrigo fue de maravilla. Me acogieron como si me conocieran de toda la vida y me sentí querida, protegida y, sobre todo, nada juzgada. No pusieron en duda la paternidad de mis hijos, y eso me dio una tranquilidad absoluta.
En cuanto terminamos la sobremesa, nos marchamos a ver la casa de la que nos había hablado Alonso. Aunque todo me parecía un poco precipitado, también era necesario, porque, de lo contrario, terminaríamos durmiendo los cuatro en la misma habitación.
Nada más llegar, la urbanización me gustó muchísimo. Se veía muy tranquila, que era precisamente lo que buscaba, y entre una casa y otra había suficiente distancia para tener intimidad.
No es que pretendiera hacer nudismo en mi jardín, ni mucho menos, pero me gustaba poder hacer vida allí sin estar pendiente de si el vecino miraba o de si nosotros podíamos molestarlo.
La casa era una verdadera maravilla y tenía todo lo que buscábamos. Además, estaba muy bien de precio, bastante por debajo de su valor de mercado debido a la urgencia por venderla.
—¿Te gusta? —me preguntó Rodrigo.
—¿Estás de broma? No es que me guste, es que me encanta.
—Entonces, ¿la compramos?
—Los muebles están nuevos y no podemos llevárnoslos porque se hicieron a medida para cada una de las estancias. Si os gustan, os lo dejamos todo tal y como está —nos explicó el propietario.
—Ni siquiera los hemos estrenado —añadió su mujer—. Pensábamos mudarnos después del verano, pero, justo cuando lo habíamos decidido, a mi marido le ofrecieron un puesto en otra ciudad que no podía rechazar. De ahí la urgencia por vender.
Y era cierto, porque hasta los colchones conservaban los plásticos de fábrica, al igual que el sofá del salón y los muebles del jardín. Sería fantástico tenerlo todo preparado, sobre todo teniendo en cuenta mi estado.
Rodrigo y yo nos miramos y, con aquella sola mirada, nos dijimos muchas más cosas de las que habíamos hablado hasta ese momento. Los dos sabíamos que estábamos de acuerdo con la oferta que nos habían hecho.
—Nos la quedamos. Ahora mismo te doy la señal y firmamos el precontrato de compraventa. Dime qué día te viene bien y lo dejamos todo listo cuanto antes —le dijo Rodrigo al propietario.
—Pues, si no necesitas solicitar una hipoteca y te viene bien, podemos firmar mañana mismo. Ni siquiera me ha dado tiempo a anunciarla en una inmobiliaria, porque me comunicaron el traslado anteayer.
—¿Cómo se había enterado mi hermano, entonces?
—Alonso me vio el día que salía a poner el cartel y me aseguró que sería más fácil venderla de manera particular, además de más económico para ambas partes, porque así no tendríamos que pagar comisiones.
—Claro, siempre es más sencillo cuando se hace entre particulares.
—Además, necesito el dinero cuanto antes y, en la inmobiliaria en la que pregunté, querían inflar muchísimo el precio. Yo solo pido lo que me costó, a pesar de que, cuando la compré, las viviendas eran bastante más baratas.
Rodrigo y el propietario se quedaron redactando el precontrato de compraventa mientras su esposa y yo nos sentábamos en el jardín con un refresco para charlar un poco.
—¿De cuánto tiempo estás, Libertad?
—De veinticinco semanas, Mónica, pero son mellizos.
—No sabes la suerte que tienes, de verdad.
—Lo sé. Sin buscarlos, me llenaron de felicidad desde el mismo instante en el que descubrí que venían.
—A mí también me llenaron de felicidad, pero los perdí a las doce semanas. Tengo un problema genético que dificulta que pueda llevar un embarazo a término. Por eso una de las habitaciones tiene mobiliario doble para bebés.
—Oh, lo siento muchísimo, de verdad. Pero no debes pensar que nunca vas a ser madre, porque existen muchas maneras de serlo.
—Lo sé. Además, estamos en la lista de espera para adoptar. Nos dijeron hace unos meses que podían llamarnos en cualquier momento.
—Y ese niño, o esos niños, encontrarán a los mejores padres que podrían tener.
—Gracias, Libertad, por darle una segunda vida a esta casa y a esos muebles que pensé que tendríamos que tirar porque ningún niño llegaría a disfrutarlos.
—No, gracias a ti por darnos la oportunidad de comenzar nuestra vida juntos en un lugar tan bonito.
—Sí, es precioso, pero tanto mi marido como yo necesitamos cambiar de aires y vivir en un lugar que no nos recuerde constantemente lo que nos ocurrió.
Me di cuenta enseguida de que aquella mujer sufría una depresión enorme y de que su marido había aceptado la propuesta laboral para alejarla de allí, para intentar comenzar de cero en otro lugar, juntos y sin tantos recuerdos amargos. Me pareció un gesto precioso por su parte.
Nos marchamos con la certeza de haber hecho un buen trato y con una casa que nos traería una felicidad inmensa. Lo tenía claro porque sería nuestra, de los dos, no de uno o del otro, y allí podríamos construir nuevos recuerdos junto a nuestros hijos.
—Voy a hablar con Diego y con mi hermana sobre mi casa. Quiero que se la quede uno de los dos.
—Eso mismo había pensado yo. También venderé mi ático.
—No lo vendas. Alquílalo o consérvalo para cuando tengas que quedarte en la ciudad. Así no tendrías que volver hasta el chalé y evitarías ponerte en peligro en la carretera.
—Tienes razón, es una buena idea. Eso haré.
Nos montamos en el coche haciendo números. Rodrigo insistía en pagar la casa él solo porque sería el techo de su familia, mientras yo intentaba hacerle entender que aquella familia era de los dos y que no quería sentirme como una intrusa en mi propia casa.
Al final, logré convencerlo de que la pagáramos a medias. No es que a ninguno de los dos nos sobrara el dinero, pero ambos teníamos ahorros suficientes para comprarla sin necesidad de pedir una hipoteca.
Tenía que regresar a Málaga para dejarlo todo en orden, rescindir el contrato de alquiler de la casa y, sobre todo, despedirme de Dary, que era una de las personas más importantes de mi vida. No quería que se enterara por teléfono.
Por eso, después de contarle a Rodrigo todo lo que tenía pensado hacer, decidimos que iríamos después de Navidad, el veintiséis de diciembre, para organizar la mudanza y dejarlo todo zanjado.
De camino a mi casa, envié un mensaje al grupo que teníamos en común, en el que también estaban mis padres, para pedirles que se reunieran con nosotros allí una hora después.
Libertad: Este mensaje es para todos y cada uno de vosotros. Os espero en mi casa dentro de una hora. Tengo algo que contaros.
Alegría: Cada vez que dices algo así, tiemblo. ¿Qué se te ha ocurrido?
Diego: Como me entere ahora de algo que todos saben ya, dejo de hablarte durante lo que me queda de vida.
Mamá: Hija, espero que no se te haya ocurrido marcharte a Groenlandia o a algún sitio parecido, porque te juro que te ato a la pata de la cama.
Cuando le mostré los mensajes a Rodrigo, soltó una carcajada que resonó por todo el interior del coche. No era para menos. Por lo visto, todos tenían una confianza ciega en mí. Aunque, pensándolo bien, era comprensible después de todo lo que había sucedido durante los últimos meses.
—Si yo fuera alguno de ellos y no supiera qué quieres contarles, te juro que reaccionaría de la misma manera. Eso sin contar con lo de atarte a la pata de la cama, que es una idea estupenda que no se me había ocurrido.
—Yo también lo haría. Tengo que reconocer que mi vida ha sido un tanto convulsa durante los últimos tiempos.
—¿Un tanto convulsa? Tu vida, igual que la mía, ha sido un terremoto de magnitud siete coma dos, por lo menos.
Esta vez fui yo quien soltó una carcajada y, justo mientras me reía, uno de los bebés me dio una patada en las costillas que me dejó sin aliento. Rodrigo lo notó y apartó el coche a un lado de la carretera.
—Libertad, ¿te encuentras bien?
—Es tu hijo o tu hija, que me ha dado una patada en las costillas.
—¿Ya se mueven?
—Uy, que si se mueven… Estos dos están en una fiesta continua, te lo aseguro.
—¿Puedo?
—Por supuesto. Son tus hijos, ¿cómo no vas a poder?
Rodrigo apoyó la mano sobre mi vientre y, justo en aquel momento, uno de los bebés volvió a patearme, aunque esta vez lo hizo con algo menos de fuerza. Una sonrisa se dibujó en el rostro de su padre, una tan llena de emoción que sentí que el corazón se me desbordaba.