¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 24
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Capítulo 24

Rodrigo

Antes de despedirnos, Manuel se acercó y me dijo algo al oído para que nadie más se enterara. Sus palabras me llegaron al alma, aunque todavía no sabía qué era aquello que Libertad tenía que contarme.

—Bienvenido a la familia, Rodrigo.

—Gracias, don Manuel.

—Sin el don, hijo, que no soy tan viejo.

El trayecto me resultó más largo que nunca.

Era como si alguien estuviera estirando las calles, como si el destino no quisiera que llegáramos.

En un momento determinado, una sonrisa apareció en los labios de Libertad, una que me supo a gloria, aunque no consintió en explicarme qué la había provocado.

Y ahora estábamos allí, hablando de mi relación con Reyes. Le había explicado que entre ella y yo solo había habido sexo, que no existían sentimientos y que la única mujer que me interesaba era Libertad.

No sabía cómo sacar el tema de su embarazo y lo intenté de la forma más sutil que pude, pero no esperaba la respuesta que me dio. Os juro por lo más sagrado que no supe cómo reaccionar. Lo único que pude hacer fue caer de rodillas delante de ella y dejar que las lágrimas brotaran solas.

—Jamás imaginé que tener un bebé pudiera hacerme sentir todo esto.

—No vas a tener un bebé.

—Bueno, técnicamente vas a tenerlo tú, pero…

—Que no, que no.

—No te entiendo. ¿No soy el padre de ese bebé?

—Claro que eres el padre, pero, si tienes alguna duda, no tengo ningún problema en que hagamos una prueba de ADN.

—¿Qué dices de tener dudas? Por supuesto que no tengo ninguna. Si tú me dices que soy el padre, no dudo de tu palabra. Lo que ocurre es que no entiendo qué has querido decirme.

—Que no estoy embarazada de un bebé, sino de dos. Son mellizos, un niño y una niña.

—¿De verdad? Me has hecho el hombre más feliz del mundo. ¿De cuánto tiempo estás? Porque no debe quedarte mucho, ¿no?

—Estoy de veinticinco semanas, no a punto de dar a luz, como has dicho antes. Todavía me faltan unas quince semanas, aunque seguramente sea algo menos porque, al tratarse de un embarazo múltiple, suelen adelantarse.

—No quiero volver a separarme de ti, Liber. Quiero vivir el resto del embarazo a tu lado y que formemos esa familia tan bonita que ya tenemos en proyecto.

—Yo tampoco quiero que volvamos a separarnos, pero no quiero más mentiras ni malentendidos entre nosotros. Quiero ser feliz. Si algún día dejas de sentir lo mismo o ya no quieres estar a mi lado, prefiero que me lo digas.

—Eso no va a ocurrir nunca. Ahora, si no te importa, me gustaría ir a contárselo a mis padres. Te prometo que se pondrán de lo más contentos, sobre todo mi madre.

—Tu madre es un amor, no como la cacatúa.

—¿Quién coño es la cacatúa?

—La suegra de tu hermano. Te prometo que no la soporto.

—Ni tú ni nadie, te lo aseguro. Si alguien la tolera un poquito más, es Alonso.

—Porque no tiene más remedio, aunque un poquito rancio, como ella, sí que es.

—Ja, ja, ja. ¿Has llamado rancio a mi hermano?

—No me dirás que no lo es. Es arcaico hasta hablando. Físicamente seréis iguales, pero no tiene nada que ver contigo, ni en la personalidad ni en su forma de ser.

—Ahí te doy la razón, y mi madre también te la dará. Siempre decía que parecía que uno venía del siglo dieciocho y el otro del veintidós porque, desde pequeños, tuvimos maneras muy distintas de pensar y actuar.

—Pues ya podrías haberme contado antes que tenías un hermano gemelo, guapo. La cantidad de disgustos que nos habríamos ahorrado…

—Eso mismo me he reprochado durante todos estos meses, te lo juro por mi vida.

No pude aguantarme más. Enmarqué su rostro con las manos y la besé. Fue un beso tierno, uno con el que quería demostrarle cuánto la amaba y todo lo que la había echado de menos.

La cogí de la mano y la acompañé hasta el coche. Nos montamos y pusimos rumbo a casa de mis padres. La notaba muy nerviosa, así que intenté tranquilizarla.

—¿Por qué estás tan nerviosa? Ya los conoces a todos.

—Es muy sencillo. Antes me conocían como la organizadora de la boda y ahora voy como la madre de sus nietos. ¿Y si no me aceptan? ¿Y si piensan que los niños no son tuyos?

—Pierde cuidado, porque eso no va a suceder. ¿Sabes qué me dijo mi madre el día de la boda de mi hermano, cuando te marchaste?

—No tengo ni la más remota idea.

—Que no quería a ninguna otra mujer como nuera que no fueras tú, que ella no había educado a ningún cobarde y que me las apañara como pudiera para recuperarte.

—Pero eso fue antes de saber que estaba embarazada.

—Más a mi favor. Si me dijo aquello antes de saber que llevabas a sus nietos, imagínate cómo se pondrá ahora.

—¿Es por eso por lo que quieres estar conmigo?

—Ni lo sueñes. Saber que vamos a tener dos hijos me ha hecho inmensamente feliz, no voy a negarlo, pero estoy contigo porque te quiero con toda mi alma. Durante estos meses sin ti no he vivido, he sobrevivido.

Mientras hablábamos, llegamos a casa de mis padres, donde también estarían mi hermano y mi cuñada. Marta estaba a punto de dar a luz; a ella sí que le faltaban pocos días para salir de cuentas.

Como tenía llaves de ambas puertas, no llamé ni en la verja ni al entrar en la casa. Todos estarían en el salón, a punto de comenzar a comer. Siendo sincero, había olvidado por completo que habíamos quedado allí, igual que se me había pasado avisar a mi madre de que no sabía si llegaría a tiempo.

—Menos mal que ha llegado el que faltaba, o veía a mi mujer comiéndose la mesa como las termitas —dijo mi hermano.

—Pues sí, ya estoy aquí y no vengo solo. Por eso he tardado más de la cuenta.

—¿Vienes con Jaime o con Víctor? —preguntó mi madre, que todavía no podía vernos desde donde estaba.

Los demás sí que nos habían visto, pero ninguno fue capaz de articular palabra. Era como si esperaran a que habláramos nosotros, a que les diéramos alguna pista para saber cómo reaccionar.

—No, mamá. Vengo con mi novia, con la madre de mis hijos —respondí.

—Déjate de cachondeos, que ya sabes lo que pienso. Si no es la que te dije, no entra en mi casa. Así que, si es cierto eso que dices…

Mi madre dejó la frase a medias cuando vio a Libertad cogida de mi mano y con su abultado vientre. Soltó todo lo que llevaba encima de la mesa y corrió a abrazarla. Lo hizo con tanta emoción que ambas terminaron llorando como si llevaran años sin verse.

—Enhorabuena, hermano. ¿Todo bien? —me preguntó Alonso.

—Todo perfecto. Mi sobrino tendrá dos primitos con los que jugar y, además, se llevarán muy poco tiempo.

—¿Dos? ¿En serio? —preguntó mi cuñada.

—Pues sí, porque, ya que vamos a ser padres, ¿para qué hacerlo de uno en uno? —respondió Libertad con la guasa que la caracterizaba.

—Hermanito, vaya potencia y puntería tienes, joder.

—En eso sale a su padre —dijo el mío, henchido de orgullo.

—Cuéntame, Libertad, ¿cómo te sientes? ¿Tienes alguna molestia? —preguntó mi madre, interesándose por su estado.

—Pues, salvo el peso del vientre, que algunas veces me trae por la calle de la amargura, el embarazo ha ido viento en popa. No he tenido ninguno de los síntomas típicos.

—¿No has tenido náuseas, vómitos ni nada de eso? —preguntó mi hermano, asombrado.

—Pues no, nada. Solo un poco más de hambre y algo más de sueño, pero nada alarmante.

—No te preocupes, hija, que ya los he tenido yo por las dos. Me pasé todo el primer trimestre vomitando lo más grande, que creía que me había poseído la niña de El exorcista .

»Cuando se terminaron los vómitos, comenzaron los ardores y ahora tengo los pies como dos elefantes —le explicó mi pobre cuñada.

Marta lo había pasado muy mal durante el embarazo y estaba deseando dar a luz de una vez por todas.

Mi hermano, el pobre, se encontraba ya desesperado.

La había llevado a todos los médicos habidos y por haber para comprobar si alguno conseguía aliviarle los síntomas, pero ninguno había dado con la solución.

—Marta espera un niño, que se llamará Alonso, como su padre. ¿Sabéis ya el sexo de los bebés? —preguntó mi padre.

—Pues sí. Estoy de veinticinco semanas, aunque, por el tamaño de mi vientre, parezca que estoy de cuarenta y nueve. Son un niño y una niña, pero todavía no he decidido los nombres. Supongo que, inconscientemente, estaba esperando a que su padre se enterara —respondió Libertad.

La cogí por la cintura, la pegué a mí y le dejé un beso en los labios, uno de los tantos que, por mi orgullo y su desconfianza, nos habíamos negado durante todos aquellos meses que habíamos permanecido separados.

—Si es que hay quien nace con estrella y quien nace estrellado. Un embarazo, mellizos y, encima, la parejita. Vamos, que, si quieren, después de este embarazo pueden cerrar la fábrica —dijo mi cuñada, y todos soltamos una carcajada.

Nuestro amor había sido muy complicado, pero, al mismo tiempo, tan bonito que entendía perfectamente lo que decía Marta. Era afortunado, me sentía el hombre más afortunado del mundo, y aquellos dos bebés que venían de camino eran la guinda del pastel.

La comida transcurrió entre preguntas sobre el embarazo, sobre cómo nos habíamos reencontrado y sobre lo que pensábamos hacer a partir de ese momento. Esto último todavía no lo habíamos hablado, pero tampoco pensábamos dejarlo de lado durante mucho tiempo.

—En la actualidad vivo en Málaga, donde he abierto mi segundo local de organización de bodas, pero no pienso quedarme allí. No quiero privar a los niños de su familia.

—Entonces, ¿viviréis en el ático? —preguntó mi padre.

—Por ahí sí que no paso, la verdad. Me ahogo en los pisos. Necesito jardín y piscina, como tengo en mi casa de Sevilla y en la de Málaga.

—Pues tendremos que buscar una casa más grande, porque en la tuya no cabemos. Solo tiene dos habitaciones y una de ellas es el despacho —le dije a mi chica.

Al parecer, no había caído en aquello, porque me miró completamente sorprendida, como si no se hubiera dado cuenta hasta ese momento. Yo me limité a encogerme de hombros, pues era una verdad como un templo.

Ya había decidido alquilar mi ático porque no pensaba dejarla sola ni por encima de mi cadáver.

Ella tendría que hacer lo mismo con su casa, a menos que su hermana quisiera realizar alguna reforma que le permitiera acceder a la planta superior, pues tampoco creía que Libertad quisiera tener allí a gente extraña.

—Joder, pues no lo había pensado, pero tienes razón. Y tiene que ser cuanto antes, porque debemos preparar la habitación de los niños.

—Rodrigo, el chalé que está al lado del mío está en venta. Si quieres, llamo a mi vecino y vamos a verlo cuando terminemos de comer —me propuso Alonso.

—Es verdad, y tiene todo lo que estáis buscando: jardín, piscina, cuatro habitaciones, un salón enorme y una cocina completamente reformada —añadió Marta.

—¿Trabajas ahora en una inmobiliaria y no me he enterado? —pregunté con mucha guasa.

—Calla, idiota, encima de que te lo estoy diciendo… —respondió ella, fingiendo estar enfadada.

Mi hermano llamó a su vecino, al que le urgía vender la casa por un traslado, y quedamos con él a las seis de la tarde. Si a Libertad le gustaba, le daría la señal en ese mismo momento para no perderla.