¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 23
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Capítulo 23

Libertad

Había vuelto a Sevilla, pero seguía instalada en casa de mis padres. Tenía que reconocer que me sentía como en una ratonera, pues estaba acostumbrada a mi casa, mi jardín y mi espacio, sin tener a nadie detrás de mí preguntándome cada dos minutos cómo me encontraba.

Por mucho que insistiera mi madre, ya no aguantaba allí ni un minuto más. Pensaba marcharme a mi casa de Sevilla, donde tendría a mi hermana cerca por si me ocurría algo.

Estaba de veinticinco semanas y mi vientre se veía bastante abultado. Teniendo en cuenta que llevaba dos vidas en mi interior, era lo más lógico. Lo raro habría sido que continuara plana como una tabla.

No podía conducir y mi hermana estaba ocupada con la organización de una cena de empresa, una de esas que se celebraban en Navidad y en las que todo el mundo perdía la cabeza. Diego, por su parte, se había levantado con fiebre y no había podido ir a trabajar.

Se había enterado de mi embarazo unos días antes, cuando regresé a Sevilla, y se pasó toda una jornada sin dirigirme la palabra. Al final, consiguió entender que no se lo había ocultado porque desconfiara de él, sino porque intentaba proteger mi corazón.

Por ese motivo, solo me quedaba una persona a la que recurrir para que me llevara a casa. No me apetecía coger un taxi porque, últimamente, todos los coches me olían mal y me revolvían el estómago. Cosas del embarazo.

Entré en la sucursal donde trabajaba mi padre y Antonio, uno de sus compañeros, me detuvo para preguntarme cómo me encontraba y decirme que me veía muy guapa, que el embarazo me había sentado muy bien.

Sin embargo, la mayor sorpresa me la llevé al girarme. Allí estaba mi padre, sí, pero también la persona a la que menos me apetecía ver, esa que me miraba como si acabara de caerle el mundo encima, y aquello sí que no podía soportarlo.

—No saques conclusiones antes de tiempo, Rodrigo. Habla con ella —le dijo mi padre.

Os prometo que, si en aquel momento me hubieran pinchado, no me habrían sacado ni una gota de sangre. Creo que hasta me mareé, porque lo último que esperaba era que mi padre se pusiera de su parte.

Era cierto que, conforme avanzaba el embarazo, me había planteado contarle la verdad a Rodrigo. No por mí, ni siquiera por él, sino por nuestros hijos, que no se merecían perder la figura de su padre por culpa de una decisión que había tomado yo.

Por eso, me armé de valor, antepuse a mis hijos a todo lo demás y decidí hablar con él. Sin embargo, no quería hacerlo allí, delante de todo el mundo, porque a nadie más le incumbía lo que estaba sucediendo entre nosotros.

—Eso, Rodrigo, tenemos mucho de lo que hablar.

—¿Estás segura? Porque creo que me he perdido algo —me dijo, señalando mi vientre.

—Uy, te has perdido mucho, no solo algo, pero no quiero hablar contigo aquí. Si tienes que llamar a tu novia para decirle que vas a llegar tarde, hazlo, porque la charla será larga y tendida.

—¿De qué coño de novia estás hablando, Libertad? ¿No te ha contado tu hermana lo que ocurrió el día de la boda de Alonso?

—No, entre otras cosas porque, cuando nos hemos visto o hemos hablado, le he prohibido que me cuente nada relacionado contigo.

—Entonces tienes razón, la charla será larga de cojones.

—Rodrigo, ¿te encargas tú de llevarla a casa? Como puedes comprobar, no está en condiciones de conducir con esa barriga —le preguntó mi padre.

—Por supuesto que me encargo, siempre que ella me deje, claro.

Lo miré y asentí. No sabía qué había sucedido el día de la boda ni si continuaba con aquella mujer, pero el efecto que tenía sobre mí seguía siendo el mismo. Me ponía tan nerviosa como el primer día, y él se dio cuenta en cuanto reparó en mis manos, que temblaban como hojas.

Rodrigo y mi padre se despidieron. Este último le dijo algo en voz baja que no conseguí escuchar, aunque, al separarse, ambos esbozaban una sonrisa.

—Por aquí, por favor. ¿Dónde vamos?

—¿Cómo que dónde vamos?

—Me refiero a si prefieres ir a tu casa o a mi ático.

—A mi casa, por supuesto. Necesito estar en mi jardín. En casa de mis padres me siento enjaulada.

—Libertad, estamos a nueve grados. ¿Cómo vas a sentarte en el jardín?

—Pues poniendo el culo en una silla, como todo el mundo. Hace sol, son las doce de la mañana y no aguanto más tiempo encerrada.

—Está bien, como quieras.

Nos montamos en su coche y pusimos rumbo a mi casa.

Siendo sincera, me pareció que me había dado la razón como a las locas para evitar discutir conmigo.

Era cierto que, desde que estaba embarazada, sufría constantes cambios de humor y podía pasar de la risa al llanto y, de este, al enfado en menos de cuatro minutos.

Hicimos el trayecto en completo silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Los míos estaban claros: intentaba encontrar la mejor manera de decirle que iba a ser padre sin provocarle un infarto, sobre todo cuando descubriera que eran dos.

Sin querer, una sonrisa apareció en mi rostro y Rodrigo se dio cuenta, pues no tardó ni un segundo en preguntarme qué era eso que me hacía tanta gracia, aunque no lo hizo en mal tono, todo hay que decirlo.

—Mejor te lo cuento cuando lleguemos, porque no quiero que tengamos un accidente.

—Vaya, qué ánimos me estás dando. Ya no sé si pensar en algo bueno o ponerme en lo peor.

—No, no, es algo bueno, al menos para mí, pero no sé cómo vas a tomártelo tú.

—Esperemos que me lo tome igual que tú.

Abrí con el mando la puerta de la verja y entramos con el coche. Aparcó junto al de mi hermana porque el mío se había quedado en la casa de Málaga, ya que había regresado a Sevilla en tren.

Me encantaba la casa que tenía allí, pero aquella era especial. En ella había vivido algunos de los mejores momentos de mi vida, aunque también los peores. Era mía; allí estaban mis raíces, mi hermana y mis padres.

El local de Málaga funcionaba muy bien, pues los chicos que había contratado se habían implicado muchísimo. A pesar de que llevábamos pocos meses trabajando, ya teníamos ocupados con bodas todos los fines de semana desde mayo hasta septiembre, además de varios eventos durante los meses anteriores.

—¿Te bajas o te traigo una hamaca hasta aquí? —me preguntó Rodrigo, pues me había quedado ensimismada y se me había ido el santo al cielo.

—Perdona, estaba pensando.

—Espero que fuera en algo relacionado conmigo porque, de no ser así, me decepcionaría bastante.

—Pues lo siento por ti, pero estaba pensando si volvía a Málaga o me quedaba definitivamente en Sevilla.

—¿Ahí es donde has estado? ¿Viviendo en Málaga?

—Pues sí. Y no vayas a pensar que lo hice con Dary, aunque me ha ayudado muchísimo a salir adelante.

—Hombre, tampoco habría tenido nada de malo que te hubieras alojado con él, teniendo en cuenta que es gay…

—¿Cómo sabes tú eso?

—Será porque me lo contó él mismo el día de la boda.

—Joder, es verdad. Me dijo que había estado hablando contigo, pero no que hubiera salido del armario delante de ti.

—Pues sí, y me hizo sentir como un completo idiota, porque todo lo que hice fue por despecho, Libertad. Te juro que no siento ni he sentido nunca nada por esa mujer.

—¿No estás con ella? ¿No era tu novia?

—Para nada. Era una chica con la que me acostaba antes de conocerte. Tienes una extraña obsesión por buscarme novia cuando la única mujer en la que estoy interesado eres tú.

—¿Incluso con mi enorme barriga?

—Debes de estar a punto de dar a luz. ¿El padre no ha querido saber nada del embarazo?

—Pues lo cierto es que el padre de los bebés ni siquiera sabe que existen. Se está enterando ahora mismo, fíjate.

—¿Cómo va a enterarse ahora si aquí solo estamos tú y yo?

—Ay, Rodrigo, te digo lo mismo que me dice Dary a mí: se ve que esta mañana te has dejado el cerebro en la mesilla de noche.

Se quedó mirándome como si acabara de contarle el argumento de una película o la sinopsis de un libro. Pasaron unos segundos hasta que comprendió lo que le estaba diciendo. Entonces se arrodilló delante de mí y ninguno de los dos pudo contener las lágrimas.