¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 22
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Capítulo 22

Rodrigo

Tal y como me había advertido mi padre, al día siguiente no podía ni moverme. Sentía como si viajara en un barco; todo me daba vueltas y tenía el estómago como una centrifugadora.

Mi madre había sido la encargada de decirle a Reyes que se marchara de la boda. Según ella, ya tenía suficientes complicaciones en mi vida como para preocuparme por otra más que, además, no tenía ni pies ni cabeza.

Recordaba perfectamente el momento en el que se acercó hasta la barra donde yo estaba, completamente indignada. La entendía porque, si me hubieran hecho lo mismo, habría reaccionado igual o incluso peor, así que no tenía nada que reprocharle.

—Eres un hijo de puta que piensa que, por tener dinero y una cara bonita, puede ir por ahí avasallando y jugando con los sentimientos de las personas, pero esto no va a quedar así.

—Nunca te he engañado. Te lo dije desde el primer momento: estoy enamorado de una mujer y esa mujer no eres tú.

—No era eso lo que me demostrabas anoche, cuando te metiste entre mis piernas y follabas como si no hubiera un mañana.

—Tú misma lo has dicho, follamos, nada más. Y no te imaginas cuánto me arrepiento de haberlo hecho.

Me soltó una bofetada que resonó por todo el salón, pero me daba igual. Me la merecía y no pensaba mover ni un dedo para impedirlo. La vi salir de allí como si fuera la reina de la fiesta y alguien acabara de destronarla.

Después de la boda, ni mi madre ni mi padre me permitieron volver a mi ático. Decían que allí seguiría bebiendo hasta perder el conocimiento y que estaría solo, con el riesgo de que pudiera ocurrirme algo.

Por eso, me montaron en su coche y me llevaron hasta su casa, concretamente a mi antigua habitación, la misma en la que dormía durante las Navidades, porque mi madre quería tener a todos sus polluelos bajo las alas en esas fechas.

Intenté levantarme, pero os prometo que no podía. O, al menos, no debía hacerlo si no quería terminar en el suelo con la cabeza abierta, que era exactamente lo que ocurriría si conseguía ponerme en pie.

—¿Puedo pasar? —preguntó mi madre desde la puerta después de llamar.

—Claro, es tu casa. No tienes que pedirme permiso.

—Es mi casa, pero esta es tu habitación y sabes que nunca he entrado sin llamar antes.

—Eso es cierto. Dime, mamá, ¿qué te ocurre?

—A mí no me pasa nada, cariño. Solo venía a preguntarte cómo te encuentras.

—Mal, mamá, no voy a engañarte. He perdido a la mujer de mi vida por idiota y eso no me lo perdonaré nunca.

—Cariño, conocí a Libertad mientras organizaba la boda de tu hermano y tengo que reconocer que es una mujer de armas tomar, con las ideas muy claras, pero no me pareció nada rencorosa.

—No puedo ponerme delante de ella y decirle que me acosté con Reyes la noche anterior a la boda, que lo hice porque pensé que ya me había olvidado y que Dary la había ayudado a conseguirlo.

—Precisamente eso es lo que debes hacer. Buscarla y hablar con ella con la verdad por delante, sin ocultarle nada más y abriéndole tu corazón.

—No va a querer escucharme, te lo aseguro.

—Pero, si te quedas aquí regodeándote en tu desgracia, nunca sabrás si estás en lo cierto. Además, no pierdes nada por intentarlo.

—En eso tengo que darte la razón. Voy a darme una ducha y después iré a buscarla.

Me metí en la ducha, me puse ropa cómoda y salí dispuesto a encontrarla. Tenía que hablar con ella, decirle que todo había sido un error por mi parte, que la quería y que no podía vivir sin ella.

Llamé a un taxi, pues no me atrevía a coger el coche en el estado en el que me encontraba. No por mí, porque, al fin y al cabo, si me ocurría algo, me lo habría buscado, sino porque, si atropellaba a alguien o provocaba un accidente, me remordería la conciencia durante el resto de mi vida.

Llegué hasta su casa, pero ella no estaba. Solo encontré a Alegría, que charlaba con Jaime en el jardín y me abrió la puerta porque mi amigo insistió. Si hubiera sido por ella, me habría dejado en la calle.

—Tengo que hablar con tu hermana. Por favor, Ale, dime dónde está.

—No tengo ni idea, pero, aunque lo supiera, tampoco te lo diría. Creo que ya va siendo hora de que la dejes en paz.

—Ale, te lo juro, estoy enamorado de ella. Tengo que decírselo, pedirle que me perdone y proponerle que empecemos de cero…

En aquel momento rompí a llorar de una manera desgarradora, como si me estuvieran arrancando el alma del cuerpo, como si me vaciara delante de ellos. Ninguno de los dos dijo una sola palabra. Se limitaron a acompañarme hasta que conseguí desahogarme por completo.

—Te lo juro, Rodrigo, no sé dónde está.

—Por favor, si hablas con ella, dile que necesito verla, que necesito pedirle perdón.

—Se lo diré, no te preocupes, pero no te marches todavía. Lo mismo viene ahora. De verdad que no tengo ni idea de dónde está, ni siquiera la vi después de la boda.

Me senté con ellos y me tomé una cerveza, aunque poco más podía hacer. Cuando comprobé que Libertad no aparecía y, dada la hora que era, entendí que tampoco lo haría. Lo mismo había decidido marcharse unos días con Dary y yo estaba allí interrumpiendo a mi amigo y a su chica.

Pedí otro taxi y regresé a casa, pero esta vez a la mía, a mi ático. Quería estar solo, sentarme en la terraza y contemplar las vistas que tenía desde allí, pues era lo único que conseguía tranquilizarme. Era eso o encontrarla, y lo segundo parecía bastante más complicado.

Los días pasaron y todo continuó igual. Libertad no aparecía y su hermana aseguraba que no sabía dónde se encontraba, que la única persona a la que le había contado su paradero era a su madre y que esta no soltaba prenda.

Siendo sincero, al principio pensé que Alegría mentía y que se negaba a decirme dónde estaba. Dejé de creerlo el día en el que la vi realmente preocupada por su hermana. Fue en casa de Jaime, una tarde en la que me invitaron a bajar para tomar un vino con ellos.

—No sé dónde está y eso me preocupa, Rodrigo. Mi hermana debe de encontrarse muy mal para desatender el negocio de esta manera —me confesó Alegría.

—No pienses así, cariño. No lo ha dejado desatendido, lo ha puesto en tus manos y en las de Diego. Lo mismo necesita estar sola —respondió Jaime.

—Nunca ha hecho algo así. Siempre nos lo hemos contado todo y siento que se está alejando de mí.

Estuvimos hablando durante un buen rato, intentando averiguar qué podía estar pasando por la cabeza de Libertad, pero no sacamos nada en claro.

Aquella noche apenas dormí, pues se me pasaron por la cabeza infinidad de cosas y ninguna era buena, no voy a mentiros. A las cinco de la mañana me levanté y me puse a hacer deporte, porque era lo único que conseguía calmarme.

Así fueron transcurriendo los días, las semanas y los meses, y yo continuaba sin saber nada de Libertad. Había vuelto al trabajo y se acercaban las Navidades. El frío ya estaba presente en las calles, aunque yo me sentía helado por dentro desde aquel mes de agosto en el que todo se fue a la mierda.

Aquella mañana tenía que ir al banco, pues uno de mis clientes había heredado una importante cantidad de dinero y quería asesoramiento para invertirla. Me habían hablado de un empleado de una sucursal que, según decían, era el mejor, y había concertado una cita con él.

—Adelante, puede pasar —me dijo aquel hombre desde la puerta de su despacho.

—Buenos días, señor Santana. Mi nombre es Rodrigo Dávila y vengo en representación del señor…

—Sé quién eres, mucho mejor de lo que imaginas.

—¿Perdón? No lo entiendo…

—Soy Manuel Santana, el padre de Libertad y Alegría.

—Por favor, señor Santana, necesito hablar con su hija. Mi vida no ha vuelto a ser la misma desde que ella se marchó.

—Le aseguro que la suya tampoco. Ha tenido que irse de aquí para no cruzarse contigo y…

—¿Y qué? Dígame la verdad, por favor.

No me dio tiempo a terminar la frase cuando la escuché detrás de mí, hablando con uno de los empleados del banco. El hombre le decía que estaba muy guapa y que aquello le había sentado muy bien.

No supe a qué se refería hasta que me di la vuelta y la vi. Lucía un vientre de embarazada bastante pronunciado y, os prometo, el mundo se me cayó encima.

—No saques conclusiones antes de tiempo, Rodrigo. Habla con ella —me advirtió su padre.