¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 21
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Capítulo 21

Libertad

Esa misma tarde terminé de cargar en el coche todo lo que me llevaría a Málaga.

Antes de marcharme, mi madre se encargó de repetirme mil veces que, si me encontraba mal o notaba cualquier molestia, llamara primero a una ambulancia y después a ella o a mi padre, que se plantarían a mi lado antes de que cantara un gallo.

—Lo sé, mamá, no hace falta que me lo repitas más, de verdad.

—Hija, es que sigo pensando que deberías quedarte aquí, cerca de nosotros.

—Mamá, te he dicho que, cuando falten dos meses para que nazcan, me vendré a tu casa y no volveré a moverme hasta que haya terminado mi baja maternal.

—Eso espero, porque, como me pierda el nacimiento de mis nietos, voy a estar dándote cates hasta que los niños hagan la mili.

—Mamá, la mili la quitaron hace muchos años.

—Pues imagínate hasta cuándo voy a estar dándote cates.

Mi madre era así, no se callaba ni debajo del agua, y ese era precisamente mi temor: que se encontrara con Rodrigo o que él fuera a buscarme y terminara contándoselo todo, desde mi paradero hasta mi embarazo.

Se lo había advertido a todos, uno por uno, pero en especial a mi hermana, pues no quería que le dijera absolutamente nada a nadie, ni a Jaime, ni a Diego ni a ningún otro. Ya se enterarían cuando tuvieran que hacerlo.

Lo sentía por Diego, que había sido mi amigo desde que éramos pequeños, pero no confiaba en que, durante un momento de debilidad, le contara a Víctor que estaba embarazada y que este, a su vez, se lo dijera a Rodrigo.

Él tenía derecho a continuar con su vida y no sería yo el lastre que lo mantuviera anclado a mí. Podéis pensar que estaba siendo egoísta, pero nada más lejos de mis verdaderas intenciones. A mí me dolía más que a nadie privar a mis hijos de su padre.

Después de despedirme de mi familia, puse rumbo a Málaga. Durante los días anteriores había hablado con Dary, que me ofreció su casa para que viviera con él, pero yo necesitaba tener mi propio espacio, así que me ayudó a encontrar una vivienda y un local.

No quería volver a vivir en un piso. Me había acostumbrado a hacerlo en una casa con jardín, piscina y todas las comodidades necesarias para no tener que salir a ninguna parte, y no estaba dispuesta a dar un paso atrás.

Dary me esperaba en mi nueva casa, que era preciosa. Se encontraba a las afueras de Málaga y contaba con todo lo que había pedido. Además, estaba distribuida en una sola planta, algo que me facilitaría mucho la vida cuando tuviera más barriga que cuerpo.

Era de planta abierta, otra de las cosas que me gustaban porque, cuando los niños crecieran, podría vigilarlos mientras preparaba la comida o hacía cualquier otra cosa en la cocina.

Tenía tres habitaciones. Una de ellas era enorme y sería la de los niños, porque cabrían perfectamente las dos cunas y el cambiador sin que el espacio se viera agobiado. Además, podría moverme por ella sin ningún problema.

La otra habitación grande, que tenía vestidor y baño propio, sería la mía, para disponer también de suficiente espacio para mí y mis cosas, aunque no tuviera tantas como para llenar aquel vestidor.

La tercera, que era un poquito más pequeña, la convertiría en mi despacho, como el que tenía en Sevilla, y sería desde donde trabajaría cuando ya no pudiera moverme con tanta agilidad.

—¿Te gusta?

—¿Estás de coña? Es preciosa y perfecta para mí.

—¿Tienes que contarme algo o voy a tener que adivinarlo?

—No vas a tener que adivinar nada, porque pensaba hacerlo ahora mismo, en cuanto nos sirvamos algo fresquito de beber, que me estoy muriendo de calor.

—Vamos, como la que viene de vivir en Groenlandia.

—No, más bien vengo de vivir en un horno. Aunque aquí también hace muchísimo calor.

—¿Quieres dejar de divagar y contarme qué te estás guardando?

—Estoy embarazada, vienen dos bebés y el padre es Rodrigo.

—Toma ya. Eso es un titular y no los que ponen en el telediario.

—¿No querías que te lo contara todo? Pues ahí lo tienes.

—¿Se lo has dicho al padre?

—No, no quiero interrumpir su vida…

—¿Qué cojones de vida, Liber? Ese hombre habló conmigo el día de la boda, después de que te marcharas, y está completamente enamorado de ti. Si se acostó con esa mujer fue porque pensaba que tú y yo estábamos liados.

Si me hubiera dado un puñetazo, no me habría dolido ni impactado tanto como que me confirmara que se había acostado con ella, os lo juro. Ahora sí lo tenía claro: nunca había estado enamorado de mí porque, de haber sido así, no habría podido acostarse con otra.

—Siento haber sido tan brusco al decírtelo, pero ya sabes que la delicadeza no es lo mío.

—No te preocupes. La verdad es la que es, por mucho que pueda dolerme. Disfrazarla o maquillarla solo serviría para que me hiciera ilusiones con algo que no existe.

—Debes contárselo al padre, Libertad. Tiene derecho a saberlo. Además, tus hijos deberían tenerlo cerca, esté o no contigo.

—Eso es asunto mío y de nadie más, y así va a seguir siendo. Entiendo que no estés de acuerdo conmigo, que pienses que soy una egoísta e incluso que decidas alejarte de mí, pero…

—No voy a marcharme, amiga. Te prometí que estaría aquí cuando me necesitaras y no pienso incumplir mi palabra. Otra cosa es que comparta tu decisión.

—Gracias, amigo. Por cierto, necesito ver el local para encargar el mobiliario y la decoración y poner un cartel en el que se anuncie que busco personal. Antes de que ya no pueda moverme con soltura, necesito enseñar a alguien.

—Venga, vamos, aunque te adelanto que parte del trabajo ya está hecho.

Volvimos a montar en el coche, esta vez en el suyo, porque el mío seguía hasta arriba de cajas y de todo lo que había traído de casa. No pudimos aparcar en la calle donde se encontraba el local, pues era peatonal, aunque también de lo más céntrica.

Al llegar y verlo todo, me quedé con la boca abierta. Mi amigo se había puesto de acuerdo con mi hermana, que le había enviado fotografías del local de Sevilla, y había conseguido hacer una réplica casi exacta.

—Ahí, en ese dosier, tienes los datos de todas las empresas dispuestas a trabajar contigo: tiendas de vestidos de novia, imprentas y salones de celebraciones. Además, en todas ellas hay tarjetas de tu empresa.

—¿Me lo dices de verdad? Es como un sueño hecho realidad, te lo juro. No sabes la cantidad de trabajo que me has adelantado.

—Dice el refrán que siempre es bueno tener amigos hasta en el infierno. Además, he tirado de agenda, así que no te preocupes.

Dary se encargaba de la publicidad de muchas empresas, de crear sus logotipos y de diseñar las ideas para los anuncios y demás campañas, que después llevaba a cabo otra empresa.

Habían intentado contratarlo en varias compañías importantes, pero jamás había querido renunciar a su libertad ni a su independencia.

—Mañana, a primera hora, tendrás que venir, porque tienes varias entrevistas para el puesto que estás buscando. Me he permitido la licencia de seleccionar a quienes me han parecido más adecuados, pero, si no te gustan, tengo una larga lista de currículos.

—¿Te he dicho ya que te quiero y que deberías plantearte cambiar de acera?

—Claro que sí. Ahora mismo voy a cambiarme a la de enfrente, que hay más sombra y los bombones como yo podemos derretirnos…

Solté una carcajada porque seguía igual, con el mismo sentido del humor y el mismo cariño hacia mí que el primer día que nos conocimos. Le di un abrazo enorme. Me encantaba que me rodeara con sus brazos porque me hacía sentir de lo más protegida.

Después de comprobar que todo estaba listo y a mi gusto, nos marchamos a dar una vuelta por la ciudad y terminamos en la playa, sentados en un chiringuito mientras comíamos espetos.

La verdad era que apenas notaba que estaba embarazada. Me refiero a que no tenía ninguno de los síntomas típicos de los que solían quejarse muchas mujeres: ni náuseas, ni fatiga, ni cansancio, ni nada parecido.

Volvía a sentirme viva, querida y protegida, aunque no fuera por el hombre que continuaba ocupando mi cabeza, ese que se había instalado allí como un okupa y al que no había manera de echar.

Pusimos rumbo a mi casa, donde Dary me ayudó a descargarlo todo y a colocar cada caja en la habitación correspondiente antes de marcharse a la suya. Tenía que continuar trabajando, pues llevaba entre manos una campaña importante.

Llamé a mi madre para decirle que estaba bien y contarle todo lo que Dary había hecho por mí. Mis padres le habían cogido muchísimo cariño desde que les expliqué que no me había dejado sola en ningún momento.